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Salimos del sur hondo a 40 grados y desembarcamos en el norte brumoso a 20. Por mi parte, he recargado las baterías caloríficas hasta el año que viene, por lo menos. En este raid hemos recorrido unos 5.000 kilómetros (quedan pendientes Aragón, Baleares y Canarias: caerán) de carreteras de la red estatal y autonómica de muy diversa y hetereogénea calidad, desde la autopista de cuento casi desierta -incluyendo un tramo, en Galicia, que era casi tan largo como ancho…- a la calle mayor atestada de trailers gigantescos que con sus rugidos estremecían las casas del pueblo. Es lo que hay.

La multiplicación de los anhelos identitarios -ese negocio disfrazado de política-, con sus absurdas y molestas consecuencias, se hace notar en la proliferación de nombres en código que puede soportar una sola carretera, para desorientación de conductores no iniciados.

Por lo demás, España sigue ahí, pujante, hospitalaria y calurosa, salvo el estrecho oasis climático galaico-cantábrico-pirenaico -más fresco, cuidado y limpio, sin ánimo de señalar; pero con su reserva vasca de asesinos sueltos-, poblada de obras y grúas omnipresentes, políticos caciquiles y periodistas de tres al cuarto. En la mayor parte de los hoteles consideran que internet es un lujo sospechoso cuyo uso debe ser severamente obstaculizado. Anuncian conexiones en todos los habitáculos, pero la promesa se limita a un par de ordenadores orgullosamente expuestos en el lobby, junto a recepción. Como en los viejos hostales garbanceros de posguerra que exhibían orgulloso un único teléfono junto a la entrada, para admiración de paletos y lucimiento de viajantes. Y sí, la España oficial sigue ahí, orgullosamente aislada en sus peculiaridades ínfimas, convenientemente agigantadas y enmascaradas; la singularidad catalana, por ejemplo, no es la cultura ni la llingua, sino la malísima calidad de sus infraestructuras, con verdaderas estafas como las autopistas de entrada y salida a Barcelona, donde te cobran por conducirte a un espantoso embotellamiento sin huida posible. Es natural que en este país, y con el establishment que disfrutamos, la gente, una mayoría, sólo se acuerde del Estado cuando se trata de incendios, apagones, naufragios, inmigrantes ilegales y fenómenos semejantes. Fenómenos desastrosos que escapan a la (in)competencia controladora de sus cacicatos propios; para lo demás, la gente prefiere ir tirando con el sistema de corruptelas paternalistas y despóticas, como nos ilustraron en Mérida con precisos y significativos ejemplos, dignos de Bien venido mr. Marshall.

En esta gira hemos celebrado unas 14 reuniones en diez ciudades, con entre dos y cientotreinta asistentes, y hablado en total con más de quinientas personas. Hay entre ellas socialistas hartos del PSOE, izquierdistas sin partido, regeneracionistas vehementes, reformistas prácticos, liberales escamados con el PP, republicanos, antinacionalistas indignados, ecologistas sin firma colectiva, independientes que se encuentran aislados, y un largo etcétera que, como es natural, incluía la cuota inevitable del esperpento patrio, ahora muy vinculado a las nuevas tecnologías.

Como no podía ser de otro modo, hemos escuchado las cosas más extraordinarias, inesperadas, previsibles, agudas, lúcidas, romas, reiterativas, sorprendentes, resentidas, generosas y espléndidas. En fin, de todo o casi. Desde si lo nuestro no era un plan para que los vascos se apoderaran de España (otra vez), a explicaciones sobre el gasto de las cuotas de los afiliados (?), por un asistente que emulaba a Rapel. Pero certifico que la media ha sido asombrosamente sensata, y la mayoría de la gente congregada, encantadora, informada y bien dispuesta. Lo que lleva a reflexionar sobre la extensión y profundidad conseguida entre nosotros por la selección negativa. Ya saben, la promoción de los más mediocres, sumisos y desalmados. Si hay tan buena gente en todas partes, ¿cómo es posible que soportemos con fatalismo a tanto patán, necio, mafioso y personaje necesariamente prescindible? Y no sólo en política -que se lleva toda la fama sin cardar toda la lana-, sino en las empresas, los medios de comunicación, la administración, los servicios públicos e incluso entre los gorrones de los bares y los mendigos de las iglesias.

¿Servirá la excursión para algo que merezca la pena? De momento, me parece que estamos lanzando el primer intento genuino de promover un debate político en profundidad en todo el país, deliberando personalmente con toda clase de gente, con la única condición de que se manifieste dispuesta a comprometerse, y sin otra regla obligatoria que pensar si es posible, y cómo hacerlo, un partido que consolide y mejore la democracia contra sus agentes activos más disolventes: el nacionalismo obligatorio, el relativismo generalizado y la degeneración de la vida política como consecuencia de la colusión de intereses entre partidos pervertidos, periodistas mercenarios y empresas enemigas de la transparencia y amigas del monopolio.

¿Lo qué más motiva e interesa a tan distintas personas en lugares tan diferentes?: sin duda alguna, la regeneración democrática y la oposición al caciquismo localista y al nacionalismo obligatorio, sabiamente considerados como dos caras de la misma moneda. La gente no necesita que le expliquen lo que ya sabe perfectamente, sino que le ofrezcan posibilidades de acción política renovadora, líderes en los que confiar y un compromiso serio con la libertad, la transparencia y la solidaridad. Quienes aspiren a desplazar a Zapatero deberían tomar nota. Por cierto, no veo al PP en la tarea: inconvenientes de creerse la única salvación posible.

Carlos Martínez Gorriarán

PLATAFORMA PRO

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