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Dicen por ahí que la nueva misión de Radio Televisión Española consistirá nada menos que en promover “la construcción de la identidad y la vertebración de España”. En fin, que ese enunciado esté llamado a constituirse en -otra- mentira piadosa no le resta un ápice de gravedad teórica al asunto. Y es que he de confesar que lo que más atrae de España como idea es que tiene muy poco que ver con lo identitario.

En realidad, uno ha devenido en españolista más o menos militante precisamente por eso: porque no es capaz de concebir ninguna forma canónica de ser español. Es más, si España como concepto se redujese a abrazar algo lejanamente parecido al sentimentalismo nacionalista, con total seguridad se hubiera ingeniado cualquier excusa con tal de postularse alguna otra cosa distinta.

Pero, por suerte, jamás nadie le ha exigido que se rebaje a comulgar con atavismos gregarios con tal de ganarse la vitola de patriota. Y precisamente ahí se esconde el secreto del poder seductor del hecho diferencial español: en que no exista. Así, uno se quiere español porque eso es lo que aparece impreso en su DNI. Aunque, también y sobre todo, porque se siente íntimamente unido a maestros como, por ejemplo, Albornoz o Madariaga, contemporáneos eternos que le han ayudado a conocerse sin por ello remitirlo a la gleba espiritual del terruño, ni encadenarlo -todavía más- a las lindes de su pequeña aldea doméstica.

“Tres mendas hay en España: Solyenitsin, Albornoz y Madariaga”. Era el pegadizo estribillo de una canción de Víctor Manuel que siempre provocaba grandes carcajadas entre los idiotas que nos dedicábamos a corearla en las primeras fiestas públicas del recién legalizado Partido Comunista. Ése el genuino drama de esta España que nos ha caído en desgracia: no que la televisión vaya a seguir fabricando encefalogramas planos, sino que ya nadie sabe quiénes fueron Albornoz o Madariaga. Porque aquellos alegres muchachos que se buscaban a sí mismos mientras celebraban entre risotadas aquella letra, ahora, ocupan todos los despachos del Palacio de La Moncloa. Pero siguen sin encontrarse.

Crecieron sin verdaderos maestros, sin ningún pilar sólido sobre el que poder izarse por encima de la nada ambiente. La genuina cultura nacional, a la que se tendrían que haber aferrado para construir sus señas de identidad colectivas, les es por completo ajena. La mejor España, ésa que desprecian, la de Albornoz y Madariaga, la depositaria de una tradición liberal y nacional sin la que sólo es posible el sinsentido cotidiano de nuestra deriva colectiva, para ellos sigue siendo la España de los mendas. De ahí que, al igual que aquellos personajes tragicómicos de las novelas de Milan Kundera, hayan terminado convirtiéndose en alegres aliados de sus propios sepultureros.

Mas no nos inquietemos por el futuro: Mira quién baila y Cine de barrio están llamados a salvarnos.

José Garcia Domínguez

FUENTE: Libertad Digital

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