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Ahora es Ruiz Gallardón quien se postula como candidato a diputado en las próximas elecciones -eso está muy bien, saber a qué aspira cada cual- pero se postula, ¡oh no!, para que Madrid tenga voz en el Congreso. Teniendo en cuenta que la comunidad elige a 35 diputados si no recuerdo mal, parece un caso notable de afonía. ¿Es que nadie habla por Madrid, ciudad bullanguera y conversadora donde las halla?

Pues no, es verdad: nadie habla en nombre de Madrid. Por un razón muy sencilla: en la actual Constitución, la provincia es el distrito electoral -una antigualla que también se debería revisar, y más con el reparto autonómico-, pero los diputados no hablan en nombre de “su” provincia, sino en representación de todos los electores y por tanto todas las provincias. Artículo 66: “Las Cortes Generales representan al pueblo español y están formadas por el Congreso de los Diputados y el Senado”. Está claro.as Cortes Generales representan al pueblo español y están formadas por el Congreso de los Diputados y el Senado

Puede no gustar, pero no creo que nadie interesado en más igualdad ciudadana esté por empeorar las cosas haciendo que sus señorías hablen en nombre de Madrid, Navarra, Cataluña y porque nó, El Bierzo o La Maragatería, que tienen legítimas aspiraciones. La reforma, en todo caso, debería progresar en el sentido de que los diputados representen a sus electores, de manera que nos aproximemos un poco a la idea de que la representación política se asemeja a un contrato entre representante y representandos, donde el primero se compromete con determinado programa y queda libre en lo demás. De esa manera, nadie tendría la peregrina idea de hablar en nombre de Madrid, Tudela o Santiago, grandes y hermosos conjuntos de edificios, parques y asfalto pero sin ciudadanía alguna como tales, sino de seres de carne y hueso que le han votado para que les represente en el legislativo sosteniendo determinados compromisos. La redacción actual establece, en cambio, que “Los miembros de las Cortes Generales no estarán ligados por mandato imperativo” (art. 67.2)

Sin embargo, y mientras el gobierno de España descubre sus carencias de imagen corporativa y se apresura a envolverse en la bandera en forma de logo, todo indica que la regionalitis que padecemos, derivada del éxito del nacionalismo obligatorio, irá a más en vez de a menos, como exige la mejora progresiva del sistema. No sólo por lo mal que PSOE y UPN-PP han gestionado la crisis navarra, por ejemplo (y un ejemplo del ridículo en que puede caerse cuando todo el mundo descubre que lo que se jugaba en aquella comunidad no era el ser o no ser de España… sino las poltronas de Miguel Sanz y Fernando Puras), sino por otras razones de fondo que no tomamos en consideración.

Una de ellas es el muy favorable estímulo del regionalismo que producen, de hecho, las políticas de la Unión Europea. En particular los ríos de dinero conocidos como fondos FEDER y similares. Permiten a las regiones que los gestionan con éxito prescindir hasta cierto punto de los gobiernos estatales porque las oficinas regionales, sobre todo de las regiones ricas, tienen capacidad para influir, y mucho, en la jungla de oficinas y comisiones de Bruselas, consiguiendo subvenciones para sus proyectos. Además de orillar a sus respectivas instituciones superiores, los poderes regionales pueden presentarse ante sus opiniones públicas locales como intermediarios imprescindibles entre ellos y la lluvia de pasta europea. Como es sabido, ésta no sufre controles transparentes de gasto y gestión, debido a los escasos poderes del Parlamento Europeo, que no puede fiscalizar la gestión de la Comisión Europea, encargada de repartir los dineros cedidos o arrancados a los gobiernos y vueltos a distribuir por los gobiernos regionales sin que medie un control efectivo de algún órgano realmente legislativo de todos los europeos. ¿No es un sistema maravilloso para burócratas, lobbys, partidos, sindicatos y patronales? Sí, y por las mismas razones -opacidad, arbitrariedad, clientelismo- que es bastante malo para ciudadanos exigentes, que además pagamos.

Una magnífica y documentada exposición de este proceso, tan relevante como subterráneo -es el que estimula al nacionalismo de Escocia, por ejemplo, a juguetear con la independencia del Reino Unido dentro de Europa-, en un gran libro (literal y figuradamente) de Tony Judt, Posguerra. Una historia de Europa desde 1945.  Véanse especialmente las páginas 765 y ss. Descubrirán más razones de porqué Miguel Sanz quiere ser la voz de Navarra y Ruiz Gallardón la de Madrid. Altamente recomendable para orientarse en las complejidades europeas, que son las nuestras. ¡Hay que fijarse en Europa! Aunque el exasperante paletismo regionalista patrio nos haga olvidarlo a menudo.

Carlos Martínez Gorriarán

FUENTE: Basta Ya

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