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No se habla de otra cosa. La irrupción del nuevo partido nacional de Rosa Díez y Fernando Savater ha levantado un aluvión de expectativas. A la vista de las declaraciones de bienvenida que le han prodigado tanto el PP como el PSOE se vislumbra nerviosismo, mucho nerviosismo entre los partidos instalados. Es normal, de hecho lo único que pone firmes a los partidos políticos son, bien unos malos resultados electorales, bien la competencia directa de otros partidos.

1. Romper consensos.

La aparición de un nuevo partido con proyección mediática supone siempre fortaler el pluralismo. Díez y Savater se han percatado de que, en vista del hartazgo por el bajo nivel ético e intelectual de la política española, era muy importante ofrecer una cara transgresora, rompedora, que canalizara la rebelión cívica que se está incubando en España y que ha esbozado con tanta brevedad como lucidez Enrique de Diego en este formidable alegato que es El manifiesto de las clases medias. Uno de los objetivos del nuevo partido será resquebrajar los unánimes e inconfesables consensos en los que se han apoyado los políticos profesionales para constituirse y constituir castas parasitarias intocables. Significa ello que se abrirán debates que hasta el momento ningún partido había abierto porque no interesaba. Significa ello que se pondrán encima de la mesa fórmulas inéditas por estos pagos en la resolución de viejos problemas que se están pudriendo sin que ningún partido les diera solución.

2. Una nueva dialéctica.

El nuevo partido intentará superar la vieja dialéctica derecha-izquierda por otra dialéctica: la dialéctica progresista-reaccionario. En efecto, el nuevo partido pondrá en circulación otro lenguaje, otra forma de valorar las cosas al margen de los viejos epítetos, lo que pone de manifiesto la inteligencia de Savater y cía. La batalla ideológica se empieza a ganar cuando se impone su propio lenguaje a los adversarios. En vez de calificar una medida o una política o una ley o una propuesta «de izquierdas o de derechas», la calificaremos de «progresista o reaccionaria». El progreso no es patrimonio de ningún partido. En ciertas cuestiones el PP puede ser tan progresista como reaccionario el PSOE. Y viceversa.

3. El ejemplo de Sarkozy.

El nuevo partido piensa abordar las grandes cuestiones de cara, sin tapujos, sin esconderse, contando tanto con el PP como con el PSOE. Siguiendo el ejemplo de Sarkozy, se afrontarán las grandes cuestiones desde una perspectiva abierta y sin importarles ser encasillados en los viejos anatemas. En España el nivel de debate político es muy flojo, precisamente porque la hegemonía de lo políticamente correcto ha castrado el debate en las grandes cuestiones (educación, inmigración, catalanismo, pensiones, hiperinflación legislativa, elefantiasis burocrática, vivienda, crisis del poder judicial, financiación y democracia interna de partidos, etc…). Los partidos actuales no están dispuestos a cruzar el rubicón y plantear auténticas soluciones a estas grandes cuestiones-tabú por temor a caer en el descrédito. Afirmar que ZP se ha equivocado en el modo de abordar la violencia doméstica es execrado por machista. Plantearse que el Estado recupere la competencia de Educación es estigmatizado como fascista. Plantearse que un colegio pueda ofertar una educación diferenciada entre niños y niñas ha sido anatemizado como segregacionista por los diéguez de turno. En España, el terrorismo intelectual, cuyo objetivo es acallar las voces del discrepante descalificándole personalmente y así de paso descalificar lo que dice, está a la orden del día. De ahí el temor a abrir ciertos debates que caen fuera de la corrección política dominante guiada por los nuevos clérigos (periodistas, políticos, profesores, artistas).

4. La Tercera Vía.

No creo que les importe en absoluto etiquetarse como centristas pero a tenor de los apoyos que van recibiendo, desde militantes del PSC hartos de nacionalismo a escindidos liberales del partido de Ciutadans de Albert Rivera, el nuevo partido está ya aglutinando sectores que van desde socialistas moderados hasta liberales no conservadores. Sin pretender pasar por centristas el nuevo partido estaría sintonizando con este centro sociológico compuesto por amplias capas de la población que detestan los extremismos de uno y otro signo, sin que ello signifique blandenguería, tibieza o pusilanimidad a la hora de defender principios elementales y básicos. Estamos demasiado acostumbrados a confundir la moderación con la tibieza y las convicciones con la radicalidad. A diferencia de una Rosa Estaràs que busca con denuedo el centro de la nada a modo de pose, cascarón vacío, equidistancia imposible, la centralidad del nuevo partido, lejos de la funesta manía de perseguir este centro estratégico donde no hay nada y que se mueve además dependiendo de los movimientos de sus extremos, significa otra cosa. Significa, ni más ni menos, defender lo que para inmensas capas de la población es de sentido común al margen de las presiones de las minorías fanáticas bien organizadas (feministas, nacionalistas, guerracivilistas, neocomunistas, ecologistas). Quizá Estaràs debería leer a Miguel Villalonga para saber que el justo medio o la equidistancia no es sinónimo ni de verdad ni de ecuanimidad en el juicio. «Le hicimos ver (…) que la imparcialidad consiste, precisamente, en evitar el justo medio. El justo medio participa igual de lo falso y de lo verdadero. La imparcialidad rechaza cualquier partícula de error» (M.V.).

5. Regeneración democrática.

Además de propugnar la necesaria regeneración democrática a todos los niveles (listas abiertas, segundas vueltas que hagan imposible la ilegitimidad de origen de Antich, etc…), existe otro aspecto regenerador relevante: su composición. Parece ser que el nuevo partido va a ser un partido de desengañados, de disidentes, es decir, un partido compuesto por personas que se han plantado ante las oligarquías de sus ex partidos y les han dicho «por aquí no paso: antes abandono». Idealistas que, por no ser supervivientes de la política, no aspiran a perpetuarse en el poder, que tienen más que perder que ganar en esta aventura. Personas, en definitiva, de primer nivel, sin hipotecas de ningún tipo, dispuestos a defender principios e ideales. Un lujo que no está al alcance de los grandes partidos que aspiran a gobernar, esclavos de sórdidos compromisos y e inconfesables componendas.

Joan Font Rosselló

FUENTE: El Mundo-eldia.com

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