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Coincidiendo con el debate sobre el estado de la Nación, el Gobierno de la Generalitat ha hecho un llamamiento a las fuerzas políticas catalanas para que olviden viejas rencillas, se dejen de manías y se agrupen todas en la lucha final.

Esa lucha, por supuesto, es la del Estatut. Mejor dicho, la de su desarrollo. En estos momentos el Estatut está, como quien dice, en el taller. Pendiente de revisión. El mecánico constitucional debe resolver si el texto puede circular tal como salió de fábrica, si hay que cambiarle alguna pieza o si las modificaciones preceptivas son tan sustanciales que ni siquiera merece la pena intentarlo. Pero el mecánico no resuelve. Se toma su tiempo. Y el conductor se impacienta. Tanto, que está dispuesto a subirse al texto aun cuando este carezca de garantías. De ahí que busque unanimidades. O casi. Porque, entre las fuerzas políticas a las que se dirige, no están, claro, ni el Partido Popular de Cataluña ni Ciutadans.

Da igual. Para el Gobierno de la Generalitat, esas fuerzas políticas son un puro residuo. Estadístico y simbólico. Lo básico, lo fundamental en esa llamada a somatén del pasado martes es Converg_ncia i Unió. Sin CIU no hay catalanismo posible. Y de eso se trata, al cabo, de catalanismo. Es decir, de transversalidad. La política catalana, mucho antes incluso del Pacto del Tinell o de la visita de Artur Mas al notario, se ha desarrollado siempre dentro de estos márgenes. Como si todo lo demás fuera una especie de engendro bastardo, al que hay que soportar, sin duda, pero con el que no conviene mezclarse. El propio PP catalán lleva tiempo intentando cruzar la línea, ser admitido en la familia política, obtener de una vez por todas la tan ansiada carta de naturaleza. En vano. Hasta nueva orden, el PP no forma parte del catalanismo.

Ni tampoco Ciutadans, por supuesto. Aunque aquí ni siquiera ha habido intento de penetración. Lo que ha habido, en el último congreso, es otra cosa. Una redefinición del partido. Una voluntad de resituarlo en aquel espacio que la vieja Federación Catalana del PSOE abandonó tácitamente cuando se integró, hace ya tres décadas, en el entonces naciente Partido de los Socialistas de Cataluña -eso es, en un centro izquierda no nacionalista-. Puede que el escoramiento resulte y Ciutadans se acabe convirtiendo, ahora sin PSOE que lo ampare, en la reencarnación de aquella vieja federación socialista. Puede.

Pero de nada servirá. Lo que Cataluña precisa no es un centro izquierda no nacionalista. A la transversalidad del catalanismo sólo puede oponerse la transversalidad del no catalanismo. Es decir, un frente amplio, que abarque desde el centro izquierda hasta el centro derecha. Por eso la redefinición ideológica de Ciutadans constituye un error. Porque aparta, de facto, a todo un sector de la militancia y, lo que es peor, a un amplio sector de la sociedad que había visto en el nacimiento del partido una verdadera oportunidad de empezar a romper, por fin, el monopolio catalanista. Y esas oportunidades surgen muy de tarde en tarde.

Xavier Pericay

FUENTE: ABC

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