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Ayer se publicó el último Euskobarómetro, el primero desde que ETA rompió oficialmente el último alto el fuego.Como era de esperar los vascos han vuelo a colocar al terrorismo como el primero de sus problemas,  algo que no ocurría desde el año 2001. Es una reacción que tiene toda su lógica; está en relación directa con la enorme espectativa con que fue acogido el comunicado de ETA y con la frustración que produjo la ruptura de esa tregua declarada y nunca cumplida.  

Hoy que ya han pasado los tiempos de la verificación, hoy que no hace falta que nos empecinemos en dar buenas noticias para evitar que la verdad nos enturbie un titular, podemos afirmar sin miedo a que nos acusen de crispadores –eso creo, al menos– que la última tregua de ETA fue falsa desde el mismo momento en que se hizo público el comunicado en que declaraban pomposamente el alto el fuego.

Si la de 1998 fue una tregua trampa –por muy verde que todo el mundo pusiera al Ministro Mayor Oreja cuando así la calificó–, la de  2005 fue lisa y llanamente un camelo; ETA  engañó a los ciudadanos que no tienen otra información que la que les llega interpretada por los líderes políticos; y como las terminales del Gobierno les decían que todo iba estupendamente y lo que quiere la gente es que las buenas noticias se confirmen, pues creyeron que “la paz” estaba al alcance de los dedos. 

Pero el Gobierno supo desde el primer día que no se estaban cumpliendo ninguna de las condiciones impuestas por el Congreso de los Diputados ni ninguna de las espectativas que le habían llegado a Zapatero a creer que él iba a conseguir en cuatro días lo que todos los Gobiernos de la democracia sufrieron y penaron con conseguir. Nunca existio tregua alguna, salvo en los deseos del conjunto de la ciudadanía.

Cabe recordar los atentados en Barañain a poco de producirse el anuncio, la llegada de cartas de extorsión, la reaparición y progresivo el recrudecimiento del terrorismo callejero, el creciente protagonismo de las terminales mediáticas terroristas, la presencia de ETA en el diseño de la agenda política, las exigencias de vuelta a las instituciones democráticas sin modificar ninguno de los supuestos que les habían llevado a ser expulsados, la soberbia de los terroristas juzgados en esos momentos, el chantaje sostenido y el pulso ganado por de Juana Chaos, el robo de pistolas en Francia, la toma de territorio en Aritxulegi, el sulo de Amorebieta, el robo de coches y placas en Francia… 

Pero en la medida que todos esos acontecimientos eran minimizados por el Gobierno, en la medida en que no había atentados mortales (hasta el de la T4 de Barajas y el anciano fallecido en Mondragón como consecuencia del terrorismo callejero), la gente prefería creer las buenas noticias que le insistían en que todo iba muy bien. Por eso cuando ETA da por roto oficialmente el alto el fuego toda la especttiva positivas se convierte en frustración. Y a pesar de que ETA no ha conseguido aún perpetrar ningún nuevo atentado, la gente muestra en ese barómetro un altísimo grado de desconfianza en el final dialogado y/o en el fin de ETA: “El diagnóstico de los vascos sobre la actuación de los actores que intervinieron de alguna forma en el “proceso” es claramente negativo. Todos suspenden y tan sólo los Gobiernos vasco y central se acercan al aprobado con notas de 4,6 y 4,3 puntos, respectivamente, mientras que el resto queda muy lejos: la izquierda abertzale 3,1 puntos, la AVT 2 puntos, el Gobierno de Navarra 2 puntos y la oposición del PP 1,3 puntos. Otra de los datos relevantes del estudio es la falta de credibilidad de las posiciones de ETA y la izquierda abertzale entre la ciudadanía. Una mayoría muy significativa de los vascos no cree en la sinceridad y predisposición de ETA y su entorno social de poner fin a la violencia (66%) y desconfía también de la voluntad de la izquierda abertzale de aceptar las reglas del juego democrático (69%).Si el anterior Euskobarómetro elaborado hace seis meses mostraba a una población dividida entre la confianza y desconfianza sobre el final del terrorismo, esta división desaparece ahora y el pesimismo domina con claridad. Siete de cada diez encuestados no ven que esté cerca el final de la violencia y un porcentaje todavía mayor del 86% espera un atentado inminente de ETA” .Una primera lectura de los datos que aquí he recogido nos llevaría a la  conclusión  de que lo que necesitan los encuestados es un sicólogo; porque resulta dificil de entender cómo se puede a la vez suspender a los artífices del proceso (que son ETA y el Gobierno de España y secundariamente el Gobierno Vasco) y poner la peor nota a quienes estuvieron en contra de ese proceso, a quienes se resitieron a llevar la política antiterrorista por un derrotero que los mismos encuestados consideran en otro aaprtado condenada al fracaso. 

Lo que nos lleva a la  conclusión que otras veces hemos apuntado: la gente lo que quiere es que le dejen en paz; y como no le gustan las malas noticias, pues suspenden a quien se las cuenta, aunque lo que les diga sea la verdad.Esa es la ventaja con la que juegan los del discurso ilusionante: que saben que hasta que las cosas no están verdaderamente mal, hasta que no te entra el dolor por la retina o no te tocan directamente las consecuencias de una determinada política,  cuando ha de elegir entre el  discurso de firmeza y sacrificio o la promesa mágica de Harry Potter, el común de los mortales  siempre se queda con lo segundo. Y otra cosa en la que los programadores del discurso ilusionante han acertado es en la propaganda: la culpa la tiene el mensajero. “El rechazo frontal y mayoritario a ETA aumenta y alcanza al 55% de los vascos, mientras que el apoyo remoto (su actividad estaba justificada antes pero no ahora o comparto sus fines pero no sus medios) se sitúa en el 25%. El resto se reparte entre el apoyo crítico (apoya reconociendo errores), la indiferencia (6%) y el miedo (4%), ya que el respaldo total y expreso está reducido a sólo el 0,3% de los vascos. Más de seis de cada diez vascos utiliza adjetivos negativos para describir a los miembros de ETA –para el 37% son terroristas, para el 18% son asesinos y para el 6% son fanáticos–, pero pese a su retroceso en los últimos años hay todavía un 19% de los ciudadanos que los considera idealistas y un 4% que les tilda de patrióticos. Un dato relevante: casi un tercio de los vascos dice estar a favor de relajar la acción policial contra ETA como medio de facilitar un final dialogado.La inmensa mayoría de los ciudadanos (84%) está a favor de la apertura de un proceso de negociación entre el Gobierno y ETA , aunque hay una clara división entre quienes abogan por una negociación incondicional (43%) y quienes condicionan la misma al abandono de las armas (41%)”.

Porque díganme ustedes si no es así (si no nos va más la magia que la realidad, el escapismo que el compromiso) cómo se entiende que un setenta por ciento desconfíe de la voluntad de ETA y de su entorno de respetar las reglas del juego democrático y a pesar de eso (o quizá precisamente por eso, ese es el drama) haya un porcentaje del 84% que esté a favor de una negociación. Sólo se puede entender tal cúmulo de contradicciones entre lo expresado respecto de ETA (mayor rechazo a ETA, menor apoyo, peor calificación de la actividad terrorista) y lo exigido a los poderes democráticos, de los que se espera negocien con los terroristas incluso sin condiciones. Sólo una sociedad enferma, cobarde, inmadura y con poco cuajo democrático puede devolvernos esa fotografía. Claro que si no hay nadie que les hable con verdad a los ciudadanos, si nadie les pide que  que resistan, si nadie se coloca al frente de esa manifestación de dignidad y rechazo a los enemigos de la sociedades plurale,  si nadie les explica que es precisamente desde la firmeza como podremos conseguir el fin de ETA, la gente cederá.  

Si, por contra, se hace descansar la esperanza de la paz  en la decisión que ETA pueda tomar, no es de extrañar que la gente tenga a la vez sentimientos tan contradictorios como el odio y el respetuoso temor  respecto de los terroristas. Les llama criminales, pero quiere negociar con ellos. Porque los ciudadanos vascos han vuelto a creer que derrotar a los terroristas es imposible. Y ese es el gran drama: que los demócratas han perdido la esperanza en el triunfo de la democracia a la vez que los terroristas recuperaban la esperanza de conseguir finalmente algunos de sus objetivos políticos 

En fin, historia conocida. Otra vez Chamberlain y Churchill. Otra vez la esquizofrenia. Y que nos dejen en paz…. Ya lo decía Rosa Luxemburgo:  Quien no se mueve, no siente las cadenas.

ROSA DÍEZ. Del blog de Rosa

Diario digital Basta Ya  

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