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La respuesta cínicia más habitual a las exigencias de veracidad en la gestión política es esa que afirma la incompatibilidad de verdad y política. Los políticos serían todos, por necesidad o naturaleza, seres básicamente antiveraces, o bien -complementando lo anterior- resultaría que la política es un género de actividad que exige tanta transacción, disimulo y chalaneo que deviene incompatible con la verdad.

Se acepte o no este punto de vista, el hecho es que resulta utilísimo para las maneras de hacer política reñidas con un nivel razonable de veracidad. ¿Qué es esa veracidad razonable?: la expectativa de que los gobernantes no nos mentirán en las cuestiones que trasciendan su limitado círculo de intereses partidarios. Es razonable esperar que un gobierno informe con veracidad sobre la situación real de la economía del país, la situación internacional o el riesgo que puede implicar la gripe aviar (un tanto de capa caída, por lo que parece). No es razonable en cambio esperar que un gobierno sea veraz cuando juzga sus propios méritos y los de la oposición. Pero la mayoría estamos dispuestos a aceptar que el gobierno devalúe a la oposición y se entregue al autobombo a condición de que no actúe así con informaciones relevantes para el interés general. Vamos, que no diga que la gripe aviar es una bobada si representa una amenaza seria, o que Irán es un estado pacífico de toda confianza si no actúa como tal.

Trasladado el asunto a nuestro drama nacional, esperamos y admitimos sin demasiado alboroto que el PSOE ponga verde al PP y viceversa, mientras el gobierno se arroga todos los logros y acusa a los demás de todos los fallos. Es una exageración absurda, pero forma parte de las reglas del juego y hay que tomarlas con humor. La conducta que destroza el principio de veracidad razonable es que el gobierno nos mintiera descaradamente sobre el riesgo que ETA representaba -la declaración de Zapatero del 30 de diciembre de 2006, por ejemplo, fue de este tipo antiveraz-, o cuando ahora mismo pretende imputar al fatalismo de las cosas las consecuencias de decisiones libremente tomadas, por ejemplo el disparate con ANV y la Ley de Partidos.

Con todo, los más cínicos siguen emperrados en que una buena propaganda siempre podrá imponerse a las malas noticias. Sin embargo, es un hecho históricamente documentado que los regímenes políticos mentirosos acaban siendo víctimas de su propio vicio. Dado que la verdad es un valor cognitivo antes que moral -veíamos ayer-, un gobierno que miente y engaña se acaba engañando a sí mismo y perdiendo el sentido de la realidad, lo que le incapacita para tomar decisiones adecuadas. Al reves, acabará adoptando decisiones absurdas que precipitarán su ruina: es cosa de tiempo. El ejemplo más interesante y dramático de las consecuencias destructivas de la mentira sistemática y la propaganda invasiva lo proporciona la Unión Soviética. Un sistema que colapsó como consecuencia de la incapacidad de su clase dirigente para aceptar la verdad, conocer la verdad y hacerla pública. En su caso, que su “socialismo real” era un sistema imposible e inviable. La URSS no pereció por una revolución democrática ni derrotada por el invasor, sino como consecuencia del sistemático falseamiento de la realidad practicado por sus instituciones, desde las cifras de la cosecha de cereales al costo de la carrera de armamentos, pasando por la expulsión de la verdad de la vida académica y de los medios de comunicación.

El soviético -no todo van a ser nazis- es un ejemplo a tener muy en cuenta para captar un problema que no preocupa a los políticos como Zapatero y tantos otros de los nuestros: el desprecio de la verdad y de la veracidad puede tener un precio muy alto: el colapso del sistema, víctima de la falsificación total, que a su vez impide percibir la realidad y distinguirla de fantasías y delirios paranoicos. Como si uno creyera que puede volar en un avión de papel maché, por muy bien acabado que haya quedado. Pues no vuela. Al revés, si te empeñas en echar a volar con eso, te estrellas. O si quieres pactar cosas con ETA creyendo que desean hacerte un regalo porque sí, porque tú sí les entiendes y la derecha no, porque es mala y mandona. Auntoengañarse para engañar también es una forma de ataque a la veracidad. Y un cierto respeto a la verdad, un principio sensato de preservación de uni mismo. Que le pregunten a Richard Nixon (vide infra).

CARLOS MARTÍNEZ GORRIARÁN

Del Blog de Carlos

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