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El pensador enfila hacia el mar en cuanto arrecian los calores. En la maleta, lecturas de Leibniz y Spinoza. Con dos ensayos publicados este año —La vida eterna (Ariel) y la reedición de Los siete pecados capitales (Debate)–, Fernando Savater (San Sebastián, 1947) anda metido en la harina de fundar un partido político de ámbito estatal con dos objetivos: la lucha contra ETA y la oposición al “nacionalismo obligatorio”.

 –¿Es usted de prestar libros?
–Como no se vuelven a ver, si son novelas que ya he leído, las regalo. Lo malo es cuando se trata de ejemplares que no pueden conseguirse… Pero los libros están para circular.

–¿De qué pecado capital cojea?
–Del que más me avergüenzo es de la ira, porque soy muy colérico. A mi edad convendría saber que uno no debe enfadarse demasiado.

–¿Vendería su alma al diablo?
–¡Se la regalaría! No pediría nada a cambio. Con tal de que se la llevara…

–La envidia, ¿el pecado nacional?
–La envidia es uno de ellos. Pero creo que hoy el pecado nacional verdadero es el oportunismo.

–En junio cumplió 60 años. ¿Cómo se ve la vida desde esa atalaya?
–El día en que los cumplí, mi hermana me dijo: “Estás en lo mejor de lo peor”. Y creo que es verdad. Tengo la sensación de que por fin se ha acabado la infancia y que ahora viene lo otro. Procuraré llevarlo con cierto humor, que es como hay que afrontar todo en la vida.

–Dijo: “He sido un revolucionario sin ira; espero ser un conservador sin vileza”. ¿Lo ha conseguido?
–Espérese… Todo puede estropearse en el último momento. Aristóteles decía que nadie debería hablar de felicidad hasta el último día de su vida, cuando puede hacerse balance.

–¿No había muerto Dios?
–Dios vuelve, y es lo que trato de contar en La vida eterna. Fruto de la posmodernidad, que ha desactivado el concepto de verdad, y de la muerte de las ideologías, que servían de credos sustitutivos, la religión ha regresado. En algunos casos, con elementos positivos de espiritualidad; en otros muchos, con fanatismo y justificación de terrorismos.

–¿Qué opinión le merece la polémica suscitada en torno a la asignatura Educación para la Ciudadanía?
–Es inconcebible. La Iglesia ha creado un clima de tensión, y la han seguido indocumentados. Ya que no existen otros vínculos –vivimos en una fragmentación educativa y autonómica–, el hecho de que haya un mínimo común denominador para explicar a los jóvenes qué significa pertenecer a un país no parece que sea el colmo del totalitarismo.

–O sea, los profesores deben transmitir conceptos morales.
–¡Naturalmente! Interpretar una Constitución es explicar conceptos morales compartidos. Hay que ser ignorante para negarlo.

–Un manual le dispara un dardo…
–No lo sabía.

–Es el de la editorial Akal. El texto les acusa a usted y a Habermas…
–¡Habermas! Por lo menos, voy en buena compañía.

–Les acusa de colaborar “para sentar los pilares” del nuevo “racismo contemporáneo”.
–Siempre hay dementes, y eso no se puede evitar ni en Educación para la Ciudadanía ni en nada. Tampoco podemos prohibir la química para impedir que los alumnos aprendan a hacer cócteles molotov. Aun cuando hay majaderos, no se puede cargar contra una asignatura que tendrá un temario razonable.

–Otra parada inevitable: ETA.
–Que el Gobierno ha metido la pata es evidente. Yo no creo que haya sido con mala intención, pero se ha equivocado. La concesión fundamental ya estaba hecha al sentar a los etarras en la mesa a hablar con ellos de tú a tú en el plano político. ETA ha adquirido una visibilidad como interlocutor político de la que carecía hace tres años.

–¿Un pronóstico?
–Lo lógico sería reafirmar el pacto antiterrorista de pe a pa y volver a dar la oportunidad de que parte de los nacionalistas lo apoyara. Y decir que no hay más que eso para acabar con ETA.

–Parece que el suflé de Ciutadans está bajando.
–Ningún partido es una orden mendicante idílica, y es lógico que cuando echa a rodar haya enfrentamientos. Son crisis de crecimiento.

–Están por formar un partido a escala nacional.
–Los he seguido con simpatía. Hay mucha gente en Basta Ya con interés en que el proyecto cuaje, y están manteniendo reuniones con vistas a que después del verano tome forma.

–¿No se cansa usted de polemizar?
–Cuando en tiempos del franquismo me detenían, mi pobre madre solía decirme: “A mí las cosas que dices me parecen bien. Pero, hijo, ¿por qué siempre tú?”. Cada uno tenemos nuestra gracia o desgracia, y a esta edad ya es difícil que cambie.

Olga Merino

FUENTE: El Periodico.com

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