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La sentencia del Tribunal Supremo que conmina a izar la bandera de España, no solo en la Academia de la Policía Autónoma Vasca, sino en todos los edificios públicos autonómicos, es inaplicable por varias razones que luego detallare. Previamente es necesario recordar que la ley que obliga a ello data de 1981, y desde entonces ha sido continuamente vulnerada por los distintos gobiernos vascos, con la connivencia y tolerancia de los centrales y de partidos políticos que se definen como nacionales, que no nacionalistas. Por tanto a la política de hechos consumados que arrastramos desde entonces, y ya se sabe que las costumbres hacen leyes, debemos unir varias realidades objetivas que hacen de esta sentencia papel mojado.

La realidad política no invita a que algún poder jurisdiccional inste la ejecución de la sentencia, mucho menos la fiscalía general, y por tanto nos encontramos con una sentencia, otra más, que no se lleva a la practica debido a intereses particulares que vuelven a imponerse sobre el interés general, recogido en las leyes democráticamente emanadas de la supuesta soberanía popular a través de sus supuestos delegados parlamentarios. Es ahora cuando el gobierno, con la falta de actuación del Fiscal General, reconoce de hecho algo que lleva ocurriendo desde hace tiempo: las leyes estatales poco o nada condicionan la vida política y social vasca, si no interesan al nacionalismo totalizador. Y a su vez reconoce su impotencia para imponerlas, consecuencia de años y años de cesiones al chantaje nacionalista.

Pero aunque se pudiera dar la improbable posibilidad de que la judicatura actuara para que la sentencia se llevara a la práctica mediante su ejecución, nos encontramos con una evidencia: el como hacerla efectiva.

Históricamente el nacionalismo vasco ha recurrido a una falacia para no poner en práctica aquellas leyes que no les interesan o les contrarían: el sentimiento. De hecho un destacado dirigente peneuvista ha manifestado que “los sentimientos no se imponen “, olvidando a esa parte de la sociedad vasca que se sienten tan españoles como vascos. Desde un supuesto sentimiento mayoritario se rechaza la bandera española y por tanto se distorsiona el fundamento democrático, creyendo o pretendiendo hacer creer que las leyes se cumplen o se incumplen en función del sentimiento del poder.

No es la primera vez que el Gobierno Vasco y más concretamente su Lendakari hace oídos sordos a los requerimientos judiciales. Y lo hace porque lo puede hacer. Y lo puede hacer porque el estado, de hecho, ha dejado de existir, no solo en el País Vasco, sino en otras comunidades autónomas.

Las leyes en un estado democrático se cumplen: primero por convencimiento del ciudadano o conjunto de ciudadanos, segundo por imposición del estado a quienes se niegan a cumplirlas, mediante el uso de la fuerza inherente al propio estado, una fuerza que garantiza la igualdad, aunque parezca una paradoja.

El estado español es residual en el País Vasco. Y es residual porque antes dejo de ser testimonial. A estas alturas, la sentencia podrá ser todo lo legítima que se quiera. Podrá recoger el espíritu de la ley, pero no es operativa. ¿Alguien se imagina al estado español pretender imponer la sentencia mediante la fuerza? Estaría legitimado a hacerlo, si no hubiera desaparecido, como así ha sido, del escenario donde se producen los hechos. Nos guste o no, el gobierno vasco actúa como gobierno de un país independiente, porque puede hacerlo. Una prueba más de ello:

“Si en Euskadi se produjera una catástrofe similar a la ocurrida en Canarias, la intervención del ejercito seria tomada como una ingerencia militar de España en el País Vasco “. El Lendakari de todos los vascos y vascas.

Solo quedan las formalidades. Solo quedan las proclamaciones y los reconocimientos internacionales. Lo demás, en todos los ámbitos sociales, esta hecho.

No nos engañemos, Euskadi, de facto, ya es independiente. Izar el símbolo español es un contrasentido. Una sentencia que lo pretenda, un desvarío.

Falta Navarra para lograr la cuadratura del círculo. No en balde todas las energias nacionalistas están puestas ahora mismo en la Comunidad Foral. Es el último peldaño a subir y la construcción nacional habrá llegado a su fín.

RAMON ÁNGEL ROMERO MARTÍNEZ

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