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Ayer escribía Rosa Díez en su blog unas consideraciones muy oportunas sobre el funcionamiento interno del poder zapaterista y la lógica que lo guía. Además de ser una brillante observadora, Rosa conoce el asunto por experiencia propia, aunque la suya sea una experiencia muy singular al haber sido la única dirigente socialista importante que ha plantado cara a la cúpula de su partido, sin resignarse a dolerse en círculos privados.

La conclusión que proponía es también muy gráfica: un partido clínex, donde estrategias y personas son de usar y tirar. Esta amplitud de criterio, perfectamente liberada de cualquier rémora moral, permite augurar a José Luís Rodríguez Zapatero una singladura bastante larga en la nave del Estado y del partido, ya que el número de los aspirantes a ocupar los puestos vacantes en su círculo de confianza superará ampliamente al de los perjudicados y resentidos por los cambios de interés del máximo líder. Otra cosa, que también pasará factura -la ha pasado ya en Cataluña, País Vasco y Navarra-, es que la calidad general de los candidatos a probar en la cucaña tienda a descender de manera inexorable. Son las desventajas de la selección negativa: un día se descubre que la cuadra de pura sangres se ha convertido en corralito de ponys, mulas de carga y pencos que sólo saben cocear, sin que el arte del mejor maquillador gitano de equinos consiga arreglar el estropicio. Pero todo llegará: convertir la política en juego de rufianes y asnos es un lujo que toda sociedad paga indefectiblemente, antes o después.

La explicación que muchos dan de esta penosa deriva -la que conduce, por ejemplo, de Fernando Buesa a Patxi López-Rodolfo Ares-Jesús Eguiguren, pasando por Nicolás Redondo- es de tipo psicológico y personal: ZP es un mal tipo. Siempre son arriesgados esos juicios morales, pero además no sirven de nada para el asunto que nos ocupa. La pregunta es otra: cuándo y por qué el PSOE se convirtió en un partido en manos de personajes como éstos. Suele ser una pregunta paralizante para los afectados. Adelanto que también me parece despreciable la explicación que suele producir la derecha más contenta de haberse conocido: la izquierda es mala e inmoral y paleta, y no puede hacer otra cosa que degenerar. Lo cierto es que, al menos en España, “derecha” e “izquierda” se han convertido en sendos refugios para los más tontos de cada portal, y así nos va.

Pero es importante entender qué ha pasado en el PSOE, sobre todo para quienes andamos metidos en el debate sobre la fundación de un partido nuevo que, si todo fuera bien, seguramente recogería muchos votos decepcionados de esa tradición. Adelanto una hipótesis: la crisis del PSOE (por supuesto, tal crisis no existe para quienes simplemente miden y pesan la tasa de poder institucional: en ese caso, el socialismo va estupendamente) forma parte de una crisis mucho más extensa del sistema de partidos gestado en el XIX. En aquel siglo, y durante buena parte del siguiente, un partido se caracterizaba por sostener una ideología que ofrecía una imagen alternativa del mundo del futuro -partidos de izquierda, por lo general- o bien una imagen idealizada del pasado y del presente -la derecha, generalmente. Hay excepciones en ambos lados: partidos derechistas alternativos (por ejemplo, el carlismo español) y de izquierda conformistas, pero vamos a las grandes fuerzas: conservadoras, liberales, socialdemócratas y comunistas.

En la segunda mitad del siglo XX, el mundo cambió mucho más deprisa que los partidos políticos y las grandes ideologías en que se sustentaban. En realidad, las ideologías alternativas se fueron quedando sin alternativa según iba extendiéndose la percepción, todavía poco trabajada, de que democracia+economía libre (capitalismo) era y es mucho más que una “opción” rival de, por ejemplo, democracia+socialismo, sobre todo porque esta segunda opción ha fracasado absolutamente en todas partes, demostrándose que no es una opción intercambiable con la primera, sino una ilusión diseñada por la ingeniería social. Los partidos comunistas han sido las primeras víctimas de este divorcio de sus ideas con la realidad, pero el problema afecta a toda la izquierda tradicional, en la medida en que se emperra en defender que la economía (el capitalismo) debe controlarse incluso si eso afecta a la democracia; ¡sobre todo si no se lo creen en absoluto! Esa es hoy en día la situación de un partido como el PSOE: lleva años defendiendo una alternativa muy vaga, llamada “socialismo democrático”, que ni saben lo que es ni defienden seriamente. En semejante situación, el PSOE (y muchos otros partidos semejantes en Europa, especialmente en Francia e Italia) deja de ser un partido con un proyecto político propio: lo ha dejado en la gatera de la historia, y no ha sabido desarrollar uno nuevo. ¿Cuál es, pues, su proyecto?: llegar al poder y permanecer allí todo lo posible, recurriendo al miedo a la derecha. Y para esa finalidad es más útil y eficaz un grupo dirigente desprovisto de escrúpulos ideológicos que otro con ellos. ¿Hay que pactar con la derecha nacionalista contra la derecha nacional?: se pacta. ¿Hay que negociar con un grupo terrorista?: se negocia. ¿Hay que apoyar todo lo que moleste a la derecha aunque en privado se ridiculice?: se apoya. ¿Hay que hacer todo lo contrario de lo anterior si vienen cambiadas?: se cambia. Y sin dar ninguna explicación: no hay ninguna presentable, y además no hace falta. Por eso el zapaterismo se ha hecho tan fácilmente con un partido tan grande y antiguo como el PSOE: a falta de ideas distintas y distintivas, casi todo vale: es una elección bastante lógica, por mucho que moleste.

Un blog debe ser breve, así que dejemos aquí este apunte. Habrá que apuntar no obstante por qué siguen siendo necesarios partidos políticos con ideas si se admite que no hay alternativas globales a la ecuación democracia+economía libre. Por una razón más sencilla: porque en el mundo actual, el único que conozco un poco, no es una suma automática. Por el contrario, hay fuertes presiones a favor de que la ecuación sea ligeramente distinta. Por ejemplo: –democracia+economía libre. Es decir, que el centro de gravedad de la acción política consiste en potenciar y mejorar la democracia contra sus enemigos tradicionales: oligopolios, monopolios, fundamentalismos, fanatismos, nacionalismo, etcétera; seguro que todos tenemos una buena lista de esta clase. Y por cierto, no es verdad que la derecha tradicional apueste por la primera de las ecuaciones. Como la izquierda, también permanece aferrada a fórmulas retóricas vacías que encubren una profunda indigencia intelectual. Sólo que, en España, el deterioro de la izquierda tradicionalista ha sido tan fulgurante, que ha ayudado a la derecha, no menos tradicionalista, a tapar sus muchas deficiencias con menor esfuerzo. Suerte que tienen.

Carlos Martínez Gorriarán

FUENTE: Basta Ya

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