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Lo malo que tiene promover un partido nacional en un país bastante extenso es exactamente lo mismo que tiene de bueno: te pasas el día en la carretera incluso si te la suda -talibanes, no metan tanto ruido, por favor- la mitomanía on the road a lo Kerouac, e incluso a lo Miguel Ríos. Pero para hacer algo con mucha gente es indispensable hablar con mucha y escuchar atentamente lo que tengan que decir, que es mucho, y la mayor parte de las veces interesante de verdad. Lo que lleva de nuevo a la cavilación sobre las razones de que, contrastando con el sentido común bien repartido por la sociedad civil, ese mismo sentido común esté tan ralamente implantado en la clase política y la periodística. Pero de ese dilema hablaremos otro día, o no.

Veamos hoy la aportación de dos textos que tratan sobre dilemas. Uno es de Mikel Azurmendi, coleccionista de agravios que nos reprocha a Basta Ya cosas viejas suyas y alguna actual nuestra, y otro del amigo Fernando Maura, que no reprocha nada, sino que reflexiona.

De Mikel Azurmendi lo más chocante esta vez es su extraña -pero no tanto- teoría de la misión de un partido político. Parece extraída de un guión de Almodóvar: “En el juego del actual sistema democrático sería necesario un partido nuevo y renovador (no comunista ni nacionalista, se entiende, sino preocupado por la libertad, la cohesión nacional y la función solidaria del Estado de derecho) sólo a condición de que sus ideas hubiesen horadado (sic) las conciencias de los militantes del PSOE y/o del PP de tal manera que les hiciese entrar en seria contradicción con el funcionamiento de su estructura partidaria y de ideas“. Caramba: los partidos políticos como virus que penetran en el cuerpo afiliado de sus rivales y provocan hemorrágicas contradicciones en militantes desconcertados tras padecer la trepanación de sus cerebros por los argumentos rivales. ¿Es esto deseable?

La teoría corriente, magistralmente desarrollada por Schumpeter, es que los partidos políticos actúan como empresas o maquinarias consagradas a conquistar el mercado del voto. Un partido vende compromisos que cobra en votos, y su habilidad para ganar mayor número de aquellos tiene que ver con la adecuación, popularidad o inteligencia de sus compromisos con los votantes. Si luego no cumple o si la gente desprecia sus compromisos, los votantes tienen el privilegio de cambiar de voto y echarle, elevando en su lugar a un partido rival, esa alternancia que es más o menos el movimiento esencial de la democracia según otro grande del liberalismo, Karl Popper.

Ni que decir tiene que a los izquierdistas estas representaciones liberales tan descarnadas de lo que es un partido político siempre les ha parecido un escándalo. ¡De ninguna manera!: un partido es, o no es, sólo si es y nada más (ni menos) que la vanguardia revolucionaria del proletariado, la materialización orgánica de la inteligencia de la clase, el pueblo en larga marcha y otras magníficas representaciones épicas cumplidamente glosadas por Lenin -padre de todas ellas-, Trosky, Mao o Gramsci. En la acera contraria, los partidos burgueses son la miserable escenificación de la hipocresía política y las maldades inconfensables del capitalismo.

Yo mismo he sostenido años ha bobadas tóxicas semejantes, pero la mayor parte de la gente que conozco se ha curado de tales delirios y ha, hemos ido evolucionando hasta desprendernos de tales sueños de la razón. Algunos no. Algunos han pasado de izquierdistas a derechistas sin sacarse a Lenin del coco, y siguen despreciando la misión fundamental de un partido en una democracia: ganar votos y elecciones para hacer política, no para salvar al mundo ni llevar la luz, a base de contradicciones-tuneladora, a los confundidos militantes de la mísera competencia.

En el lado opuesto, esta emotiva confidencia de Fernando Maura: su dilema es que la claridad sin pretensiones de sus ideas debe salvarse del tenebrismo maniqueo entre los hijos de la luz (los nuestros) y los hijos de la tinieblas (¡ellos!) en que ha encallado el PP por su nula resistencia a sus antiguos demonios familiares. ¿Servirá nuestro proyecto de partido para proporcionar adecuada protección a la tradición liberal de Fernando Maura? Creo que sí. De lo que sí estoy seguro es de que nosotros -Plataforma Pro- sí necesitamos sus ideas. Precisamente porque no pretenden horadar la zarandeada conciencia de nadie que la disfrute. Solamente permitir su libre expansión en igualdad de oportunidades.

Carlos Martínez Gorriarán

FUENTE: El Blog de Carlos / Basta Ya

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