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En Santiago de Compostela: todo muy bien, de nuevo. Hay en Galicia algunos grupos cívicos muy activos, todavía más ante la marea nacionalista que se desborda con la fórmula más de moda: PSOE franquicia local+Nacionalismo más local todavía. 

De nuevo comprobamos que lo malo del nacionalismo, que es también la clave de su éxito, es lo tremendamente aburrido que resulta: como un disco rayado de una sola nota que no deja de repetirse sin cesar un solo minuto. Que se le oiga más o menos depende esencialmente de los altavoces dispuestos que encuentre, y aquí es donde siempre acaban encontrando voluntarios dispuestos a repetir el cansino y agotador z-z-z-z-z-z-z… Etcétera.

Celtas de Breogán, Vascos Inmemoriales o Catalanes Triunfantes son el mismo coñazo, cuyo máximo triunfo es siempre conseguir el desestimiento, la tirada general de toallas, la retirada al armario de la resistencia ciudadana. La política lingüística y antieducativa de la Xunta es un calco de la catalana y la vasca. Sin embargo, la situación de partida es radicalmente distinta. Pero, ¿a quién le importa la realidad?  

La impostura de fondo brilla como un casco roto de botella cuando resulta que el argumento de los “galleguistas” es idéntico al de los abertzales: el idioma patrio está en peligro de muerte, lo que nos autoriza atropellar los derechos y voluntades de los individuos. Pero es que en amplias comarcas vascas -Bilbao y comarca, casi toda Alava- prácticamente nadie hablaba en eusquera hace treinta años, y era así desde hacía algunos siglos; ahora lo hablan, la mayoría más bien mal, los niños escolarizados en el sistema público.  

En Galicia el caso es completamente distinto: ni hay comarcas “desgaleguizadas”, ni ha recibido cientos de miles de inmigrantes con otra lengua, ni amenaza alguna a la vista procedente de torvas dictaduras centralistas. Pero es igual: el nacionalismo es necrófilo, y si no tiene muertos de verdad pues se los inventa: él mismo, para empezar, es un muerto vocacional envuelto en su bandera, una mortaja.  

El caso es mantener entretenida a la gente en el auténtico ideal de movilización del nacionalismo de todos los sitios: un Día de Difuntos que se repite como el Día de la Marmota en el cine. El modelo político del buen nacionalista es siempre un cementerio con vistas a otros cementerios: sus forofos los visitan todos y se felicitan de la huida de los vivos, suprimidos por la fuerza o ahuyentados por el disco rayado de una sola nota. 

Carlos Martínez Gorriarán

PLATAFORMA PRO

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