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Un año más, la ofrenda floral a Rafael Casanova degeneró en un espectáculo bochornoso en el que los menos -unos cincuenta individuos jóvenes y no tanto con unas cuerdas vocales tan prodigiosas como envenenadas- amedrentaron, insultaron y agredieron verbalmente a los representantes de los partidos políticos, de las instituciones y de todas aquellas entidades a las que, por una u otra razón, consideran traidoras, españolas o anticatalanas. El Real Club Deportivo Español o UGT, por poner dos ejemplos. Apenas doscientos ciudadanos asisten al desfile de autoridades, mientras Barcelona disfruta del día festivo.

Un reducido grupo que a duras penas alcanza para representarse a sí mismo pero que, año tras año, logra colarse en la Diada sin que nadie haya movido un dedo para impedirlo. El ex presidente Pasqual Maragall lo intentó, pero ni CiU ni ERC secundaron su propuesta para realizar una ofrenda floral conjunta de toda la clase política. Una iniciativa que el PP sí aplaudió y que habría logrado la muerte por inanición de un grupúsculo que, cada 11 de septiembre, dispone de más de dos horas para dejar constancia, ante micrófonos y cámaras, de la precariedad de sus esquemas mentales, mientras el resto de los catalanes disfruta, -como suele hacerlo el común de los mortales, sin hechos diferenciales de por medio- de una jornada festiva.

Cordón policial

Cada año, la Generalitat se ve obligada a desplegar un importante dispositivo policial para evitar que los insultos pasen a mayores, como ocurría a principios de los noventa, cuando los representantes del PP eran literalmente atacados por los manifestantes. Por fortuna, ahora «sólo» hay que lamentar una violencia verbal de la que no se libra casi nadie y de la que es testigo indiferente el pequeño monumento a Rafael Casanova, consejero jefe de Barcelona en 1714, cuando las tropas de Felipe V tomaron la ciudad.

Después de tres años de ausencia -Piqué se negó a participar-, la delegación del PP volvió a convertirse en objeto de las iras radicales. «Puta España», «Gora ETA» o «Visca Catalunya lliure» fueron algunas de las consignas que se oyeron mientras Daniel Sirera y los suyos entonaban «Els Segadors» a los pies de la estatua. Alguien, entre el público, incluso llegó a recomendar al presidente del grupo municipal en el Ayuntamiento de Barcelona, Alberto Fernández, que revise los bajos de su coche.

El líder de ERC, Josep Lluís Carod-Rovira, y el presidente del Parlamento catalán, el también republicano Ernest Benach, fueron recibidos al grito de «traidores» o «hipócritas de mierda». A saber: «Tanto tiempo defendiendo a Terra Lliure y ahora os vendéis por unas monedas». Un repertorio que, con ligeras variaciones, acompañó a la delegación de la Generalitat, encabezada por José Montilla, y a la del PSC o ICV. Los dirigentes de CiU -con la notoria ausencia de Josep Duran Lleida y con Josu Jon Imaz como invitado- fueron los últimos en desfilar. Fue en ese momento cuando de los gritos e insultos, los manifestantes pasaron a la agresión física. La víctima, una militante nacionalista que se acercó a la valla de seguridad para plantar cara a los radicales, fue zarandeada y cayó al suelo.

Pelea entre independentistas

Los otros incidentes de la jornada se registraron en el Fossar de les Moreres. Allí, grupos de independentistas radicales echaron del lugar a puñetazo limpio a las juventudes de ERC, poniendo así de manifiesto las tensiones existentes en el seno del mundo independentista catalán.

Ciutadans no participó en la ofrenda floral a Rafael Casanova al considerar que el acto es reflejo de «una Historia falseada».

María Antonia Prieto

FUENTE: ABC.es

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