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En una entrevista reciente, Sarkozy despachaba su desdén por los consejos diciendo que casi siempre dicen lo mismo: que no es el momento. Sin duda alguna, se ha pasado la vida oyendo a gentes muy sensatas diciéndole, muy seria y desprendidamente, que no era el momento para esto, ni para aquello o lo de más allá. Me parece que cualquier persona activa ha vivido esa molesta experiencia.

En mi caso, alguna vez he cometido la pequeña impertinencia de preguntar al aconsejador: “y si ahora no es el momento de eso, ¿de qué es el momento?”. Lamento no recordar la respuesta, si la hubo. Por lo general, el aconsejador inmovilista no suele tener una teoría del momento; tiene una teoría del futuro, que casualmente es idéntico al momento presente: el momento eterno. Los inmovilistas albergan y difunden un profundo pesimismo no sobre la condición humana -es difícil no compartirla a partir de los cuarenta-, sino sobre las posibilidades humanas de modificar las cosas en un sentido deseable a través de la acción adecuada. Puesto que cualquier cosa que hagamos empeorará la situación, lo mejor es no moverse, no actuar, no distinguirse, no llamar la atención, etcétera. España es un país especialmente proclive a esta clase de consejo inmovilista o contemplativo, quizás por una historia multisecular un tanto desastrosa. Tenemos una colección espléndida de dichos en este sentido; mi favorito es aquel de “no corran, que es peor”. Si el capitán del Titanic hubiera sido español, lo que habría aconsejado al pasaje cuando el enorme barco fue acuchillado por el iceberg habría sido: “señoras y señores: no corran, que es peor (total, para qué…)”.

No hace falta que diga que ese consejo que fastidia a Sarkozy también está lloviendo sobre el nuevo partido. Lo más fantástico es que el quietismo es una actitud transversal. Hay quietistas reaccionarios, liberales y de izquierdas. Estos días se están publicando algunas fantásticas piezas en esa dirección.

Del pensamiento reaccionario más momificado me quedo con esta, que sostiene la descerebrada teoría de que lo mejor para España es un partido único que la defienda y tal y tal, como un novio legionario. También hay pensamiento reaccionario más agitado y juvenil y por tanto interesado en los sudores, pero ese queda para otro día. En el campo liberal de la preferencia por el ronquido y la inmovilidad, me pareció espléndidamente ejemplar esta premisa pro-parálisis, irónica con la “regeneración democrática” (¿les suena?), del siempre interesante Ruiz Soroa, del que soy devoto lector. Decía:

“Naturalmente, está muy de moda (en realidad siempre lo ha estado) poner el grito en el cielo ante esta realidad y proponer una regeneración del sistema sobre la base de unos ciudadanos exigentes y participativos, unos partidos de nuevo cuño y un espacio público distinto. Regeneración es la palabra mágica. Pero me temo que todo eso es pura sofistería: no está en nuestra mano cambiar radicalmente la estructura básica del mundo social que nosotros mismos producimos con nuestra propia actividad.” (el énfasis es mío)

El ilustre abogado debería reparar en que si el mundo social es, como dice y dice bien, algo que producimos con nuestra propia actividad y no una creación divina o un organismo determinado por los genes -escaparía por completo a nuestra intervención en ambos casos-, entonces también es no sólo posible, sino inevitable cambiar el mundo social, sea por acción… o por omisión. Lo malo que tiene el consejo de no hacer nada o lo menos posible es que pierde de vista el hecho, absolutamente esencial, de que no sólo la actividad y el activismo modelan la realidad, sino también la pasividad y la inhibición. A estas alturas no es ningún secreto que el éxito de los movimientos totalitarios ha sido muchas veces más bien cosa del no hacer y dejar hacer que de un verdadero empuje activista de masas, como les gusta afirmar a sus partidarios. Les aconsejo un espléndido libro al respecto, El Tercer Reich en el poder, de Richards J. Evans (Península), donde queda más que meridianamente claro que la desastrosa victoria de Hitler y sus compinches fue sobre todo la consecuencia de la parálisis y la renuncia a la acción opositora de sus numerosísimos enemigos alemanes.

Y ya para terminar este breve repaso por la apología de la pasividad y el dolce far niente, ayer nos sorprendía -un poco- Carlos Carnicero mostrando su desolación por la increíble entrevista de Javier Moreno a José Luis Rodríguez Zapatero en El País del domingo, donde el presidente del gobierno emerge como una de las más altas cotas de la insustancialidad política e intelectual de todo el orbe contemporáneo. Carnicero se pregunta cómo es posible que un personaje tan vacuo y carente del menor proyecto haya engatusado a un partido como el PSOE. La pregunta se responde mejor dándole la vuelta: cómo es posible que el PSOE eligiera a Zapatero y haya cerrado filas con ese peligro bípedo todos estos años de disparates (el secreto se llama selección negativa, y ya le hemos dado alguna vuelta en estos lares). Pero Carnicero se abandona a las delicias de la quietud y el fingimiento: “propongo que todos hagamos como que nos creemos lo que dice Zapatero y en espera de que el PSOE trajine alguna idea hagamos lo necesario para que se consumen los tiempos sin que la derecha termine de estropear este país”. Qué horror.

Sólo puedo añadir que algunos no vamos a estarnos quietos, sea presuntuosa la regeneración democrática, desoladora la vaciedad de Zapatero y temible cierta derecha cerril. Porque esa quietud que predican es suicida en política y además, idiota.

Carlos Martínez Gorriarán

FUENTE: Basta Ya

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