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Es notoria la fama del ministro del Interior de ser hombre inteligente, astuto y calculador. No seré yo quien la discuta, estando tan a mano los hechos. ¡Ya es hora de que los hechos asuman sus responsabilidades! Desde el quicio de fama semejante el ministro ha pronunciado una frase asombrosa: “Un atentado de ETA no es un temor, es una certeza”.

No me detendré en lo gramático y en la minucia de que el razonante oponga temor a certeza, como si no fueran precisamente las certezas lo que un hombre, aunque sea ministro, más ha de temer en este mundo. Mejor atribuir el anacoluto a las desdichas del lenguaje oral, o al puro corte periodístico de la transmisión. Sí merece la pena, en cambio, detenerse en el acto involuntario de propaganda terrorista que el ministro ha perpetrado. Está de sobras sabido que la onda expansiva del terrorismo es de amplio espectro. Ni empieza ni acaba con la bomba. ETA reanudó su actividad terrorista cuando anunció que la tregua había acabado. Obviamente esa actividad podrá tener grados y circunstancias diversos: pero el anuncio de la bomba ya es un acto de terror. Un acto, por cierto, más barato incluso de lo que es el propio acto de hacer volar una cabeza, gesta barata y vulgar de por sí, por más que los especuladores, cómplices o simplemente idiotas, logren convencernos de su alto y sofisticado precio.

Sería sorprendente que el ministro, precisamente de Interior y con su fama, desconociera este carácter de la estrategia terrorista. Pero yo no puedo manejar otra alternativa que la de esa ignorancia. Porque de no hacerlo estaría obligado a asumir que el ministro ha instrumentalizado de forma inmoral y perversa el terrorismo. Esa instrumentalización se justificaría, desde la óptica gubernamental, en la necesidad de “preparar a la sociedad española para lo peor”. Pero difícilmente ese empeño tiene algún sentido desde el punto de vista práctico. Poco después de los atentados del 11 de septiembre la policía española anunció que un comando etarra pretendía volar la Torre Picasso de Madrid. ¿Alguien se imagina con qué alegría irían a trabajar al día siguiente los empleados de las decenas de empresas allí instaladas? Avisar a los ciudadanos de que viene el lobo sólo tiene sentido cuando los ciudadanos pueden hacer algo contra el lobo. No es el caso. Otro caso es el de los votantes. Estos sí necesitan ser preparados. Al método se le llama campaña electoral.

(Coda: “Si a un terrorista, por una parte, y a un soldado, por la otra, el hombre que cada uno de ellos va a matar se les muere de un rayo unos momentos antes, para el soldado será tan valedero, según su propio fin, el efecto de tal rayo como si a su fusil fuese debido, mientras que el terrorista juzgará que el rayo ha desbaratado su propósito y frustrado su fin. (…) Lo que le importa al terrorista, a diferencia del soldado, no es el que su víctima muera (esté muerta), cosa que está desentendida de quién sea o no sea el agente, sino poner (tener) en su haber nominal el haberla matado”. Rafael Sánchez Ferlosio, Notas sobre el terrorismo.)

Arcadi Espada

FUENTE: Blog de Arcadi

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