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Los terremotos no son movimientos espontáneos y menos aún casuales, constituyen la culminación de una secuencia en la que sucesivas acumulaciones de fuerzas resuelven bruscamente sus tensiones. Es un proceso regular, que salta de la cantidad a la calidad en su momento estelar, pero que viene gestándose con anterioridad en el subsuelo y sin esos antecedentes subterráneos no aparecería en la superficie terrestre.


Sirva el símil para explicar el momento histórico español. Sin preparativos anteriores no se habría llegado a la actual situación. No se puede afirmar que se trate de un proceso necesariamente calculado, sino constatar que el camino cubierto desde la transición conducía inevitablemente al lugar donde estamos, ese lugar donde castas políticas y sociales de las regiones españolas actúan en defensa de sus propios intereses, desposeen al Estado de capacidad gubernativa y anulan la eficacia de partidos nacionales, incluso cuestionan la existencia útil de los mismos.

La secuencia política española ha venido desarrollándose mediante el efecto “tijeras”, según el cual la necesidad de gobernación única para resolver los problemas de una sociedad moderna, se ha visto combatida y frustrada por decisiones parciales, fragmentadas, egoístas, enfrentadas al bien nacional, y cuya raíz reside en una arquitectura autonómica pervertida por el desarrollo y afianzamiento de intereses elitistas. En una reedición de nuevo caciquismo, España se ha convertido en un mosaico de reinos sin coronas.

Es el Estado español quien ha permitido e impulsado este devenir y eso concentra en su ser (o no ser) todo el actual problema nacional, su responsabilidad e inutilidad como máximo instrumento del poder nacional, en una palabra: la cuestión del Estado está a la orden del día en España

Y cuando en una nación se cuestiona la utilidad estatal, esa nación está en trance de resolver su propia existencia y en consecuencia, en la necesidad de solucionar el carácter de su estado como requisito previo a cualquier otra consideración. Nuevamente se abre en España una etapa constituyente, cerrando el capítulo de la transición a la democracia.

El Estado

D. Quijote explicó que en la oficina del estómago se fragua la salud del cuerpo, del mismo modo, la fortaleza del Estado mide el vigor civilizatorio de una nación. Pero en la España moderna el Estado nunca estuvo a la altura de su tiempo, jamás en esa historia logró con suficiencia aquel grado de utilidad que hace siglos conquistaron países más avanzados.

Siendo el Estado una construcción histórica, su origen y mantenimiento remite a la voluntad política de los dueños reales de una nación; esa clase dominante que existe en todo tiempo y lugar, debe aglutinar elementos e intereses en un todo único y capaz de actuar al unísono en la sociedad a la que dominan mediante esa organización política y todo su acompañamiento constitucional que llamamos Estado.

Y está en ese desacuerdo, casi genético, de las clases dominantes españolas, la raíz de nuestra actual descomposición política y la perniciosa debilidad de un aparato de estado jironado por unos y otros en pos de sus particulares cálculos.

Pero ni la historia ni la civilización perdonan a los que no están ni han estado a la altura de su misión y por tanto es razonable pensar que la sociedad española no detendrá su camino porque unos irresponsables inútiles a su papel, se muestren incapaces de resolver lo que tan urgentemente necesita la nación: orden constitucional efectivo y funcionamiento racional de la vida pública.

Las ideas y los partidos

En ese punto del desacuerdo dominante residen los movimientos telúricos en la política española. Son los hechos, y no las ideas, los que condicionan la lógica de este desarrollo nacional. Las ideas generales y oficiales no hacen más que tratar de reflejar esos hechos pero ni mucho menos los presuponen ni los describen; al contrario, esas ideas tienden a ocultar la afluencia y las consecuencias de esos mismos hechos: esos discursos son efectos y no causas.

Sólo ideas minoritarias, por el momento, pueden describir y explicar el curso de esta panorámica real. Pero esas ideas “extrañas” y escasas, por ahora, aunque prendiendo paulatinamente, serán las que se impongan en la sociedad porque son las que corresponden a los hechos que narran, las que dotan de verdad cuanto ocurre, al tiempo que la lucha de ideas y de partidos políticos son estériles resonancias en la superficie del proceso molecular producido en la sima social.

La insistencia de adscripciones a la izquierda o la derecha, la reducción del problema nacional a un asunto de votos, las elecciones generales en un marco de reglas de juego inservibles, los presupuestos generales en una tesitura donde las taifas son decisivas al respecto, son teoría y posiciones políticas fuera del contexto que los hechos esculpen, están superadas por los acontecimientos, obedecen a una inercia que está a punto de detenerse y suponen hoy un lastre intelectual para solventar tan grave crisis. Toda estrategia que no contemple el advenimiento de una Asamblea Popular Constituyente sucumbirá en la vorágine de los acontecimientos venideros.

El correcto ajuste entre práctica, teoría y fiel representación política es inevitable, así como el correspondiente terremoto que lo haga posible. Falta por saber grado y fecha de ese acontecimiento histórico en España, pero se abrirán paso letreros tan sencillos como: frente a la dispersión, unidad nacional, frente a las dictaduras regionales, democracia, frente a la arbitrariedad, Constitución, frente al delito político, justicia ejemplar.

Divisas aún no conseguidas en plenitud por los españoles y que son imprescindibles para completar la esencia de una nación moderna, europea, en el siglo XXI.

Mario M. Acosta

FUENTE: Ciudadanos en la Red

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