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Seamos justos, antes de partir. No creo que haya otro sitio en el mundo donde se hable y se escriba la lengua catalana mejor que en Cataluña. Aunque con menor contundencia también afirmo que en ningún otro lugar se conoce mejor la historia, la geografía y las costumbres de Cataluña. No creo, pues, que quepa reprochar nada a la provincia catalana. Es más, en los últimos treinta años, el conocimiento sobre esas materias ha aumentado de manera espectacular y perfectamente demostrable, y es mérito de sus gobernantes y de los ciudadanos que han sabido elegirlos con especial tino.

Estos días (y estos años) se cuestionan otros aspectos de la vida catalana. Su red eléctrica, sus carreteras y sus aeropuertos están hoy en el primer plano de la crítica. Antes lo estuvo la pericia de sus tuneladoras, el sentido de sus inversiones en fibra óptica, sus autocares a la feria de Frankfurt o la organización de sus servicios sanitarios. En esta última materia aún resuenan de modo inquietante las declaraciones de un cardiólogo muy prestigioso que aseguró que había enfermos de su especialidad que morían por estar demasiado atrás en las listas de espera.

Muchas otras críticas podrían añadirse. Especialmente virulentas son las que afectan al funcionamiento de la capital. Es evidente que no es un buen momento para ella. Funcionan mal sus taxis y sus metros; es una de las ciudades más ruidosas de Europa; demasiadas veces sus autoridades locales han dado la impresión de proteger comportamientos incívicos por halagar un presunto talante progresista; su entrega al turismo ha sido rentable, pero presenta aspectos tan calamitosos que ha sido llamada, y con razón, un Lloret con ínfulas; su vida cultural detalla los estragos de una provincia con pocas alianzas estratégicas; y ha llegado a pasar lo inconcebible: los efectos de una actividad económica que gira sobre la función pública o la Caixa amenazan con convertirla en una hosca y levítica ciudad de funcionarios.

Todo esto es cierto, y obedece a causas múltiples. Ciñéndonos a las infraestructuras la primera causa es el cíclico cuello de botella. La demanda va más rápido que la creación de infraestructuras capaces de satisfacerla. Hace unos años, cuando Luis Solana dirigía la Compañía Telefónica, le oí aludir por primera vez al cuello de botella. No había red para tanto mensaje. La responsabilidad del caso es política, han de encararla los gobernantes del Estado y de las respectivas comunidades, y los ciudadanos deben exigir que se pongan a ello. Los cuellos de botella afectan a unos lugares más que a otros. A veces el reparto de la desgracia obedece a causas azarosas, como el lugar que elige una tormenta para desovar.

Por lo tanto están fuera de lugar, desde un punto de vista objetivo, los aspavientos catalanes. Cataluña, y Barcelona comandándola, es un lugar del Primer Mundo, donde suceden incidentes propios de la segunda división europea. Un lugar sin Ave y sin metro al aeropuerto, para no apartarnos de la síntesis infraestructural. Sus ciudadanos ni pueden ni deben estirar más el brazo que la manga. La pregunta, entonces, es: ¿por qué lo hacen? Es una pregunta interesante. Y aún más la respuesta: alguien les ha convencido de que su destino es imperial.

Nunca se vio mejor la fábula nacionalista del alto destino catalán que, paradójicamente, en el momento más brillante de su reciente historia… y de la historia de sus infraestructuras. La habilidad de Juan Antonio Samaranch, un hombre despreciado por buena parte del establishment político local a causa de su actividad durante el franquismo permitió un notable despliegue de Barcelona y de algunos otros lugares de Cataluña. Los Juegos Olímpicos supusieron, además, un raro instante de felicidad colectiva. Sin embargo, es muy interesante observar cómo los encaró el discurso político. Una parte de los narcisistas, la pujolista, la más reaccionaria, los despreciaron y pusieron todo los obstáculos imaginables a su realización; la otra, liderada por el entonces alcalde Maragall los utilizaron para proclamar que los Juegos de Barcelona suponían la refundación de España.

Es esta desmesura narcisista, cuyos polos coinciden más de lo que pudiera imaginarse, la causa de muchas de las variantes del llamado problema catalán. Y de algunos molestos problemas políticos. Es lógico que, a la vista del estado de caminos, canales y puertos, la herida narcisista sólo pueda cerrarse echando la culpa a otros. La herida también provoca que determinados problemas técnicos del funcionamiento de la vida reciban el tratamiento de problemas ontológicos. Pero el relato nacionalista no debería confundirnos. Cataluña es un modesto país que desde hace treinta años ha profundizado exitosamente en la modestia aislacionista. Sólo el narcisismo deforma las cosas. Hasta el punto de que no sabe reconocer, siquiera, los méritos concretos que el presente exhibe y que fueron descritos, con todo comedimiento, al principio de este artículo.

Arcadi Espada

FUENTE: Blog de Arcadi

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