El laicismo no es en modo alguno una actitud antirreligiosa sino estrictamente evangélica: dad a Dios lo que es de Dios y al César lo que es del César. Constituye en reaguardar las instituciones y las leyes civiles de la férula religiosa.

Vivir en una sociedad laica significa que a nadie se le puede impedir practicar una religión ni a nadie se le puede imponer ninguna. O sea, que la religión (incluida la actitud religiosa que niega y combate las doctrinas religiosas en nombre de la verdad, la ciencia, la historia, etc…) es un derecho de cada cual, pero nunca un deber de nadie y mucho menos de la colectividad. Las jerarquías eclesiásticas –ninguna, nunca– no tienen derecho a convertirse en una especie de tribunal general de última instancia que decida lo que es moral o inmoral en la sociedad, lo que debe ser legal o lo que ha de  ser prohibido, quién es digno de gobernar y quién debe de ser éticamente repudiado. Las autoridades religiosas no son autoridades morales ni legales: pueden establecer lo que es pecado para sus feligreses, no lo que ha de ser pecado para todos los ciudadanos ni indecente para el común del público.

La religión de cada cual es un asunto privado que en ocasiones puede ser exteriorizado públicamente –procesiones, misas…–, pero siempre a titulo privado. En resumen: en la sociedad democrática hay católicos, protestantes, musulmanes o judíos, pero la sociedad misma no está adscrita a ninguna de estas confesiones ni a su negación. Y si esto es el laicismo…¿qué es la laicidad? Pues la laicidad, llamada a veces un poco más grotescamente “la sana laicidad” como si el que discrepase de los dogmáticos estuviera enfermo, no es más que el nombre que ciertos clérigos han decidido otorgar a la dosis máxima de laicismo que están dispuestos a soportar… y que suele quedar notablemente por debajo de loque la sociedad democrática requiere.

El laicismo no es una opción institucional entre otras: es tan inseparable de la democracia como el sufragio universal.

Fernando Savater.

Extracto de su obra DICCIONARIO DEL CIUDADANO SIN MIEDO A SABER

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