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He esperado unos días para ver cuántas críticas salían a la renovación de la Ley del Cupo, ya saben, ese privilegio que permite a la CAV, y a Navarra (esto suele recordarse más bajito), una sobrefinanciación a costa de los fondos del Estado, a pesar de que ambas son regiones con renta y PIB por encima de la media, lo que debería traducirse en que vascos y navarros ponemos en el montón para ayudar a los más atrasados, en vez de coger del montón de éstos para financiar nuestras instituciones, que así disponen de más dinero para gastar por habitante.

Así es la cosa, que no se engañe nadie. Defender el Cupo y el Concierto Económico que lo constituye, basado en los Derechos Históricos preconstitucionales, equivale a defender la desigualdad y privilegios sociales de escasa o nula justificación democrática, si por ello entendemos, como creo, defensa de la igualdad de todos ante ley e igualdad de obligaciones y derechos. Porque es un hecho incontrovertible que las instituciones vascas y navarras se benefician -la ciudadanía es otra cosa; luego entramos en esto- de una desigualdad a su favor difícilmente justificable, salvo porque sí, o invocando antiguallas jurídicas como la foralidad y los derechos históricos.

Como es sabido -o quizás no, así que voy a aburrirles con un pequeño resumen histórico-, el Concierto Económico fue un invento del sistema de la Restauración para compensar a las instituciones vascas y navarras, sobre todo a las primeras, por la supresión de los Fueros en 1868. En sustancia, el arreglo consistió en suprimir los privilegios forales, pero delegando a las Diputaciones de las cuatro provincias afectadas el cobro de los impuestos y su capacidad de gastarlos en las inversiones que prefirieran en su jurisdicción. Luego se calculaba un Cupo, el dinero que las Diputaciones transferían al Estado en concepto de los gastos de éste en las provincias ex forales. Naturalmente, el establishment vasco y navarro, sobre todo el primero, se las arregló para que el “cupo” fuera inferior a la estimación de gastos que hacía el Estado, negociando una financiación adicional para sus propósitos. Pocos se quejaron entonces de este insólito arreglo. Primero, porque el Estado canovista era la casa de tócame roque del caciquismo, de modo que los privilegios y desigualdades eran la norma en vez de la excepción, y segundo porque el Estado se benefició de la concesión vasca (y navarra) gracias a que las inversiones de las diputaciones vascas, especialmente en Vizcaya y después en Guipúzcoa, ayudaron, y mucho, a desarrollar un verdadero tejido industrial en estos benditos territorios, liderando -con Cataluña- la lenta y tardía industrialización de España. Así que salía lo servido por lo comido, más o menos.

Han pasado casi 150 años de aquellos imaginativos arreglos entre cacicatos de distinto ámbito y vocación económica, y el caso es que la restauración del Cupo vasco-navarro, Derechos Históricos mediante, fue ante todo una concesión al nacionalismo vasco, oportunamente explotada en su propio beneficio por la derecha navarra antinacionalista, aunque quizás no tanto… Los constituyentes esperaban que el PNV y compañía se dieran por satisfechos con el arreglo: los españoles de menos ingresos financiarían a los de más a cambio de que se portaran bien y aceptaran la Constitución. Un pronóstico poco acertado, ciertamente.

Como suele pasar en asuntos de dinero, el caso es que hoy ningún partido se atreve a atacar la Ley del Cupo, que hace muy felices a los poderes económicos y sociales vascos y navarros. Ni siquiera el PP, ni mucho menos su franquicia navarra, UPN: el Concierto y el Cupo es tan sagrado para éstos como la jota de la Rivera o el chupinazo de San Fermín. Españoles, sí, pero con privilegios. No está mal, para qué vamos a engañarnos: al fin y al cabo, sus vecinos nacionalistas vascos han conseguido consagrar la fórmula más audaz: de españoles nada, pero los españoles nos pagan la diferencia de no querer serlo, aunque siéndolo para los que nos beneficie. Fantástico. Respecto a la sedicente izquierda, su actitud es todavía más bochornosa. La derecha, al fin y al cabo, puede refugiarse en el burladero de su tradicionalismo: el Concierto, si no procede del origen de los tiempos, llega de Cánovas, que ya es algo. Pero, ¿y la izquierda igualitarista? ¿Cómo justifican los socialistas y alternativos o comunistas de PSOE e IU su apoyo a semejante antigualla del antiguo régimen y su democracia censitaria y turnante?

El argumento que suele esbozarse para justificar el apoyo a tan peregrino como venerable privilegio es que su existencia mejora la calidad de vida de los vascos y las vascas, los navarros y las navarras. En principio debería ser así, pero se silencia que, puesto que el presupuesto del Estado aspira a la suma cero, el plus de gasto de los beneficiados se traduce en menor capacidad para madrileños, andaluces o aragoneses. Así es la cosa, aunque no lo quieran reconocer, amable lector. Pero sigamos, ¿se benefician realmente vascos y vascas de ese maná precipitado de los caprichosos “derechos históricos” que nos asisten en exclusiva a los tataranietos de Túbal? Pues lo dudo. Sostengo, por el contrario, que el sistema es sumamente beneficioso para los partidos, sindicatos, asociaciones y empresas domiciliadas en el País Vasco, pero mucho menos para el ciudadano o contribuyente de a pie. A este le perjudica.

La razón es doble. Por una parte, el maná del Cupo se queda en el copo de las instituciones, que las reparten entre sus clientes, socios y acólitos. ¿Cuánto llega al ciudadano? Es un hecho que las autopistas vascas son malas y viejas pero de pago, que la sanidad ha empeorado mucho su calidad asistencial en estos últimos años, que se reparten enormes cantidades para “políticas lingüísticas” y otras zarandajas identitarias mientras se abandonan las inversiones en educación e investigación universitarias, que la vivienda está carísima sin que haya una política propia significativa de ayuda a los necesitados de techo (sí a Madrazo, que toma su copo del Cupo). Y una larga relación de miserias semejantes. Conclusión: el Cupo financia al nacionalismo y a sus beneficiarios activos y pasivos. Y segunda conclusión: el Cupo que pagan los demás españoles no sólo financia a los nacionalistas que les desprecian y afligen, sino que encima empeora la situación de la ciudadanía vasca al reforzar el poder del nacionalismo corrupto que le oprime.

El partido de Plataforma Pro, si llega formarse, se opondrá al Cupo y pedirá la derogación de los Derechos Históricos en la Constitución reformada que necesitamos. Aunque en Navarra nos voten cuatro por semejante atrevimiento. No lo hacen, ni lo harán, el PSOE ni el PP. ¿Ven por qué es necesario otro partido sin hipotecas que pagar a los poderes locales? Precisamente, porque todos los poderes locales que aspiran a eternizarse aspiran a arramplar con un Cupo como el que copan los poderes vascos y navarros. Los poderes, la ciudadanía no tanto, o bastante menos de lo que dicen.

Carlos Martínez Gorriarán

BASTA YA

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