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Rosa Díez deja el PSOE y se coloca bajo el pabellón de un nuevo partido, amasado con materiales de alta calidad: Fernando Savater, Martínez Gorriarán, y compañía. No dispongo de una teoría asentada sobre las esperanzas electorales de la formación inédita. Tampoco sé con certeza qué ondas provocará al impactar en el entramado político convencional. Deseo a los recién llegados, y lo digo de corazón, toda la suerte del mundo. Cuentan con dos grandes activos en su favor: tienen cosas que decir, y no están lastrados por hipotecas.

Ello no significa, por supuesto, que les vaya a resultar fácil echar buen pelo en su encomiable aventura. El ingenuo tiende a pensar que las cabezas de los políticos están amuebladas por los grandes asuntos colectivos. El ingenuo comprueba su error una vez que se ha asomado a cualquiera de los cenáculos en que los representantes del pueblo o los burócratas de los partidos se juntan para hablar de lo suyo. Resulta rarísimo que lo suyo coincida con lo nuestro, entendiendo por tal lo que interesa al ingenuo o a la mayoría de los ciudadanos. Los políticos de profesión son expertos en la disputa del poder, no en la aplicación del último a fines útiles. Esto, probablemente, no es casual.

Sucede, en la esfera pública, un fenómeno parejo del que registra la vida animal en el caso de determinadas especies. Como ya notó Darwin, es frecuente que salgan triunfantes de la carrera reproductiva los pavos que ostentan una cola más larga, no los más veloces o mejor adaptados a eludir las asechanzas de los depredadores. La explicación del misterio obedece a las preferencias sexuales de las pavas. Las pavas, por decirlo a la pata la llana, se privan por los machos que hacen con sus plumas caudales unas ruedas hermosísimas. De la misma manera, el votante se priva por cosas que un profesor de ciencia política comprende mucho peor que un diputado medio, incluso que un diputado tonto.

Sentado esto, me urge añadir que soy menos escéptico de lo que las líneas precedentes sugieren. En primer lugar, Rosa Díez viene de la política de trinchera, no de la academia. En segundo lugar, es muy probable que su equipo se beneficie de una circunstancia preciosa: la oportunidad. Hay momentos en que la opinión ha madurado y se muestra propicia -seguimos con las metáforas biológicas- a ser polinizada por quien sepa exponer ciertas cuestiones críticas. La cuestión magna, es la cuestión nacional.

Hay una visión de la nación de derechas y una visión de izquierdas, y también un área de superposición entra ambas. Uno de los desarrollos más sorprendentes de los últimos decenios, en lo moral e intelectual, ha sido la renuncia a la nación por parte de la izquierda. La renuncia es estupefaciente por un motivo que no suele explicarse bien. Se afirma que lo único que debiera preocupar a un izquierdista es la salvaguardia y promoción de los derechos, tanto civiles como sociales. No sé hasta qué punto esto es así, pero lo concederé de barato, por no complicarme la vida. ¿Hemos de concluir que la nación no es importante desde una perspectiva de izquierdas? En absoluto. Lo que pasa, es que la nación, desde esa perspectiva, será instrumental, o si se quiere, contingente, que no es lo mismo que poco importante. La contingencia, pero también la importancia enorme de la nación, vendría dada por el hecho de que el territorio constituye el único ámbito material en que los derechos, formulables en teoría sin aludir a ningún país en particular, se pueden ejecutar en la práctica.

Hablar de derechos sin ocuparse de cómo puedan realizarse, pasearlos por ahí como si integraran artículos accesibles a cualquier ciudadano del mundo, representa una frivolidad, una simpleza, algo que sólo sirve para echar facha ante un círculo de esperantistas. Que es a lo que se han dedicado, con penosa inconsecuencia, los debeladores de la nación. La tesis de que la nación está contaminada porque Franco fue nacionalista, es otra tontería. Con ese argumento, podríamos impugnar igualmente el tráfico rodado. Puesto que Franco, como se recordará, viajaba desde El Pardo a la Plaza de Oriente en coche.

La simpatía refleja hacia los nacionalismos periféricos que la desautorización de la idea nacional española ha provocado en la izquierda, completa el disparate. Esos nacionalismos son, ahora sí, estrechos, reaccionarios, teñidos de una inequívoca vocación oligárquica. Y dado que en las regiones afectadas sólo parte de la población los quiere, son además problemáticos, en el peor sentido de la palabra. Sólo apretando los resortes del poder más allá de los límites democráticos, se logrará afianzar por esos lares la sociedad que nos tienen preparada Carod o Ibarreche.

No es menos admirable María San Gil que Rosa Díez, Gorriarán, o Fernando Savater. Pero su protesta no significa exactamente lo mismo. María San Gil defiende y dice lo que los suyos están prestos a oír. Los primeros están diciendo lo que muchos de sus antiguos compañeros, inauditamente, se resisten a saber. Notas afines tejen distintas melodías.

Álvaro Delgado-Gal

FUENTE: ABC.es

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