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El tema que propongo es un poco raro. Iré al grano: para hacer un partido novedoso, capaz no sólo de impulsar sus propias políticas representando a los electores sino también de revitalizar el sistema democrático, ese partido debe estar integrado por personas dispuestas a renunciar a una completa satisfacción de sus aspiraciones. No me refiero a aspiraciones económicas o emocionales, claro está, sino a las ideológicas. Dicho de otro modo, para que esto funcione todos los interesados tenemos que aceptar una dosis variable de insatisfacción. Deberemos renunciar a algo que consideramos valioso.

Los liberales deberán aceptar algunos puntos de vista socialistas, y viceversa. Quienes se declaran orgullosamente de izquierdas deberán encajar que a otros esa distinción les parezca banal o humorística. Los ateos no predicarán, y a cambio los creyentes admitirán la privacidad de su fe. Los muy convencidos deberán admitir que no todos lo estén tanto. Los dubitativos también aceptarán que otros duden muy poco. Los antinacionalistas furibundos deberán soportar que otros sean críticos pero más moderados en la forma. Los que detestan esto o lo otro deberían esperar que algunos no detesteran las mismas cosas ni con igual exaltación, al igual que harán los enamorados de una u otra sugestión. Como pasa en la vida misma.

Lo cierto es que los partidos clásicos se arengan a sí mismos y a sus huestes en rituales de autoexaltación donde, ante todo, brilla -como una navaja albaceteña del amigo Cesio- la importancia de la unidad inquebrantable y la unanimidad de propósito y visión: una comunión mística (no son nada laicos). Un bluf. Unidad sí, pero con aceptación de la diversidad que también está en la base de nuestro propósito común, que además sabemos transitorio: desaparecerá cuando hayamos conseguido nuestro objetivo fundamental, como desaparecen los movimientos cívicos sensatos cuando cumplen su misión, a diferencia de los chocheantes partidos centenarios. A nosotros nos conviene un entusiasmo escéptico y una pasión refrigerada por el humor y la tolerancia bien entendida. Como en la vida misma. La distancia que separa a los partidos clásicos de la democracia también aparece en su promesa infantil de una felicidad redonda, sin aristas: la Tierra de Jauja, la Patria Libre, el Cielo.

Pues no: la democracia es un sistema donde se nos reclama, como norma, renunciar. Aceptar al diferente, perder con sentido deportivo, ganar sin ansias de revancha, renunciar a la consecución de lo que nos gustaría que el mundo fuera en beneficio de lo que puede ser decentemente para todos por igual. Se nos promete, a cambio, una satisfacción moderada, sapiente: el mundo sería insoportable si nos empeñáramos en convertirlo en un paraíso, camino seguro al infierno (el siglo pasado rebosa de trágicos desenlaces de esa mala historia). Renunciar a la satisfacción total es clave para mantener la libertad: lo demás es vicio. Así que nadie se extrañe ni lamente en esta aventura en la que nos hemos metido si el resultado no satisface al cien por cien todos sus deseos y condiciones previas: lo mejor es dejar esa ambición excesiva para los adictos a sustancias alucinógenas y vicios inconfesables. O sea: si usted espera que le demos la razón en todo lo que considera fundamental, mejor búsquese otro partido. La oferta es amplia (arriba, por ejemplo, renunciantes -yoguis- junto al Ganges).

Carlos Martínez Gorriarán

FUENTE: El Blog de Carlos / Basta Ya

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