xavier-pericay.jpg 

Cuando un dirigente político se lleva mejor con sus presuntos adversarios ideológicos que con sus propios correligionarios es que algo no funciona. O falla el sistema, o falla el partido, o falla el dirigente.

En el caso del abandono de la política protagonizado el pasado jueves por Josep Piqué yo diría que ha fallado un poco todo, y a partes iguales. O casi. Por un lado, el sistema, esto es, la clase política catalana. La anomalía viene de antiguo. Se llama catalanismo, o antifranquismo, y se caracteriza por el binomio inclusión/exclusión.

El PP catalán ha vivido siempre extramuros. No podía ser de otro modo: para los garantes del sistema, este partido ha sido en todo momento el heredero natural del franquismo, el símbolo del anticatalanismo, el enemigo imprescindible. Por eso a las demás fuerzas políticas les sale tan a cuenta echarlo del tablero de juego, ya sea mediante la firma de pactos solemnes, ya sea poniendo a un notario por testigo.

Por otro lado, el partido. En su doble dimensión, regional y nacional. A pesar de las apariencias, no ha habido nunca continuidad entre ambas instancias. El PP de Cataluña no es como el del País Vasco. Durante los últimos tiempos, las relaciones entre Barcelona y Madrid, más que sumar, han restado, en la medida en que las estrategias de unos y otros han sido a menudo demasiado dispares, cuando no manifiestamente encontradas.

Y luego, en fin, el propio Piqué. Un líder político no sólo debe mandar; también debe convencer. Sobre todo a los suyos, a los que tiene más cerca. Pues bien, no parece que ésta haya sido la mayor preocupación del ahora cesante. Como si, puestos a sudar, le hubieran interesado más los focos que los locales de las agrupaciones. O como si la posible pesca de votos en aguas del catalanismo le hubiera hecho olvidar la necesaria conservación de los caladeros tradicionales del partido. En este sentido, la aparición en Cataluña de una opción política como Ciutadans, dispuesta a enfrentarse al nacionalismo, le ha hecho sin duda bastante daño. Aunque la culpa, claro, no es de quien compite limpiamente por un espacio electoral, sino de quien abandona el suyo sin reparar en las posibles consecuencias de su renuncia.

En el fondo, Josep Piqué ha dado siempre la sensación de ser un hombre políticamente desplazado. Me refiero a estos últimos años, en que ha presidido el PP de Cataluña. Y no sólo desplazado con respecto a la dirección nacional de su partido, sino también con respecto a su propio pasado. Si bien se mira, tan desplazado como pueda estarlo un catalanista condenado a dirigir un partido al que el catalanismo ha negado, por activa y por pasiva, el pan y la sal.

Xavier Pericay

FUENTE: Web de Ciudadanos

Anuncios