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En algo acertaron los comentarios socialistas al abandono por Rosa Díez de su viejo partido: era una decisión anunciada desde hace tiempo. Sería preciso añadir que necesaria, desde el punto de vista de la democracia, y la renuncia simultánea al escaño en el Parlamento europeo refuerza este aspecto.

 

No es que Rosa Díez se haya convertido en el clásico enemigo del partido al que abandona, sino que es la restricción de la vida democrática en el interior del PSOE lo que ha impedido e impide que el pensamiento crítico actúe en el interior de sus filas. Fue Alfonso Guerra, después de la crisis del ‘marxismo’, quien impuso el famoso principio de ‘el que se mueva no sale en la foto’, o dicho de otro modo, que la política trazada por la dirección era indiscutible y que la información y el debate internos, por muy estatutarios que fuesen sus modos, resultaban excluidos, de manera que al disconforme, convertido en disidente, le tocaba sólo elegir entre irse o esperar la expulsión.

Nuestro gran partido socialdemócrata reguló su funcionamiento de acuerdo con los saludables principios del centralismo burocrático de conocido origen e infeliz memoria. Obviamente, cuando la dirección era firme, la cohesión interna quedaba, más que asegurada, blindada; en momentos de vacío de poder, surgía el caos. De una situación así surgió el ascenso a la dirección de un desconocido de nombre José Luis Rodríguez Zapatero, quien una vez en el poder puso en práctica la mencionada regla de hierro, con mayor firmeza aún que sus predecesores, por cuanto la información desde el vértice, tanto hacia dentro del partido como al conjunto de la sociedad, se vio reducida a la mínima expresión, hasta convertirse en pauta por todos aceptada y reconocida. A nadie le ha extrañado que el hoy presidente no informe sobre los datos de que disponía al emprender la negociación con Batasuna/ETA, el alcance de las concesiones rechazadas por la banda, las características de la chapuza montada en torno a De Juana Chaos o las razones para la disparatada admisión parcial de ANV-Batasuna en la legalidad. El episodio navarro ha sido el último de semejante trayectoria antidemocrática, alcanzando niveles de ridículo: la decisión final denegatoria de la alianza con NaBai fue tomada, según dice ZP, en pro del «bien común».

Así que si falta la información, no hay cauces de debate interno y el discrepante, por muchas y poderosas que sean sus razones, sólo puede elegir entre la mordaza o el abandono, resulta evidente que no ha habido un problema de Rosa Díez, sino que la salida de Rosa Díez pone de manifiesto un gravísimo problema del PSOE, con nada desdeñables consecuencias de cara a un futuro inmediato. Sólo un improbable e indeseable desastre electoral del partido de Gobierno podrá poner en cuestión el mantenimiento en el poder de ese gran organizador de derrotas en cuanto a la política de Estado que es el presidente Zapatero. No existe ni sombra de pluralismo interno en el partido y por consiguiente tampoco cauce alguno para gestar alternativas a la gestión de un líder autoritario, cuyo orden de prioridades tiene al frente la meta de seguir mandando, relegados a la sombra los fracasos que se han sucedido o puedan sucederse. Resulta lógico que un hombre tan seguro de si mismo, y al mismo tiempo tan pobre de ideas, defina su tarea histórica con palabras que recuerdan aquello del Reich de los mil años. Bajo su mando tendrá lugar «la modernización definitiva de España», nos asegura Zapatero en una reciente entrevista. Si cuando ZP salga del poder existe España, podría comentar un mal intencionado.

Acierta, pues, Rosa Díez al declarar que su seña de identidad política sigue siendo el socialismo. Pequeño detalle que suelen olvidar las plumas a sueldo empeñadas en fijar como origen de su disidencia el fracaso de Rosa Díez para acceder a la dirección del PSOE: no es ella, sino Zapatero, quien con su política catalana o vasca ha traicionado los planteamientos federalistas del documento de Santillana o el programa electoral de marzo de 2004. Por eso, desde mi punto de vista personal, el nuevo partido en ciernes, competidor a corto plazo del PSOE, lleva en el caso de cuajar el germen de una posible rectificación de su trayectoria en las grandes cuestiones de la política de Estado y de la democracia. No sería la primera vez en que un partido político anquilosado, o conducido hacia un callejón sin salida por un líder o un grupo dirigente incapaces, logra su transformación mediante una convergencia con quienes durante un tiempo aparecieran como competidores o como disidentes.

Más aún cuando no todo en la política del Gobierno Zapatero y del PSOE forma parte de un museo de horrores. Amplios aspectos de la acción económica, política o cultural son, o perfectamente aprovechables, o susceptibles de un acompañamiento crítico. Sería un ejemplo el tratamiento dado a la memoria histórica, de recuperación tardía pero imprescindible del legado republicano por Zapatero, para nada cuestionable por un imputado ‘guerracivilismo’, pero sí con errores como no entrar en el tema de la violencia en el bando legal durante la guerra civil. Por supuesto, el nuevo partido ha de rehuir la tentación y el engaño de convertirse en partido-trasbordador, como fueran los demócratas de izquierda para mayor gloria y provecho de Diego López Garrido. Hoy por hoy, sólo desde una definición abierta, crítica, marcando las diferencias, cabe esperar que el nuevo grupo puesto en marcha por dos personalidades de reconocidas nobleza y autenticidad, Rosa Díez y Fernando Savater, alcance una difícil consolidación en un sistema político que tenderá a cerrarse a cal y canto frente al recién llegado.

Sería, en fin, conveniente que tal definición huyera en toda circunstancia de las expresiones y los acentos apocalípticos. No es que España por ahora vaya a romperse. Es que, como advierte Rosa Díez, el caos creado por Zapatero, al ir respondiendo a las demandas nacionalistas una a una, apunta a una configuración, más que organización, de tipo confederal, ineficaz, propicia a conflictos en cascada y a la afirmación creciente de tendencias políticas pura y simplemente secesionistas. «Ni el PSOE ni el PP, el uno porque ha renunciado y el otro porque no se atreve, se comportan como partidos de Estado», resume. Hasta ahora, las palabras y los escritos de Rosa Díez y de Fernando Savater vienen marcando una pauta saludable en estos preliminares, con un discurso constructivo, tanto en la crítica como en el diseño de una política de Estado alternativa a la actual, con un consiguiente replanteamiento de la democracia en aquellos puntos que han sido abiertamente vulnerados, tanto por el anterior gobierno de José María Aznar, como por el de Zapatero. No basta la sucesión de procesos electorales. La democracia exige la isegoría, el libre acceso a la información y a la palabra, cosas ambas que la actual dirección del Gobierno y del PSOE, como antes Aznar, negaron y niegan, sustituyéndolo por un permanente ejercicio de manipulación. Tenga o no éxito, en las circunstancias actuales de España y de Euskadi, la opción tomada por Rosa Díez se inscribe inequívocamente en lo que Nelson Mandela definió en su autobiografía como «el largo camino hacia la libertad».

Antonio Elorza

FUENTE: El Correo Digital

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