Fernando Savater ha amanecido atento como un topo en la dehesa, con la cabeza erguida hacia lo ínfimo, desde la abstracción filosófica hasta la concisión ultraterrena. Ha decidido Savater decir en público lo que muchos afirman en privado: que el sistema de partidos políticos, creados como espacios de participación libérrima, como una afirmación de la ciudadanía múltiple, se han convertido en verdaderas estructuras de poder de las que dependen, al terminar cada mandato, muchas economías, demasiados salarios y una infinidad de puestos públicos.

Seguramente por eso, al final de cada legislatura, siempre entran las prisas en la pirámide pública y es entonces cuando se enarbola toda esa batería de medidas urgentes, salvadoras, que busca ser, en realidad, una salvación y más que una urgencia para todas las ramas de ese tronco, extendido y sinuoso, retorcido y macizo, que es el partido político en su multiplicidad institucional.

Ahora, muchos achacarán al partido de Savater y Rosa Díez que su nueva formación puede restar votos a un partido u otro; sin embargo, nadie parece haberse preguntado el auténtico motivo por el que, al día de hoy, surge un partido como Unidad, Progreso y Democracia, que participa de posturas cercanas al discurso del PSOE y también de otras, diferentes, que podrían enmarcarse en el programa del PP. Quiere uno decir que, escuchado Savater, a uno le parece que, lejos de filosofías y plataformas públicas como Basta ya, lo único que le guía es el sentido común: igualdad absoluta entre las comunidades autónomas -igualdad entre los ciudadanos, entonces-, unidad de España, laicidad del Estado, unidad en la política antiterrorista, progreso en la política social. Puede uno estar o no con Savater y con su nuevo perfil político, pero lo que parece incuestionable es que no ha movido al escritor el afán de baño público, algo a lo que ya está acostumbrado. Acostumbrados estamos, todos, a votar al candidato menos miope, menos mediocrillo o menos feo, que de todo hay en la disputa pública. Por eso estamos tan alejados del gobierno de los mejores y es por eso que brilla Gallardón.

No hay que preguntarse a quién restará votos UPD, sino por qué nace UPD, frente al monopolio monolítico de los dos partidos mayoritarios. Frente a los políticos profesionales, de preparación dudosa, ¿qué hace falta para que los profesionales brillantes entren en política? Seguramente, un cansancio interior tumultuoso, un hartazgo vital y una creencia: que todo puede mejorarse. Eso es la democracia, y no una instauración en el poder. ¿Y en qué consiste, entonces, la educación para la ciudadanía? Quizá en no conformarse, en decidir tomar la iniciativa: ser ciudadanos libres, activos de derecho.

Joaquín Pérez Azaústre

FUENTE: Huelva Información

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