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Afortunadamente para la maragatería, cuando José Luis Rodríguez Zapatero quiso vestirse para salir a la vida pública se disfrazó de socialista. Si, como le venía más cercano, hubiera embutido un atuendo como el de los endogámicos trajinantes que sitúan en Astorga la Estrella Polar, hubiera saltado por los aires una honrada tradición de siglos y hasta es posible que en Castrillo de Polvazares, en lugar de representar nupcias solemnes y comer cocido, se hubiera instalado la costumbre de jugar al cricket y darle al calimocho. Zapatero es un gran demoledor. De su secuestro del PSOE, pasmosamente tolerado por quienes supieron reconstruir en la Transición el sentido de tan histórica sigla, sólo queda una raspa a la que le sobran tres de las cuatro letras clásicas y la superviviente, la «P», lo es a efectos administrativos -la conexión con el Presupuesto- más que en el sentido grupal e ideológico.


Junto al primero de sus bufones, el mínimo y risible José Blanco, Zapatero le ha arrancado el sentido nacional al partido que representa a media España y, al servicio de la misma causa, ha hecho lo imposible por desacreditar al que, por la derecha, es señero de la otra media. Todo ello en traición flagrante a la única Constitución que tenemos y para el bien y el engorde de quienes integran los grupúsculos, representativamente menores, que no explican muy bien lo que pretenden después de dejar bien claro que lo que no quieren es ser lo único que rotundamente son, españoles.
 

En ese ambiente tenía que producirse una diáspora. No todo el mundo acepta el sueldo a cambio de un ronzal. Rosa Díez, abnegada y veterana pregonera socialista en el País Vasco, se dispone a dar el paso de la huida. No quiere asumir el cambio ajeno y se declara fiel a sus propias ideas y convicciones, a las que le llevaron a la militancia, y se dispone a integrarse en el partido que, derivado del movimiento cívico «Basta Ya», inspira Fernando Savater en compañía de otros notables vascos con sentido común y de la Historia.
 

La operación catalana de «Ciutadans-Ciudadanos», en parte disminuida por la vocación estelar de su galán-presidente Albert Rovira, ya fue un aviso de que, en el centro, la sociedad española busca una nueva expresión; en la derecha, más libertad y, por la izquierda, menos anacronismos y demagogias baratas. La creación de nuevos partidos políticos es algo titánico y, en el marco de nuestro sistema electoral, también temerario; pero es de celebrar que existan personas dispuestas a renunciar a lo que tienen como precio para conseguir lo que quieren tener. Ya veremos si la pirueta de Rosa Díez como imagen de un nuevo póster electoral, ejemplar en su intención, es posible y fecunda en sus resultados; pero es evidente que, tras los destrozos de Zapatero, alguien tiene que intentar la salvación del Estado y buscar el punto final a un debate territorial que frena y empobrece nuestro desarrollo común.

Martín Ferrand

FUENTE: ABC

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