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Uno de los principales problemas de convivencia en todos los pueblos crispados es la apropiación del patriotismo por algún grupo social, en exclusión de los demás.

Una patrimonialización que es posible merced a la identificación de la patria con un sentimiento nacional o con una religión. En el caso de España, el patriotismo y su simbología han sido acaparados tradicionalmente por los partidos liberal-conservadores, representantes del nacionalismo español (actualmente el Partido Popular). En tanto que en Euskadi el patriotismo está atribuido a las distintas familias del nacionalismo: los patriotas conservadores (PNV), los patriotas socialdemócratas (EA), los patriotas marxistas parlamentaristas (Aralar) y los patriotas revolucionarios y violentos (Batasuna).

¿Y los demás? Pues no son patriotas; al menos en euskera. Porque para ser abertzale -en el sentido pleno del término- hay que reunir las dos acepciones del diccionario: ‘patriota’ y ‘luchador-a por la independencia’.

Esta identificación del amor a la patria con la lucha por la independencia suele reforzarse por el hecho de que -desde la desaparición de Unidad Alavesa- los dos principales partidos ‘no patriotas’ son de ámbito estatal. En opinión de los abertzales esto acarrea la condición de carecer de autonomía real: ser meras sucursales de los partidos estatales. Según esa suposición, los partidarios de esas opciones están dispuestos a supeditar los intereses autóctonos vascos a los de ‘Madrid’.

Yo debo confesar que no soy abertzale, ya que no lucho por la independencia de Euskal Herria. Para mí, esa opción acentuaría aún más la fractura social que ya se padece y haría imposible la consecución del principal reto de los vascos del siglo XXI: recuperar la convivencia y la concordia. Por ello, pienso que el independentismo no es lo que más le conviene a mi patria. Incluso, a veces me siento un tanto traidor; porque pienso que -en épocas pretéritas- habría colaborado activamente con los extranjeros. Por ejemplo, si en el siglo III hubiera sido vascón, las ventajas del sistema jurídico-económico, de la cultura ¿e incluso los baños! de los romanos, me habrían resultado irresistibles. No me habría importado nada tener un acueducto como el de Segovia en el botxo, de la misma manera que ese Guggenheim tan extranjero me encanta.

Igualmente, si llego a haber nacido a principios del siglo XIX, habría sido un ferviente afrancesado. Porque a la hora de elegir entre el cobarde e incapaz Fernando VII y el ilustrado e inteligente José I (tan amante de las bellezas naturales de Vitoria) seguro que habría acabado en Francia, compartiendo el exilio con otros traidores como Mariano Luis de Urquijo y Francisco de Goya. Lo cierto es que con el triunfo de los patriotas prevalecieron nuestros valores más autóctonos y tradicionales: la censura, el integrismo religioso y los privilegios de los hidalgos. Un panorama ideológico que contribuyó decisivamente a que España se mantuviera durante todo el siglo XIX entre los Estados más atrasados de Europa.

Sin embargo, si me atengo al criterio de José Luis González Quirós en su libro ‘Una apología del patriotismo’, puedo estar algo más tranquilo. Para este autor, patriota es «quien actúa en forma que beneficia a la patria, quien no rehúye los sacrificios que los intereses de la patria le impongan, quien no la posterga en sus preferencias o la traiciona en sus necesidades». Una romántica definición que propicia el debate final: ¿Qué beneficia a la patria? A este respecto, cada partido -e incluso cada ciudadano- tiene su propio criterio.

Pero González Quirós ofrece un requisito adicional: «El patriotismo, entendido como una virtud, no es agresivo, aunque éste sea el pretexto habitual para deslegitimarlo como sentimiento moral». Es decir, que el patriotismo manifestado con agresividad deja de ser una virtud; cuestión que, en el caso de Euskadi, está todavía pendiente. Y esto es así porque hay nacionalistas vascos que desean imponer su concepción de patria a toda costa, mientras que algunos nacionalistas españoles se amparan en la legalidad actual para imposibilitar cualquier cambio en el futuro. Para aquéllos la legalidad es un obstáculo que hay que remover por cualquier medio, mientras que para éstos el ‘estatu quo’ es algo inamovible por imperativo legal.

Otra cuestión es si pueden sentirse varias patrias. Tradicionalmente, se ha venido empleando el término ‘patria chica’ para referirse a la vinculación con las provincias y regiones, como complemento a un concepto de patria que se asociaba exclusivamente al Estado. Mucha gente sentía y siente una múltiple afección hacia su localidad, su provincia, el País Vasco y España (o Francia).

Para otro grupo de vascos -los llamados ‘nacionalistas’- esto es algo inadmisible. En primer lugar porque consideran que de España y Francia han provenido los mayores atentados contra la identidad vasca, pues la propia existencia de dichos Estados-nación implica la inexistencia de un Estado-nación vasco (que es su objetivo último). Además, el patriotismo múltiple supondría reducir la importancia del patriotismo vasco, que estaría subordinado al patriotismo español o francés. Por lo tanto, ante una discrepancia entre el interés patriótico general y el vasco, este último tendría muchas probabilidades de quedar subordinado. Dado que la característica distintiva de toda ideología nacionalista es la primacía de lo autóctono y próximo, el patriotismo múltiple les resulta muy difícil de aceptar.

Además, para los nacionalistas sabinianos el sentimiento patriótico va intrínsecamente asociado al dominio del euskera y a la pertenencia a una etnia vasca. Esta última existió hasta finales del siglo XIX en Vizcaya y Guipúzcoa en condiciones considerablemente homogéneas, debido a la necesidad legal de ser hidalgo para poder avecinarse y a la consiguiente ausencia de migraciones. Por estas razones, para los nacionalistas vascos más exacerbados, la ausencia de un compromiso total implica una cierta traición; quien no piensa como ellos es menos patriota o incluso no lo es en absoluto. Y si se opone activamente a la construcción de un Estado vasco independiente, lo que hace es traicionar a la patria.

En los dos siglos largos que ya viene durando nuestro doloroso conflicto civil ha habido una sucesión de traidores que han sufrido las consecuencias de la derrota. En las guerras de la Convención y de la Independencia, fueron los vascos afrancesados. Durante las dos guerras carlistas les correspondió a los facciosos la etiqueta de traidores a la dinastía legal. En la Guerra Civil española, fueron los nacionalistas vascos quienes incurrieron en traición a España; mientras que en la actualidad, son muchos vascos españolistas quienes han tomado el relevo en esta sucesión de ignominias. Todos estos colectivos han tenido en común las consecuencias de su disentimiento: acoso, destrucción de propiedades, extorsión, muerte y destierro.

Los violentos se caracterizan por confundir el amor con la posesión dominadora; sean éstos maltratadores de mujeres o falsos patriotas. Para éstos la patria es como una mujer que sólo puede ser de ellos, por lo que el desencuentro afectivo es considerado una traición insufrible que sólo puede acabar con el alejamiento o la muerte. Al igual que los maltratadores, no aman verdaderamente a la patria; la usan o la destruyen. En palabras del historiador Juan Pablo Fusi Aizpurua: «No hay patria en la intolerancia, en el sectarismo; no hay patria en la violencia, en la crispación, en el fanatismo ideológico, en la pasión irracional».

Ignacio Suárez-Zuloaga

FUENTE: El Correo

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