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No por esperada, resulta menos dichosa la decisión de la eurodiputada Rosa Díez de dejar el PSOE para dar el espaldarazo definitivo al nuevo partido que ha de nacer de Plataforma Pro, una iniciativa política impulsada por Fernando Savater y Carlos Gorriarán. Aunque puede que ahora no se vea aún así, es un acontecimiento de dimensiones históricas. El centrar excesivamente la vista en lo inmediato y en los numerosos desencuentros de andar por casa impide fijarse en el lento curso de los cambios fundamentales.

La historia y sus amanuenses a veces parecen eternos. Nuestro insuficiente tiempo vital para percibir perspectivas y la persistencia del poder en su empeño por domeñar cualquier cambio nos impiden ver las constantes históricas. Y, sin embargo, estas son más cambiantes de lo que nuestra corta vida y escaso conocimiento nos dejan ver. Y si no atiendan a los últimos 300 años. Si nuestra vida biológica durase lo suficiente hubiéramos visto caer a las monarquías absolutas, la revolución francesa, el cambio de paradigma científico, la irrupción de la teoría darwinista, la expansión del colonialismo y su disolución, el auge, apogeo y derrota de Napoleón, la invención de la energía eléctrica o de la penicilina, la revolución bolchevique y su caída sesenta años después, la insufrible emergencia de los fascismos, la primera y segunda guerras mundiales, el triunfo del liberalismo y los estados democráticos de derecho, el hombre en la luna y el descubrimiento al completo del código genético, el triunfo y disolución de Unión de Centro Democrático… Sin embargo, creemos que la irresponsabilidad de PSOE y PP y los pesadísimos nacionalistas son fatalidades con las que hemos de acostumbrarnos a vivir.

No es el caso que nos ocupa. Déjenme que les recuerde: el partido que nacerá hunde sus raíces no más allá de quince años, cuando en Cataluña, y posteriormente en el País Vasco, fueron creciendo costosa y lentamente movimientos cívicos contra el nacionalismo. Sólo quince años. En tiempo histórico, es un lapso insignificante. Sin embargo, su acción ha comenzado a erosionar los cimientos de un partido centenario como el PSOE. Costó sangre, sudor y lágrimas que intelectuales de la talla de Iván Tubau, Albert Boadella, Félix de Azúa, Arcadi Espada, Francesc de Carreras u Horacio Vázquez-Rial dieran el paso de criticar la impostura del nacionalismo a combatirlo con la acción política. Ahora lo hacen desde el País Vasco intelectuales de la talla de Fernando Savater, políticos consagrados en el PSOE como Rosa Díez o profesores como Carlos Gorriarán. Ya no es la sociedad civil anónima, son intelectuales que no se han avenido a ser orgánicos y políticos que ponen en cuestión la autoridad de sus respectivas iglesias. Bienvenidos a la disidencia.

Son momentos cruciales para el “progreso” en España. Un segundo Concilio de Trento en versión nacionalista nos amenaza. O nos atrevemos a defender el espíritu ilustrado que recorre España desde la Constitución liberal de 1812 hasta la España constitucional de 1978 o acabaremos replegándonos a la concepción reaccionaria de los nacionalismos y aceptando sus chantajes territoriales con derechos históricos y mangoneos propios del caciquismo del siglo XIX. Y hablo de “progreso” frente a “reacción”, en el sentido certeramente dado por Fernando Savater el pasado 4 de agosto en las páginas de El País en su artículo Regreso al progreso:

Será progreso cuanto favorezca un modelo de organización social en el que el mayor número de personas alcancen más efectivas cuotas de libertad. (…) Y es reaccionario cuanto perpetúa o reinventa privilegios sociales, descarta los procedimientos democráticos en nombre de mayor justicia o libertad de comercio, propala mitologías colectivas como si fueran verdades científicas, etcétera…

Es la Tercera España, la que es capaz de aceptar las ideas por lo que valen, no por quién las sostiene; la que pone en el individuo el objeto del derecho, no en los territorios; la que deja en la acción del librepensamiento, de la razón y del laicismo de Estado el universo donde la sociedad española dirima sus cuitas. Es la España que resalta lo que une frente a lo que separa.

No es tarea fácil reunir las mimbres para conseguir esos fines.

En cualquier proyecto, también en éste, no todas las ideas tienen cabida. En Ciudadanos se cometió precisamente ese error por un exceso de optimismo asambleario, propio de una formación adolescente: se corrió el rumor de que en ese proyecto cabían todas las ideas. Y se llegó a convertir en una virtud lo que a todas luces era una estupidez. Exagerando, ¿cómo van a tener cabida ideas estalinistas o nazis? ¿Cómo van a poder entrar en una formación democrática que nace para generar más transparencia, más racionalidad, más libertad, más librepensamiento, más progreso comportamientos sectarios, ideas profundamente reaccionarias, integrismo religioso, nacional o ideológico? Dicen que nadie nace enseñado, pero si lo que va a nacer está advertido, el riesgo se minimiza. No bastará con la trayectoria inequívocamente socialista de Rosa Díez, la maquinaria mediática de sus ex compañeros la falsificarán hasta la náusea; no bastará la inequívoca lucha cívica de Carlos Gorriarán o el librepensamiento de nuestro Bertrand Russell nacional, Fernando Savater; muchos de los futuros partidarios los tomarán por lo que no son. La mayoría de las veces, de buena fe.

En cualquier caso, el partido será de sus militantes, como no podría ser de otra manera, pero si una mayoría de ellos apuntan en la dirección contraria por la que precisamente nació, el fracaso del proyecto no será del equívoco de estos militantes, sino de la ingenuidad de quienes lo dirigieron.

Es mi pequeña aportación desde Ciudadanos a un proyecto nacional sin complejos que ha de conseguir unir las voluntades de tantos otros esfuerzos para evitar que España sea un zoco de trileros.

Hoy es un día feliz para la libertad. Bienvenida, Rosa.

Antonio Robles

FUENTE: Libertad Digital

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