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Esta democracia, dicen los hispanistas trincones y los historiadores sajones, nació de manera ejemplar, gracias al consenso. Como la República, la Democracia del 78 produjo aquella respetuosa sorpresa en todo el mundo y esta vez no acabó mal. Después de que no hubo nada sagrado que no fuera sometido a pacto, llegó Zapatero y se rompieron los consensos dicen que por causa de ETA y la Memoria Histórica.

José Luis Rodríguez Zapatero, después de las citas con los etarras a las que asistía embozado, invocó la necesidad de la unidad de los dos partidos para derrotar al terrorismo. El proceso fracasó; pero sigue. Según la derecha, Zapatero se pasó. Según ETA, no llegó y el Gobierno pidió la toalla del consenso. Mariano Rajoy dejó de declamar las trampas del Gobierno, de enumerar los pactos traidores con ETA, ocultó la entrega de Navarra. Según el Gobierno, no hubo nada de lo que es evidente; transformó la novela gótica en un entremés, en un retablo de las maravillas, diciendo que el que no viera prodigios es que era hereje, en este caso de ultraderecha. A veces los fracasos llegan por irresolución, por inactividad, por miedo a la muchedumbre que vota y ése puede haber sido el caso del Gobierno: no ha querido explicarse o no ha sabido. Y llegó el consenso, la falsa tregua, la tregua trampa de los dos partidos después de que los dos dirigentes políticos llegaron al acuerdo más extraño que haya llegado dirigente alguno: sacar el terrosismo del debate político, que es como cerrar los refugios cuando se oyen los aviones. Cada cierto tiempo, al estilo de las olimpiadas, el PP y el PSOE proclaman una tregua de coexistencia, que suele coincidir con las elecciones y que utilizan para la transacción de concejales y diputados, invitando, de paso, a la prensa a la sumisión y a la autocensura.

Ahora el Gobierno elogia el mutismo de Rajoy y hace como si se creyera que en el debate del estado de la Nación el PP golpeará, pero sin romper. Están listos. Mariano Rajoy acaba de declarar en EL MUNDO que su confianza en Zapatero es muy limitada y que sólo apoyará al Gobierno si lucha, sin pactar, contra ETA. Los periódicos del domingo ya anuncian que Rajoy convertirá la política contra ETA en un eje del debate de la Nación. Es tarde ya para llegar al hemiciclo con el recibo de la luz.

El mutismo que hemos vivido estas semanas no era síntoma de acuerdo, sino de inhibición. El falso consenso se apoyaba en el equilibrio de las lamentaciones, en el sectarismo recíproco; no era sino simulación. Los medios, a pesar de que nos exigen complicidad en el silencio, no deben olvidar aquella máxima agustiniana: en lo fundamental, unidad; en lo dudoso, libertad; mejor la libertad política que un consenso obsesivo basado en las emboscadas.

RAUL DEL POZO

Publicado en EL MUNDO. Junio 26/2007

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