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El entusiasmo aparente de cierta opinión por el nuevo partido español que se alumbra apenas logra disimular una macerada inquietud. Se ve muy bien en la rapidez con que acuden a marcar la res con el fuego (fatuo) de la izquierda. Un movimiento aprensivo y defensivo que tiene su exacta correspondencia en la rapidez con que otra cierta opinión orina el territorio: “Son del PP”.

Esas dos formas de deslegitimación responden al cliché deportivo y subnormal que se ha apoderado de la política en algunos lugares como España. Parece que lo lógico sería dejar que ese partido explicara sus propuestas y luego juzgarlas, más atento el juicio, en cualquier caso, al hacer (verificable, constatable) que al ser, siempre aceitoso. El problema, sin embargo, y lo saben bien unos y otros, es que la difamación ontológica no es sencilla. ¿Es de derechas proponer el cierre federalizante de la Constitución? ¿Es de izquierdas pedir la reforma de la ley electoral? Y en otro sentido: ¿A qué patronaje ideológico corresponden, realmente, la Alianza de Civilizaciones, la libertad de investigación científica, la negociación con terroristas o las listas abiertas?

Las razones de la doble inquietud opinativa están ligadas, desde luego, a la marea de fondo que provocó el nacimiento de Ciutadans y la subsiguiente iniciativa vasca. Es cierto que hay muchos ciudadanos críticos con el nacionalismo y con la evidencia de que los dos grandes partidos españoles sólo lo combaten cuando están en la oposición. Pero muchos de esos ciudadanos creen que la entrega coyuntural al nacionalismo es la forma particular que adquiere en España la crisis de una determinada manera de hacer política. Y es en el contexto de la crisis, del desaliento ciudadano, que deben interpretarse la alta abstención electoral y el despunte organizativo de esa tercera España, cargada de la viva añoranza de lo que pudo haber sido y no fue. La crisis, la difamación y una respuesta a todo ello, llamada a hacer época, están también presentes en la victoria y las primeras acciones de gobierno del presidente Sarkozy.

Será interesante ver cómo responde el nuevo partido a la doble presión deslegitimadora. Hay gentes que llevan el ser (especialmente el ser de izquierdas) como un escapulario: aunque expulsados de la casa del padre, o precisamente por ello, no dejan de exhibir el objeto devoto de la adscripción ideológica, confiados en ganar en el cielo lo que han perdido en la tierra. A ellos y a sus onomásticos les convendría una pasada por Stendhal: “Muestre, no declare”, se exigía como norma de estilo el realista. Mostrar y no declarar es hoy un programa político.
(Coda: “Sin embargo, Stalin era de izquierdas, qué otra cosa podía ser”. Fernando Savater. Regreso al progreso. El País, 4 de agosto de 2007)

Arcadi Espada

FUENTE: Blog de Arcadi

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