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 “Nuestra esperanza es que ellos pierdan la suya”. “Ellos” son ETA y sus adláteres. La frase, parece ser que del entonces presidente del gobierno Felipe González, define perfectamente la situación de la lucha contra la banda terrorista y los suyos. Su esperanza se mantendrá mientras perciba que la otra parte está dispuesta a hacer concesiones con tal de alcanzar “la paz”.

El denominado “proceso de paz”, proseguido, como se ha ido conociendo, después y a pesar del mortal atentado de la T-4, ha tenido precisamente la consecuencia de alentar esa esperanza. Las enormes concesiones del gobierno, en las mesas de conversaciones/negociaciones (empezando por el sólo hecho de sentarse en las mismas) y fuera de esa mesas (desde la versallesca actuación con De Juana hasta la no legalización de ANV pasando por una aplicación “blanda” de la legalidad vigente, entre muchas otras iniquidades), han dado un enorme balón de oxígeno a la organización terrorista y han subido la moral de eso que se autodenomina la “izquierda abertzale”. Se ha llegado, había constancia de eso hace meses, a donde se sabía que se iba a llegar (al parecer por todos menos por el gobierno y su partido), que no es otra cosa que los planteamientos políticos de siempre de los terroristas y los suyos, la cantinela bien sabida. Para ese viaje no se necesitan alforjas, han dicho, hasta la saciedad, algunos. A eso el gobierno y su partido responden que había que intentarlo, hay que intentar todo por la paz. Pues no señor, eso es un tremendo error porque ese intentar todo, lo único que ha traído es, precisamente, fortalecer al otro, alimentar su esperanza y debilitar enormemente el imprescindible frente constitucional.

Hoy, tras el atentado del viernes, el lenguaje oficial (que había asimilado en los últimos tiempos la jerga “abertzale” y eso es otra victoria de ellos) vuelve a los orígenes: firmeza, el peso de la ley, etc. Donde dije digo, digo Diego y tan campantes. Hasta la próxima. Hasta la próxima porque esto no está terminado. Se abre, previsiblemente, una pausa, al menos por parte del gobierno, en su obsesión negociadora, hasta las elecciones. Ahora toca firmeza porque se supone que eso es mucho más rentable electoralmente y además no es concebible otra actitud ante atentados brutales aunque sin muertos.

Todo el tema tiene truco porque ¿puede haber alguien que esté en contra de buscar “la paz”? ¿Alguien puede oponerse a tan noble y ansiado objetivo? La clave está en el cómo, si es derrotándolos o negociando y haciendo concesiones. Atentados como el reciente no provocan una respuesta ciudadana clara de que hay que luchar contra ellos y derrotarlos sino, en muchos casos y pasado el primer impacto emocional, la de que hay que acabar con este tema hablando con ellos, en la estela marcada por el gobierno y su partido y su enorme máquina propagandística. Claro que el truco está en las contrapartidas de esa paz que, en los planteamientos de ETA y los suyos (con el beneplácito del nacionalismo vasco, no olvidemos aquello del árbol y las nueces), serán siempre políticas. Pero eso de las contrapartidas es la letra pequeña que sólo preocupa a los iniciados, a los “politizados”. A la gente corriente sólo le interesa la “paz” a la que hay que llegar “como sea”.

Sólo un pacto de firmeza entre los dos únicos partidos con capacidad de gobernar, es decir el PSOE y el PP, es premisa obligada para un viraje imprescindible. Si el PSOE quiere insistir en su política de negociar, con un grupo de pequeños partidos como comparsas, debe así especificarlo claramente en su próximo programa electoral y que decida la ciudadanía, debidamente informada, algo que hoy no ocurre.

Luis de Velasco

FUENTE: Basta Ya

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