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Insitía ayer Valentín Puig en que sería mejor acumular influencia política intelectual que empeñarse en fundar un partido de éxito complicado. En concreto: “En el caso de la iniciativa surgida en tierras vascas, aunque el nuevo partido proclame su vocación de alcance nacional, hubo en el pasado un momento de lo más oportuno para constituir en el País Vasco una liga constitucionalista como campo magnético de voluntades democráticas, sin necesidad de fundar partidos, sino con la idea de influir en los existentes. Algún promotor de Unidad, Progreso y Democracia argumenta que al no ser un partido nacionalista podría abrir el melón para la reforma electoral y también reforzar las competencias del Estado. Exótica prognosis cuando a la vez se hacen proyecciones electorales de dos o tres escaños. Lo que a la sociedad española más falta le hace son diagnósticos acertados y no candidaturas de buena voluntad.”

El problema es que la idea de fundar un partido no viene, desde luego, de ningún optimismo insensato sobre la facilidad de triunfar -más bien al contrario: es el conocimiento de esa dificultad el que nos ha retenido mucho tiempo, como nos reprochaba Arcadi Espada-, sino del fracaso de esa “liga constitucionalista” que nos propone Puig con carácter retroactivo. Nunca tuvo posibilidades de existir tal cosa; un intento animoso de pálido efecto ha sido la Fundación por la Libertad, que no ha podido, porque es imposible, superponerse a la influencia centrífuga de los partidos “patronos”.

El momento culminante de la influencia constitucionalista en los partidos de ese signo fue la campaña de las autonómicas vascas de 2001. Está resumido para la posteridad en la famosa aunque olvidada foto -molesta a todos- de Savater uniendo las manos de Redondo y Mayor Oreja en el acto de Basta Ya. La influencia decayó por completo en la noche electoral, cuando 20.000 votos o menos frustraron la alternancia a la hegemonía nacionalista, apoyada en el terrorismo. Fuimos considerados responsables del “desastre”. A continuación, la historia de Basta Ya se convirtió en la de una resistencia a los insultos y ataques del ala socialista, primero, y luego a los intentos del PP de convertirnos en un satélite, como lo ha intentado con el Foro Ermua -como espero haya demostrado de modo suficiente la indecente campaña de acoso y derribo de Mikel Buesa, tras apuntarse a nuestro proyecto. La capacidad de resistencia queda acreditada, me parece, por los seis años que siguieron a las quiebras del 2001 -derrota del constitucionalismo e implosión desde dentro, forzada por Prisa y el zapaterismo emergente-, y de marzo del 2004. Resistencia sí, pero influencia… No nos engañemos: los partidos políticos sólo son influidos por dos tipos de argumentarios, sobre todo los paquidermos tradicionalistas como PSOE y PP. Se trata del dinero, y luego de los votos. Primero el dinero, porque es el que permite llegar a los votos y a enmascarar la falta de ideas. ¿Dónde quedan las ideas “influyentes”? Para los momentos críticos, como los vividos en el País Vasco entre 1995 y 2001. Después sólo quedan como caricaturas en forma de eslóganes y consignas. Carne de tertulianos livianos y columnistas a peso. Pero no como influencia política: no nos engañemos, llegados a cierto punto no se puede estar semi-embarazados: o nos metemos hasta el fondo, o nos retiramos.

– Así que usted sostiene que han lanzado un partido porque los movimientos cívicos habían perdido toda posibilidad realista de influir en los partidos, ¿es así?

– En efecto.

– Y porque los llamados intelectuales, tal que usted mismo, son desoídos por los partidos y gentes con posibles, ¿verdad?

– Cierto.

– No le diré que es narcisismo, porque eso convertiría en narcisistas a todos los que pretenden hacerse oír a todas horas: absolutamente todo el mundo, ni más ni menos. Pero si quieren influir, ¿porqué no se afilian a los partidos que no les hacen caso, o van al menos como independientes en las listas de, por ejemplo, el PP?

– Es muy sencillo: la razón de que no nos hagan caso, o de que intenten manipularnos con falsas ofertas, es que no están de acuerdo con lo que proponemos, ni les interesa los más mínimo las ideas que pudiéramos aportar. Esta es la cruda realidad. La única alternativa que nos dejan es la de intentar competir con ellos como iguales, pidiendo a la gente que nos vote si está de acuerdo con lo que proponemos, eso que ellos no quieren proponer, como la reforma constitucional. Y esto es lo que tanto les solivianta: no la pérdida de influencia de los movimientos cívicos ni de algunos intelectuales metidos en la carrera política, sino la pura, clara y abierta competencia en lo que consideran su estricto monopolio: los votos y la presencia en las instituciones. Si no se entiende esto…

– ¿Algo más?

– Sí: el problema de fondo es de toda España, no de vascos o catalanes o gallegos ni otros periféricos. Es curioso el efecto contaminante del nacionalismo, el virus ébola de la filosofía política; incluso los antinacionalistas se pasan a su lenguaje, y ya hay quien habla todo el día de España para quejarse de que vascos y catalanes tengamos algo que decir al respecto. Del mismo modo, este partido no es asunto de intelectuales o pensionistas, sino de algo mucho más amplio: es un movimiento político de ciudadanos críticos y marginados. Por tanto, es natural que quienes no son críticos ni están marginados se pongan de uñas y pretendan pararlo.

Carlos Martínez Gorriarán

FUENTE: Basta Ya

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