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En el debate celebrado anteayer en el Congreso sobre el tema de la obligatoriedad de las banderas, la vicepresidenta María Teresa Fernández de la Vega expuso ante las críticas del popular Ángel Acebes la peculiar filosofía del Gobierno en caso de conflicto entre la norma y su cumplimiento. Sin duda sus palabras le debían mucho al ya políticamente difunto Josu Jon Imaz. Sólo que en vez de ‘no imponer, no impedir’, ahora se trataba de ‘no imponer, convencer’.


Suena bien. Sólo que esa filosofía entra en abierta contradicción con la esencia del funcionamiento del Estado, que consiste en estar dispuesto a imponer, llegado el caso, mediante el monopolio de la violencia legal, la ejecución de aquellas disposiciones que de otro modo pudieran ser objeto de incumplimiento por parte de ciudadanos e instituciones. Eso no quiere decir que el Gobierno tenga que recurrir simplemente al uso de la fuerza. Bien al contrario. En un régimen democrático todos aquellos que se encuentren sometidos al Estado de Derecho han de compartir la creencia en que sólo por medio de una leal adecuación al sistema normativo pueden actuar en la sociedad y en la política. De hecho una y otra vez el Gobierno pone en práctica esa facultad que le corresponde. A nadie se le ocurre que en las leyes de tráfico o los impuestos los ciudadanos han de esperar a ser convencidos para no saltarse un semáforo en rojo o evitar el fraude. Poner la bandera de España o no ultrajar la imagen del jefe del Estado debieran ser cosas normales, lo cual no significa que tengan que estar colgada la primera y exhibido el retrato del segundo por todas partes y en todo momento. También en el cumplimiento de la ley entra en juego la ponderación. Otra cosa es la infracción sistemática, que en estos casos vendría a recordar que un Gobierno reconoce implícitamente que en Cataluña y en Euskadi está vigente otra legalidad, que en un plano simbólico sirve de prólogo a una fractura definitiva del Estado. A esto se orientan los infractores y ni Zapatero, ni su Gobierno, ni el PSOE, a estas alturas de la historia, pueden ignorarlo.

De cara a la pretensión de Ibarretxe y su tripartito de llegar por una u otra vía a una autodeterminación contraria al ordenamiento constitucional, estas observaciones mantienen una plena vigencia. Lo que el lehendakari pretende con el discurso de esta mañana no es otra cosa que sentar las bases para legitimar un referéndum de autodeterminación por la soberanía vasca o, lo que es lo mismo por otro camino, una negociación ‘amable’ con el Gobierno de Madrid que llevara al mismo objetivo. Ibarretxe fracasó en la presentación de su plan en Madrid, ante el Congreso de los Diputados, y lo que fue más importante, fracasó al plantear las últimas autonómicas como un plebiscito de los vascos -y, cómo no, las vascas- sobre su proyecto. Luego la tregua de ETA le arrebató todo protagonismo e hizo posible que el PNV asumiera, bajo la guía de Imaz, un nuevo papel como agente de racionalización en el proceso llamado ‘de paz’. Pero al fracasar también éste, sólo quedaba el obstáculo de la política antiETA y ‘transversal’ del propio Imaz para relanzar lo irracional.

En efecto, Imaz proponía una incompatibilidad total entre sustitución del Estatuto vigente y continuación del terror; y contra el frente nacionalista implícito que respalda la autodeterminación a corto plazo, recomendaba una política de alianzas transversales con el PSOE. Bajo todas las cortinas de unidad que presidieran la crisis del PNV, el resultado de la misma es evidente. Imaz ha sido derrotado en toda regla. La retirada de la candidatura de Egibar y la figura de Urkullu salvan la cara, pero en realidad, como en el poema sobre la batalla de Beotibar, las aguas vuelven a su cauce centenario, el marcado por Sabino. Urkullu seguirá una política pragmática en las relaciones inmediatas con el Estado, ya que los intereses económicos subyacentes al partido jelkide cuentan demasiado, mientras Egibar dispone del aval del texto programático para la asamblea nacional, una ratificación de la ortodoxia soberanista, y, sobre todo, Ibarretxe, como Pancho Villa en el relato, vuelve a cabalgar. Hoy es el día.

En toda esta historia, como le viene sucediendo en múltiples cuestiones, desde el Estatuto catalán a las relaciones con Cuba, pasando por la negociación con ETA, Zapatero no se entera de cuál es la estrategia de su oponente. Confía en que éste rectificará sus posiciones radicales sólo con recibir un amplio margen de confianza. Me contaba un hombre importante de Gobelas, el centro de elaboración política del PSOE, que ZP habría preferido que Patxi López no presentara su candidatura a lehendakari tras las elecciones. Así, viendo cuánto se le quiere, Ibarretxe cambiará. Pues no. Zapatero les regala, tanto a ETA como a Ibarretxe, una red por si pierden el equilibrio en el trapecio. La primera sabe que volverá a negociar en cuanto la banda terrorista quiera. Ibarretxe, que si la jugada le sale mal, Zapatero necesitará los votos del PNV tras las elecciones. Y esto es para nuestro jefe de Gobierno lo que cuenta por encima de toda otra consideración

El lehendakari lo ha tenido así fácil esta mañana. Vuelve a su historia de que sólo los vascos y las vascas tienen ‘el derecho a decidir’ en Euskadi. Toca cumplir lo anunciado, porque si no lo hace antes de las próximas autonómicas, caerá en el ridículo. La trampa es que no propone un referéndum de autodeterminación por la independencia, cuya incompatibilidad con el orden constitucional es palmaria, sino dar un rodeo sobre dicho orden proponiendo como contenido de dicha consulta el propio ‘derecho a decidir’, sin interferencias ulteriores desde el exterior (léase España). ¿Qué hay de malo en ello? No plantea nada contra la Constitución. Simplemente, si la consulta se realiza, entra en juego el efecto-mayoría, con la ciudadanía vasca convirtiéndose implícitamente en único sujeto legítimo ante sí misma. El anuncio de negociaciones con el Estado echa azúcar a la cosa, pero de un lado es un brindis al sol, ya que el Gobierno español no puede aceptar el ‘marco vasco de decisión’, y de otro Ibarretxe anuncia que en caso de negativa será la voluntad de Euskadi la que debe imponerse.

El reto a la democracia tiene lugar mediante esta estratagema: la aparente inocencia de una consulta sobre la voluntad de los vascos, trucada porque, como prueban los euskobarómetros, al modo de encuestas similares en otros lugares, a todo el mundo le parece bien que le den la capacidad de decidir sobre el propio futuro, aumentar las cotas de autogobierno o, simplemente, vivir mejor tal y como anuncia el lehendakari. Lo que anuncia no es un choque frontal, que correspondería a sus objetivos políticos reales, sino un ataque por la espalda que en una fase sucesiva permitiera alcanzarlos. Y con la espada de Damocles de ETA suspendida sobre la cabeza de los demócratas vascos, como ha de ser para que su vocación de protagonista de la paz tenga credibilidad y para que ceda la resistencia de los no nacionalistas. Nada importa que en su día, al presentar el plan, declarara Ibarretxe que sólo tendría lugar su realización sin ‘violencia’. Es todo lo contrario, y él lo sabe. Su desafío a la democracia sólo funciona con ETA en activo, del mismo modo que ETA ya tiene una razón para no ceder en sus crímenes. Hermoso contenido para ‘la patria de los vascos’.

Antonio Elorza

FUENTE: El Correo

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