No se trata de averiguar si es o no cierto el cálculo que El País lleva a portada. No se tata de comprobar hasta que punto dicen verdad el Presidente del Gobierno, José Luís Rodríguez Zapatero, el Vicepresidente Económico Pedro Solves, y la Vicepresidenta Primera del Gobierno María Teresa Fernández de la Vega cuando afirman que “todos los terrritorios serán tratados con justicia a la hora de repartir los fondos de los presupuestos”. Lo que hay que cambiar es el lenguaje, porque tras él se esconde una forma de hacer política que hasta hace relativamente poco tiempo era patrimonio de los nacionalistas: parece que lo que importan son los territorios y no las personas que viven en ellos.

¿Cómo se van a sentir concernidos los ciudadanos cuando los responsables gubernamentales hablan de territorios (e incluso de quien gobierna en ellos, como hoy hace El País) para explicar cómo distribuyen los recursos públicos?

“Zapatero compensa a las autonomías…” Compensa… ¿Compensa? ¿De qué? ¿Cómo es que un presidente tiene que compensar? ¿Se le ha ido la meno con alguien? ¿Se ha desviado a la hora de tratar economica o políticamente a alguien que es rival de aquel a quien quiere compensar? ¿Los presupuestos son para eso? ¿Para dividir más aún a los ciudadanos que vieven en uno u otro territorio de España? ¿Hemos de entender que los presupuestos no se hacen para los españoles sino para afianzar las diferencias entre los españoles en función de los territorios en que vivan? ¿No es esto una vuelta al feudalismo, en que los discursos( y la distribución de recursos)  de los reyes se pactaban con los señores feudales que se limitaban a administrar a sus servidores, nunca ciudadanos?

Es terrible, de veras. Terrible comprobar cómo  los presupuestos se presentan como  juego de compensaciones entre territorios y no como un instrumento para la cohesión y para el fomento de la competitividad de España. Terrible comprobar que los presupuestos son una herramienta –que incluso en su presentación– está diseñada para ganar las futuras elecciones y no para garantizar un mayor grado de cohesión y desarrollo para las futuras generaciones.

Hay que cambiar el lenguaje si queremos cambiar la política. Y no será posible cambiar la política si los discursos del gobierno contribuyen a que el desafecto entre los ciudanos y la política sea cada vez mayor. Pero no nos engañemos: el lenguaje es un instrumento al servicio de la política y el gobierno lo utiliza a sabiendas. Es lo que tantas veces hemos llamado en este blog perversión del lenguaje. Un lenguaje perverso utilizado desde el inicio de esta legislatura para fomentar el desestimiento de la ciudadanía, para adormecer a la sociedad. Recuerden el “proceso”, todos los cantos de sirena, todo el buenismo, todos los colores maravillososo que se pintaban alrededor de un fracaso cantado dede el primer momento. Se trataba, entonces como ahora, de que la gente pasara, de que no se implicara, de desmovilizar cualquier conciencia crítica, de que les dejáramos hacer a nuestras espaldas. Ahora nos hablan de territorios… ¿No es lógico que la gente pase de los políticos ante lo que se presenta –y es– un cálculo mercantilista que sólo les preocupa a los que controlan el cotarro?

Bueno, pues frente a los que reparten  cloroformo, aquí estamos otros dispuestos a despertar al personal. Y a proclamar y construir un país de ciudadanos.

Pues eso.

Rosa Díez

FUENTE: Basta Ya

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