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Contiene el escudo a la izquierda y el texto “Gobierno de España” a la derecha, separados por una franja con los colores de la bandera.

El autor, Juan Rapullés, ha recibido un premio de 12.000 euros.

A mí me gustaba, qué quieren. Era claro, limpio, ordenado; serio, en una palabra, y tenía ese punto de abstracción contenida que cabe exigir a todo distintivo para que cumpla realmente con su función. Lástima que además no fuera original. Y digo lástima no porque yo considere que el futuro logotipo del Gobierno de España deba ser original, sino porque esta parece haber sido la causa de su corta vida: en los periódicos, un día, un solo día.

La Secretaría de Estado de Comunicación difundía el pasado lunes la imagen ganadora del concurso de ideas, y al día siguiente ya andaba Fernando Moraleda inventándose un segundo concurso que anule el primero y nos haga olvidar lo que todo el mundo ha convenido en calificar de despropósito.

Y es que se supone que de un concurso de ideas debe salir alguna idea. Y que la idea en cuestión va a ser, encima, original. Desde el romanticismo que estamos en esas. El plagio, la imitación, el calco, la copia, la mímesis -llámenle como quieran-, que tanto predicamento tuvo entre los clásicos, lleva ya un par de siglos en el infierno. Lo cual, insisto, es una pena. Porque, habiendo como hay en este mundo tantas cosas bien hechas, ya me dirán ustedes qué necesidad tenemos de inventar algo que muy probablemente será peor que una buena copia de un original suficientemente contrastado. Inventar por inventar; ¡vaya tontería!

Por lo demás, quien observe con cierto detenimiento el logotipo que el pasado lunes parecía merecer la aprobación de un jurado formado por expertos de reconocido prestigio no tendrá más remedio que admitir lo acertado del veredicto. Por las razones a las que ya me he referido al principio y, muy especialmente, por la propia naturaleza del original. La propuesta ganadora reproduce con extremo rigor el logotipo del Gobierno alemán. Es un prodigio de exactitud, hasta el punto de que, después de mucho mirar, uno no sabe ya si está en España o si se encuentra en la mismísima República Federal, o, en otras palabras, si sigue siendo ciudadano español o si ha adquirido ya, como por arte de magia, la ciudadanía alemana. Y ello conlleva, claro, un tremendo descargo de conciencia -de conciencia ciudadana, se entiende-. Porque, de repente, uno se siente miembro de pleno derecho de un Estado cuyo Gobierno está formado por la coalición de los dos grandes partidos nacionales. Y, lo que es mejor, miembro de un Estado de carácter federal cuyos desajustes son resueltos como corresponde sin duda a un modelo de esta clase: mediante el consenso entre el todo y las partes. Pero no de cada parte en particular, sino de cada parte como elemento constituyente del conjunto -eso es, en pie de igualdad con las demás-. Y, sobre todo, sin identidades en juego, con un único afán, lograr que la máquina del Estado funcione cada vez mejor. O, si lo prefieren, centralizando y descentralizando según convenga, a fin de que el máximo número de ciudadanos alcancen su pequeña porción de bienestar.

Xavier Pericay

FUENTE: ABC

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