victoria-prego.jpg 

El desafío político es formidable porque no tiene solución. Ese referéndum ilegal se va a llevar a cabo de todas las maneras si el jefe del Gobierno vasco está decidido a ello, que parece que lo está. Y no necesita de urnas homologadas ni de la protección de las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado, ni tampoco necesita de las Juntas Electorales que avalen los resultados. Basta con que el lehendakari ponga unos cientos de urnas donde lo crea oportuno y que la gente vaya acercándose a ellas para depositar una papeleta de voto que se le habrá hecho llegar por cualquier procedimiento.

¿Que esa consulta será ilegal y, por lo tanto, ni será vinculante ni tendrá virtualidad jurídica? ¿Y qué? Tendrá virtualidad política, que es lo que a Ibarretxe le importa. Prolongará las tensiones, azuzará los enfrentamientos, crispará a toda la sociedad española, incluida la vasca, y seguirá alimentando a un PNV que, como todos los nacionalismos en España, solamente crece y se multiplica en medio de la confrontación y del conflicto. Si no hay conflicto político no hay posible galvanización del pueblo y no hay, en consecuencia, garantía suficiente de seguir en el poder para resolver el conflicto previamente creado.

El Gobierno no podría impedir ese referéndum más que recurriendo a la fuerza. Pero, Ibarretxe sabe -y lo sabe también el resto de nacionalistas radicales que llevan décadas engordando al calor de la comprensión, la tolerancia y la flexibilidad de los demócratas moderados, que son aplastante mayoría en este país- que su reto es tan brutal y tan provocador porque deliberadamente no deja al Estado más respuesta posible que la única que un Gobierno de España nunca va a dar: la de la imposición por la fuerza de la legalidad. El uso legítimo de la fuerza, que es una de las potestades que caracteriza al Estado, es lo único que el lehendakari tiene garantizado que no se va a producir. Es lo que tiene la memoria histórica, que sirve, entre otras cosas, para arraigar la prudencia y el afán de concordia en el ánimo de los ciudadanos.

Ya se han probado todas las fórmulas posibles de conllevanza con los nacionalismos. Ya se han negociado transferencias y financiaciones. Ya se ha guardado un silencio de décadas en el asunto de las banderas, de los himnos, de los símbolos, de la lengua. Ya se han aplicado políticas de resistencia y también políticas de guiños y complicidades. Nada. Después de 30 años, las pulsiones independentistas y su eterno desafío están más vivos que nunca y ahora amenazan directamente a la estructura del Estado por la vía de la imposición. O susto o muerte. Eso es lo que nos ha dicho el lehendakari. Y, como la doctrina del «convencimiento por seducción», que tan cara le es a Zapatero, ha fracasado estrepitosamente en este caso, no se vislumbra solución posible mientras las cosas entre los dos grandes partidos sigan en el lamentable estado en que se encuentran después de estos tres tristes años.

Si la ruptura entre los partidos nacionales en la política antiterrorista ha tenido efectos demoledores en la sociedad, mucho peores, decididamente sulfúricos, serían los estragos que provocaría en el país y en su futuro una confrontación entre PP y PSOE a cuenta de este chantaje que el independentismo vasco acaba de hacer a todo el país. ¿Con quién va a pactar el vencedor de las elecciones de marzo para asegurarse una mínima tranquilidad de gobierno? ¿Lo han pensado los aspirantes? Si no se les ocurre nada, podrían preguntar a Merkel.

Victoria Prego

FUENTE: El Mundo

Anuncios