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Han pasado diez años desde que ETA secuestró y asesinó al joven concejal del Partido Popular en Ermua, Miguel Ángel Blanco. Han pasado diez años desde que la gente se vistió definitivamente de dignidad y salió a la calle a gritar Basta Ya!!; diez años desde que surgió aquel clamor contra el totalitarismo y por la justicia que se dió en llamar el espíritu de Ermua. Diez años desde que los españoles todos nos empeñamos en derrotar a ETA; diez años desde que gritamos en las calles y pueblos de toda España que no nos íbamos a conformar con menos que la derrota de los criminales y de sus cómplices; con nada que estuviera por debajo de la deslegitimación radical de todos sus objetivos, de toda su historia.

Hoy todos rememoramos aquel espíritu; y la enorme crueldad, el drama humano,  que hizo estallar nuestra indignación. Los acontecimientos que verdaderamente han marcado nuestra vida  permanecen nítidamente en el recuerdo a pesar del paso del tiempo: recuerdas donde estabas, con quién, lo que pensaste, si era de día o de noche, quién te dio la noticia, la ropa que llevabas, qué estabas haciendo o diciendo en ese momento… Todo queda como congelado en nuestra memoria, que no se sabe por qué raro estímulo decide registrarlo todo, hasta los detalles aparentemente más insignificantes.

El día que secuestraron a Miguel Ángel Blanco yo estaba en Israel. Como Consejera de Comercio del Gobierno Vasco había viajado a ese país acompañada por un reducido grupo de empresarios y representantes de los Parques Tecnológicos Vascos con el objetivo de fomentar las relaciones entre los empresarios e investigadores de ese dinámico sector de nuestra economía.

Era por la tarde, tarde noche, cuando nos llegó la noticia del secuestro. Estábamos todos en la Embajada de España, en Jerusalen, acompañados por nuestros correligionarios israelitas, tras un par de días de trabajo y contactos. Estábamos en el jardín, tomando un aperitivo cuando me llamó por teléfono una Directora del Departamento que se había quedado en el País Vasco:

-Rosa, ETA ha secuestrado a un concejal del Partido Popular de Ermua…, no te hemos podido localizar hasta ahora…

  

-¿Qué…? ¿A quién…?

-Se llama Miguel Ángel Blanco…; Nico dice que le conoce, que es muy joven… Dicen que le matarán si el Gobierno no cede con los presos… Está saliendo la gente a la calle, por toda España…

Así entramos en contacto con el drama. Luego vendrían las imágenes de televisión, los comentarios incrédulos, la espera… Siempre pensé que le iban a matar; nunca tuve la menor duda de que ETA lo tenía decidido desde el primer momento; que ETA sabía que ningún gobierno decente puede ceder a un chantaje; siempre pensé que era un asesinato calculado, con más dosis de maldad y crueldad que las habituales, decidido así precisamente para hacernos más daño, para provocar nuestro desestimiento.

Recuerdo vivamente aquellos días: la sensación de impotencia, de rabia, de dolor… sólo mitigada por la noticias que nos llegaban paralelamente de una reacción ciudadana que nos parecía impensable, que nos reconciliaba con los ciudadanos de toda España, con los mejores sentimientos de la gente. Pero la sensación de rabia e impotencia estaban por encima de todas las demás; recuerdo el dolor por la injusticia, las imágenes de Miguel Ángel, las primeras que veíamos quienes no le conocíamos –y muy poca gente le conocía—, allí, sentado en el salón de plenos del Ayuntamiento, diciendo unas breves frases… “Un niño”, pensé,” es un niño…”

Y su imagen cuando entró prácticamente muerto en el hospital de San Sebastián… la desolación en los rostros de la gente que en la calle esperaba la noticia, la enorme tristeza… Recuerdo la cara de dolor inmenso de sus padres, la desolación de su padre llegando del trabajo, con la dignidad de un trabajador humilde, con el rostro  marcado por el  dolor, incrédulo, abatido…

Y también recuerdo el surgimiento del Espíritu de Ermua, la explosión de civismo que se rebeló contra los monstruos terroristas, contra los cómplices, contra los silenciosos… Aquello marcó un antes y un después en la lucha contra ETA: supimos que la gente no era insensible ante el dolor y la crueldad, que se podía rebelar, que no todo estaba perdido. Recuerdo que la gente empezó a salir en los pueblos: veinte, treinta, cien personas en la plaza del pueblo, a la vista de los vecinos, entre los que sabíamos estaban los chivatos. Recuerdo que pensé: “A esta gente no la mete en casa ya ni Dios…”. Y que me pareció que más allá de la emoción que nos producía ver a los centenares de miles de ciudadanos por las calles de las ciudades de toda España, la verdadera revolución estaba siendo protagonizada por esos ciudadanos que decidieron perder el anonimato ante sus vecinos, que decidieron hacer un ejercicio de civismo y de valor, que decidieron hacerle frente al terror. Que decidieron mirar a los ojos a sus convecinos, que decidieron tirar de la levita a los políticos, que nos dijeron, sin hablar: hay que derrotar a ETA, no nos conformaremos con menos.

Hoy que vivimos tiempos oscuros mucha gente nos pregunta qué es lo que queda de entonces. Pues queda mucho; queda que sabemos que esa misma gente que salió a la calle entonces sigue estando ahí, dispuesta a salir, a sumarse a la resistencia frente al totalitarismo, a resistir las coacciones, a reaccionar ante la injusticia. Queda que sabemos que en España hay muchos ciudadanos anónimos capaces de tomar el relevo cuando sea preciso. Queda que sabemos –aunque vivimos tiempos muy difíciles— que algún día seremos capaces de volver a unirnos contra los terroristas, contra sus cómplices, contra sus protectores. Queda la confianza en nosotros mismos, en nuestras fuerzas, en la razón de nuestros ideales. Queda que sabemos –porque existen centenares de miles de ciudadanos anónimos que siguen siendo capaces de movilizarse–, que sigue habiendo razones para luchar.

Para mantener la resistencia hay razones morales, de principio, de justicia; porque luchar por la libertad siempre merece la pena.  Y existen también otras razones que tienen nombre y apellidos: se llaman Miguel Ángel, Joxeba, Luís, Antonio, Pilar, Fernando, Irene, Ascensión, Sergio… A ellos les quitaron la vida porque eran un estorbo para la sociedad totalitaria que ETA quiere construir;  les asesinaron porque eran nuestros escudos, porque estaban en primera línea defendiendo la libertad de todos nosotros. Pero no debemos olvidar que ETA les asesinó también para amedrentarnos a todos, para que desistiéramos; por eso ellos son nuestras primeras razones para seguir. Ellos y nuestros hijos, a los que la única herencia que les podemos dejar que merezca la pena es una sociedad en libertad.

Ojalá Miguel Ángel pudiera saber, diez años después y allá donde esté, que muchos jóvenes como él han tomado, en su nombre, el relevo. Ojalá supiera que su recuerdo es para nosotros una poderosa razón para no desistir, para seguir resistiendo, para proclamar que su memoria es un antídoto contra la resignación. Y no le olvidaremos nunca.

ROSA DÍEZ. Del Blog de Rosa

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