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Un voto es un gozo, de ello no hay duda. Hace que nos sintamos queridos, enaltece nuestro proyecto, eleva nuestra mirada al horizonte en busca de la complicidad con aquel ente, ser, individuo, amigo siempre: el votante.

Los partidos políticos buscan con desesperación al votante como si se tratara de un lance de supervivencia. El votante es su empeño y su objeto de deseo, aunque pronto se olviden de él, tan pronto que a veces ni siquiera se acuerdan de darle las gracias en aquella ceremonia de la vanidad que damos en llamar “noche electoral”. Las noches electorales suelen ser largas, aunque el escrutinio sea breve; son largas porque los políticos no saben a ciencia cierta cómo acabarlas. El que llora por el voto que no ha tenido, porque es presa del pésame de sus adeptos, siempre prestos a augurar un futuro mejor. Larga para el que gana, porque nunca se encuentra el momento de acabar el festejo que exige el que a uno le lleven en volandas al Olimpo sin otro mérito que el recuento favorable de papeletas. Y, cómo no, larga para el que nada consigue, o se queda igual, o pierde los sufragios que antes tenia, porque éste, ¡Dios mío!, algo tendrá que decir, algo habrá de elucubrar para argüir que la pérdida no es sino un evidente logro porcentual, o un caso práctico y tangible de la influencia de los logaritmos neperianos en la actitud del votante abstencionista.

En Ciutadans, sin ir más lejos, parece ser que los resultados electorales no nos han sido adversos, mira tú por dónde, debido, claro está, a que no nos han sido favorables; pero es evidente que no hemos perdido porque no teníamos concejales que perder; aunque es probable que hayamos ganado en lugares donde teníamos algún adepto, y hayamos perdido en otros, donde teníamos varios; pero tampoco es seguro, la verdad; lo mejor es interpretarlo en clave abstencionista, y lo más probable estemos ante un matizado triunfo que debemos administrar sin desmayo. En fin, un lío. Todo el gozo del voto en un pozo.La situación en que ha quedado el partido Ciutadans, que es el mío, es de un notable desconcierto. No sabemos exactamente qué ha ocurrido ni por qué, ni qué clase de responsabilidad hay que exigir; ni siquiera tenemos claro que existan responsabilidades pendientes. Pero no me resisto a recapacitar sobre esta evaporación ─sublimación casi─ del voto ciudadano. ¿Dónde está el afectuoso simpatizante que te apremiaba para alzar la voz contra la estulticia de la casta dominante? ¿Por qué no me cruzo, desde hace meses, con el animoso elector que celebraba conmigo el advenimiento de una nueva manera concebir la práctica política en Catalunya?

Por decirlo en términos escolásticos, es claro que nos hemos apartado de la regla. Creamos un partido nuevo porque había la necesidad de hacerlo. En Catalunya faltaba realismo, decencia, cordura, honradez y unas cuantas cosas más. Sobraba ensimismamiento, pereza y golfería. La regla que nos impusimos, cual voluntariosos cistercienses, era hacer un partido nuevo ─no un nuevo partido: eso, lo sabíamos, era algo chusco─; partido nuevo que regenerase la política catalana y devolviese al ciudadano la voz y la palabra; la canción, que diría León Felipe. Pero hemos tropezado con el primer escollo que nos ha salido al paso. Después de recoger los votos que nos prestaron la vigilia del Día de Difuntos, han llegado, amenazantes, las sombras oscuras del extravío, todo uno, todo a la vez y la misma cosa. Y ahí andamos, en las sombras, como los personajes de Torrente Ballester, que vagaban perdidos entre un mundo que finía y otro nuevo que pugnaba por imponerse.

Hay que reinventar el deseo, hay que ilusionarse de nuevo en la feliz idea de que la sociedad catalana nos necesita. Y nos necesita porque sólo desde el gozo que procura la razón y la verdad puede hablarse de política en favor del ciudadano. Sólo desde la convicción de que mi libertad es la libertad de todos podemos afrontar la vida en una sociedad abierta. Lo otro es más de lo mismo, más de lo de siempre: la jactancia de aquel a quien le nombran para algo, aunque ni sirva ni encaje en el puesto; el dogmatismo acrítico que ahoga el pensamiento en un mar de conformismo; la clientela adicta que procura la comodidad de su benefactor al tiempo que teje una maraña de favores que garantizan el futuro esplendoroso y el silencio vergonzante. ¿Somos culpables de eso? ¿Somos, en realidad, “eso”?¿Dejaremos de ser sombra vacilante y temerosa para intentar regenerar la vida política, como pretendíamos?

RICARD TÀSIES

Fuente: Associació Ciutadans de Catalunya

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