eta.jpg

Queridos amigos, se acumulan los indicios de que esta vez va en serio: ETA no va a superar los efectos del último fracaso de los partidarios de negociar con ellos. Lo inmediato es el olvido piadoso. Entre tanto, los comandos no dan una, sus manifestaciones registran asistencias mínimas -unos 300 en la última de San Sebastián; ni siquiera todos los concejales cercanos de ANV: decepcionante-, Otegi yace olvidado en su celda, a nadie le importa un comino la salud de Iñaki de Juana, Odón Elorza y Miguel Buen exigen mano dura al lehendakari… Esto no da para mucho más, aunque sin duda este otoño traerá más de un disgusto: es lo que aconseja esperar el sentido común. Porque pese a las euforias interesadas, ETA no está derrotada; lo que está es sonada, como un boxeador que ha recibido demasiados golpes. Pero que puede devolver un gancho furioso que tumbe al rival, conviene no olvidarlo.

Pero no quería llamar la atención sobre estos indicios facilones, sino sobre algunos más sutiles y quizás por eso mismo más significativos. En concreto, a las pruebas de que vuelve a reñirse la carrera por los primeros premios en el concurso de la normalización política vasca. Nadie quiere quedarse atrás en la atribución de méritos para su postura favorita, aunque convendría no olvidarse de ETA, que sin duda tiene derecho a que se le reconozca su liderazgo en la creación de la tragedia que otros pretenden haber resuelto con grandes dosis de imaginación y coraje, sin molestar a nadie con reacciones exageradas.

Ayer domingo hubo dos aportaciones notables en este sentido. Una de mi amigo Vicente Carrión, de quien he leído cosas más felices pero no tan populares. En su artículo sobre la necesaria desmovilización contra el terrorismo, atribuía la parte principal del mérito por la próxima normalidad a la alta moralidad de la mayoría de la sociedad vasca, que si no entiendo mal se ha expresado sobre todo en su inamovible voluntad de no dejarse enredar por los terroristas, consiguiendo llevar adelante sus vidas como si éstos no existieran y nada pasara a su lado. ¡Admirable ejemplo de civismo, ese no dejarse alterar por la violencia que padecen otros!: recuerda a aquella escena de Un, dos, tres, la deliciosa sátira de Billy Wilder, donde Schlemmer, el antiguo oficial de las SS, interrogado por su jefe en la Coca-cola (James Cagney) sobre si a él tampoco le gustaba Adolf (Hitler), responde muy digno: “¿Qué Adolf? Abajo en el metro donde trabajaba nadie nos contaba nada“. Pues eso, a ver qué hubiera sido de Alemania sin ciudadanos altamente morales como ese; ¡quizás se hubiera parado el metro! O de nuestro país de bolsillo, sin esos centenares de miles de conciudadanos de altísima moralidad que han seguido haciendo sus negocios, cenando el viernes en la sociedad, yendo al fútbol o de rebajas y saliendo de vacaciones sin dejarse alterar lo más mínimo por la actividad estrafalaria e irracional de unos terroristas incomprensibles. Es que lo peor es hacerles caso.

No obstante, la máxima admiración la merecen, a mi juicio, las declaraciones de Xabier Arzalluz a su gran admiradora María Antonia Iglesias, en El País dominical. Tras examinar su larga trayectoria de sufrimiento altruista y absoluta dedicación a la resolución pacífica del conflicto, en noble lucha contra el monstruo horrísono llamado Madrid, acaba confesando desalentado: Pero también tengo claro que frente a una bandera, la española, nosotros hemos puesto otra, y yo he aparecido como el que llevaba esa otra bandera. Y a mí lo que me extraña es que no me hayan pegado dos tiros.”

Hombre, claro, los dos tiros, o más, se los hubiera ganado de haber llevado la bandera española. Los de la bandera de Arzalluz, en cambio, disparaban a los legítimos partidarios de la otra. Es curioso a qué despistes antológicos pueden conducir las confusiones más primarias. De ahí la extrañeza. Será la edad.

Carlos Martínez Gorriarán

FUENTE: Basta Ya

Anuncios