EL próximo sábado sale de cuentas el UPD ( NP en el original), como lo bautizara la semana pasada en estas páginas Jon Juaristi. Así que, dentro exactamente de una semana, se pone por fin en marcha el tren electoral del que se propone tirar la locomotora Basta Ya. Las cabezas visibles de Basta Ya, para ser más exactos; sus maquinistas más audaces.

¿Se acuerdan de Basta Ya? ¿De aquellos pirados que osaron disputar un trozo de calle a quien la monopolizaba en apoyo de los asesinos, y soportaron por lo mismo el escarnio de la chusma y la indiferencia de un público insensibilizado? Pasito a pasito, aquellos chalados levantaron el más formidable movimiento cívico contra la violencia conocido en la España democrática, y provocaron una marea constitucionalista que estuvo a escasos miles de votos de desalojar del poder al Movimiento Nacional vasco.

Han sobrevivido al abandono de antiguos allegados; han aguantado la displicencia con la que viejos amigos murmuraban «éstos se han vuelto locos»; han arrostrado la humillación de haberse convertido en disidentes dentro de su propio entorno; y han tenido los huevos, digámoslo con toda claridad, de proclamar a voz en grito su fidelidad a unos principios en tiempos de gran tribulación, mientras callaban otros que decían estar de acuerdo con ellos, pero sólo, eso sí, en la intimidad de unas conciencias narcotizadas por dos de las más poderosas drogas de la botica nacional: la corrección política del momento y el prurito de no dar ventajas al contrario.

Aunque fuera sólo como culminación de tanto esfuerzo, los admirables fogoneros de Basta Ya se habrían ganado, con todo merecimiento y sin que nadie se lo reprochara, el derecho a solicitar el voto a sus conciudadanos para defender causas que unos han abandonado y que otros no han sabido sostener con inteligencia. Sin embargo, han tenido que ser viejos camaradas y admiradores los que vinieran a ejercer de aguafiestas.

Sí, aprecian el gesto y les dan palmaditas en la espalda, pero les han dicho con muy buenas palabras (algunos de ellos en estas mismas páginas) : «Chicos, os estáis equivocando; lo único que vais a conseguir es dividir el voto que puede derrotar a Zapatero».

Salvo que me haya perdido algo, nunca he oído decir a Fernando Savater, Rosa Díez o Carlos Martínez Gorriarán que el objetivo del nuevo partido fuera derrotar a Zapatero. Si he entendido bien lo que han explicado hasta ahora, van a pedir el voto a los españoles con el propósito de reunir, en un plazo razonable, los suficientes escaños para que los dos partidos nacionales con posibilidades de gobernar no se vean obligados a pagar, a la hora de formar una mayoría parlamentaria, la gravosa factura que durante los últimos años les han pasado al cobro los nacionalismos voraces; y también, en la misma dirección, promover una reforma constitucional para «cerrar» el estado autonómico y corregir la sobreprima electoral que hoy concede la ley a los partidos nacionalistas. Un programa bastante atractivo, todo hay que decirlo.

Entienden esos amigos, y algunos estrategas del PP, que el UPD restaría más votos a la derecha que al PSOE. Veteranos expertos en sondeos asienten. Pero, si tal pérdida se revela como cierta, los del PP deben preguntarse cómo es posible que un partido cuyos inspiradores provienen de la izquierda sociológica sea a ellos a quienes va a infligir más daño electoral. Y tal vez encuentren alguna respuesta en la ejecutoria del partido de los tres últimos años.

El voto útil. Ese el redundante argumento con el que se apuntala el reproche. Pero, ¿existe el voto inútil? Toda papeleta depositada en las urnas contiene una lección tremendamente útil, en especial para aquellos que no reciban ese sufragio. Pero, en el caso que nos ocupa, ¿es más útil, tal como está el patio, un voto destinado a consolidar este régimen de bipartidismo imperfecto sometido a la rebatiña de partidos que no representan casi nada en la política nacional? El voto al nuevo partido no es más o menos útil que otros. Pero puede resultar tremendamente necesario.

Eduardo San Martín

FUENTE: ABC

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