Parece que a los pensadores y a los literatos que tratan de explicarnos el mundo, o de acercarnos desde todos los ángulos posibles a la criatura humana, les da en algún momento la tentación de la política, siguiendo tal vez la huella de Platón, de quien se dice que no alcanzó grandes éxitos cuando pasó de la filosofía a la gestión.

Ahora es Fernando Savater el que está dando el paso, apoyado en un gran bagaje de sabiduría y en su probada capacidad de comunicador. Junto a él están la disidente socialista Rosa Díez y una fracción de los iniciadores del experimento de Ciutadans, en Cataluña. La verdad es que este paso -más bien una zancada- del filósofo vasco lo pone, desde el arranque, en el punto de mira de los partidos políticos consolidados. La presenten como la presenten, la nueva fuerza es visualizada como `antipartido´. Y no solamente porque nos predispone a verlo así el antecedente de Ciutadans, sino porque ¿cuál otra explicación tendría?

La naciente `Unidad, Progreso y Democracia´ -la sigla UPD se asocia inevitablemente con la UCD de Suárez- no parece proponernos un enfoque ideológico diferente. Sus orígenes, principalmente catalanes y vascos, y la prédica de sus fundadores, le dan un carácter fuertemente antinacionalista. Pero para eso ya están el PSOE y el PP. Crecidos, justamente, con el final de la UCD -puente autodestruido tras ser fugaz paso al posfranquismo- son enemigos naturales de los nacionalismos regionales, aunque a veces negocien y pacten con ellos. Que últimamente lo combatan con tácticas opuestas -el PSOE, negociando, y el PP desde la intransigencia- no debe confundirnos: ambos desean y necesitan debilitarlos. ¿Por qué, pues, haría falta una nueva fuerza `antinacionalista´?
La flamante UPD no parece proponer otra cosa que desembarazarnos de los partidos tradicionales, hace tiempo vaciados de contenido y convertidos en auténticos `espantavotos´ que van dejando las urnas cada vez con menos sobres. Pero a la vuelta de la próxima esquina nos vamos a encontrar con varias `sorpresas´ que no deberían serlo. De partida, el Foro de Ermua ha visto dimitir a su presidente, que militará en la UPD, quien se retira para no involucrar al Foro con el nuevo partido; y en Ciutadans ya se produjo una escisión porque no todos sus integrantes quieren confluir con la UPD. Otra sorpresa que no debería sorprendernos será que el nuevo partido también caerá bajo el rigor de las `leyes internas´ de la política actual: la ansiedad por `tocar poder´ nacida de la ausencia de ideología que caracteriza al sistema. El sistema está hueco y esta oquedad no puede rellenarla siquiera un pensador tan brillante como Savater.
La diferencia entre Savater y, por ejemplo, Mario Vargas Llosa, es que el vasco defiende las `esencias´ del sistema -aún cree en Occidente- pero sabe denunciar sus más gruesos defectos; el peruano, en cambio, pretende justificarlo todo: hasta fue, en su día, propagandista de Margareth Thatcher. Aunque Vargas Llosa sea capaz, de repente, de señalar alguna brutalidad israelí, nunca hace el esfuerzo de comprobar que las atrocidades son constantes, que destruyen las bases mismas de la `civilización proclamada´ y que terminan por poner en contradicción al sistema como conjunto.
A Savater puede ocurrirle ahora, lanzado al campo de juego – respetando su amor por las caballerías, deberíamos decir a la pista donde se ponen a prueba el animal y el jinete- que sea víctima del choque entre los experimentos voluntaristas y la realidad del poder. Lo estupendo sería que el experimento le estimulara a enfocar su lúcida mente desde sus tan concentradas preocupaciones vascas -una forma de `nacionalismo´ al fin- hacia el tétrico panorama de esta `civilización´ que ha llegado a instaurar una dictadura planetaria bajo la bandera de la democracia.

Horacio Eichelbaum

FUENTE: La Opinión de Málaga

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