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Jean Paul Sartre tituló “Las palabras” el relato cruel y poético de sus primeros años, porque ellas fueron el universo en que se forjó todo lo que había de ser relevante para su personalidad y su carrera. En las vidas más modestas de muchos de nosotros también hay algunas palabras que con el tiempo y el frote social han llegado a ser relevantes, unas por temibles y otras por esperanzadoras. Voy a dedicar esta nota a dos de ellas que encarnan para mí ejemplo de tales sentimientos contrapuestos. Empezaré por la que he aprendido a temer y luego les cuento la que me trae buenas vibraciones.


Hace poco ví un reportaje en ETB sobre un grupo de antropólogos locales que había visitado una remota isla en el sur del Pacífico. Me salto los detalles, irrelevantes para este caso, pero baste decir que uno de ellos se encargaba de contar las investigaciones que llevaron a cabo sobre costumbres de los nativos, yacimientos funerarios en cuevas, etc… Lo hacía con entusiasmo, como es debido, y una palabra se repetía en su crónica, precisamente la palabra de marras, la que me asusta: “ancestral”. El término iba siempre acompañado de una entonación especial, mezcla de admiración y envidia. Aquellos excelentes isleños todo lo tienen ancestral, por lo visto, creencias, formas de vida y de muerte, festejos, etc… Y estar empapados de ancestralidad por todos lados debe ser una gran suerte para ellos…por lo menos en opinión del narrador, según me pareció colegir por su tono.

Vencidos los iniciales recelos ante los visitantes -que por estar recién llegados no podían ser tan ancestrales como ellos, a pesar de su buena disposición- los nativos les invitaron amablemente a una celebración comunal, en plano de fraterna igualdad. Sólo pusieron como lógico requisito que los invitados adoptaran la misma indumentaria que sus huéspedes. “De modo que nos vestimos de modo natural, como ellos”, comentó el agradecido narrador del evento. Sin embargo las imágenes mostraban que ni la cosmética ni la sastrería de los nativos ofrecen nada de mínimamente “natural”, si por ello se entiende simple y espontáneo. Serán muy ancestrales, pero de naturales tienen afortunadamente bastante poco: van pintados con varios colores de la cabeza a los pies, llevan complejos tocados de plumas, unos taparrabos de lo más aparente y danzan con movimientos que supongo exquisitamente codificados. La verdad es que usted o yo salimos todos los días a la calle con unas trazas bastante más sencillitas y naturales que las suyas. De modo que una cosa es lo “ancestral” y otra lo “natural”. Los indígenas -y todos lo somos irremediablemente, cada cual de nuestros lares- ostentan siempre artificios, máscaras, símbolos y aparatos sociales: su carácter más o menos primitivo no los hace más nobles ni más recomendables (¿acaso entre nuestras costumbres y símbolos es siempre la antigüedad signo de excelencia?). La veneración acrítica por lo ancestral es como el embobamiento ante las pirámides: conviene no olvidar nunca que las levantaron esclavos.

La segunda palabra cuyo estudio propongo se la acabo de oír a Joseba Azkarraga: “barbaridad”. Es el calificativo que le merece la opinión expuesta por Josu Jon Imaz de que ETA aprovecharía indudablemente para sus fines de propaganda y legitimación los resultados -cualquiera que fuesen- de un referéndum en el País Vasco, efectuado en las condiciones actuales. A mí esa palabra truculenta, en boca de Azkarraga y aplicada a una consideración expuesta por el máximo dirigente del PNV, me parece sumamente esperanzadora. ¡Por fin empezamos a escuchar a altos responsables nacionalistas barbaridades semejantes a las que tantas veces proferimos o pensamos quienes no lo somos y que tantas descalificaciones nos han granjeado! En efecto, hasta hace bien poco denunciar que no se puede poner una vela a Dios y otra al diablo, que es inaceptable condenar la violencia y boicotear cualquier medida efectiva contra los violentos, que resulta inadmisible tanto política como éticamente la pretensión de consultar a la población aterrorizada por ETA acerca de si -dejando a un lado las amenazas, pelillos a la mar- aceptan finalmente el precio político que ETA pone al final de la violencia (y éso es lo que supone el referéndum, nos lo cuenten como nos lo cuenten)…todo esto han sido barbaridades. Barbaridades de sentido común y de decencia democrática, pero barbaridades. Que hoy algo parecido a tales barbaridades sea asumido -aunque todavía a medias y con escapulario cauteloso- por destacados nacionalistas puede no ser aún el comienzo de una buena amistad, como en “Casablanca”, pero sin duda es cosa prometedora y estimulante.

En este País Vasco de nuestros pecados, todo lo que va contra el entusiasmo por lo ancestral resulta una barbaridad. Pero una barbaridad que merece la pena. Al comienzo de su “Vida de don Quijote y Sancho”, acepta arriesgadamente Unamuno el programa de aquel mozo que exhortaba así a sus compinches: “¡Vamos a hacer una barbaridad!”. Pues eso, en dos palabras: contra ancestrales modos, manías y prejuicios, unamunámosnos para proclamar barbaridades necesarias…

Fernando Savater

BASTA YA

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