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Dos empresas japonesas de calzado envían a sendos representantes a realizar un estudio de mercado a la misma región de África. Después de permanecer un corto periodo de tiempo en la zona y de hacer las necesarias pesquisas, envían un informe a sus respectivas empresas.


El primer representante dice en su informe, abreviadamente, lo siguiente:
– El futuro de la venta de calzado en la zona no puede ser más desolador. No se venderá ni un par de zapatos en mucho tiempo. La razón más importante para sostener este diagnóstico es que aquí todo el mundo anda descalzo.
El representante de la empresa rival envía a sus jefes el siguiente texto:
– El futuro de la venta de calzado en la zona no puede ser más prometedor. Se venderá todo el calzado imaginable y más. Me baso, para defender esta tesis, en el hecho incontestable de que aquí todo el mundo anda descalzo.

La postura optimista o pesimista se apoyan, claro está, en un análisis de la realidad. La misma realidad e, incluso, el mismo diagnóstico sobre ella, provocan reacciones diferentes. Pero creo que esas posturas se apoyan, sobre todo, en la vivencia subjetiva de las personas.

La misma situación provoca en los representantes de las empresas japonesas una conclusión de contenido radicalmente opuesto. Una conclusión que nos informa de cómo piensan y de cómo son los representantes, no sólo el mercado. Nos habla de cómo es la zona pero, sobre todo, de cómo son ellos. El primer representante se considera incapaz de persuadir a una persona que va descalza de lo importante que es el calzado. El segundo considera sumamente fácil persuadir a alguien de las ventajas que tiene usar un buen calzado.

Se suele decir, de forma equivocada, que un pesimista es un optimista bien informado. Se piensa que la persona que tiene una postura optimista es ingenua, crédula o torpe. Craso error. El pesimista es el que sólo ve los agujeros en el queso. Claro que existen los agujeros, pero no sólo los agujeros. Por eso hay queso.
El pesimismo ha gozado de un prestigio intelectual que no se merece. Porque han sido los optimistas quienes han conseguido hacer cambios positivos en la historia. Estoy de acuerdo con José Antonio Marina cuando dice que el mundo ha avanzado por las personas optimistas ya que han creído que las cosas podían transformarse, que podían mejorar. Y han obrado en consecuencia.

Si existe un ámbito de la realidad especialmente relacionado con el optimismo es la educación. Porque la educación es una tarea esencialmente optimista ya que parte de presupuesto de que el ser humano puede aprender.
Horkenheimer, autor de la escuela de Fráncfort, dice que en educación podemos ser pesimistas teóricos pero que hemos de ser optimistas prácticos.

En su libro `El valor de educar´ dice Fernando Savater que es tan consustancial el optimismo a la educación como mojarse para el que va a nadar. Y añade: “sin optimismo, podemos ser buenos domadores, pero no buenos educadores”.
Ante un grupo de alumnos revoltosos, desmotivados, conflictivos (vuelvo a la historia de los vendedores de zapatos) un profesor puede pensar que no hay nada que hacer y otro que está todo por hacer y que, por consiguiente, existe una tarea enormemente positiva por delante. Lo cual dice muchas cosas de cómo se percibe a los alumnos y muchas también de cómo se perciben a sí mismos los profesores.

La postura optimista (o pesimista) dice cómo se ven las cosas y permite ver también cómo se valoran los individuos a sí mismos. El profesor que piensa que no se puede hacer nada con los alumnos demuestra tener una pésima concepción de ellos, pero también una escasa confianza en sí mismo. Cree que no va a ser capaz de motivarlos, de ilusionarlos, de enseñarles nada. No se cree capaz de actuar con éxito. Por el contrario, el profesor que piensa que sus alumnos son muy capaces de aprender, cree también que él va a ser capaz de enseñarles.

Esta postura inicial tiene en su germen el posterior éxito o fracaso. Creer que no se va a conseguir nada es un paso importante para que no haya logros. Creer que se va a conseguir lo que se pretende es tener recorrido un buen trecho del camino para llegar al final.
Me sorprenden las descalificaciones que algunos docentes hacen de sus alumnos. Pensar que no son capaces de aprender es condenarse y condenarlos a que realmente no aprendan. Pensar que no hay nada que hacer es el mejor camino para no hacer nada.
Los consabidos “ya te lo decía yo”, “ya lo veía yo venir”, “lo sabía”…, no hacen más que confirmar las hipótesis iniciales. No son un argumento que confirma la incapacidad de los alumnos sino una confirmación de la profecía de autocumplimiento. La anticipación catastrofista es la semilla de la catástrofe.

Walter Riso, psicólogo, especialista en terapia cognitiva y magister en bioética, acaba de publicar en la editorial Granica un libro titulado `Pensar bien, sentirse bien´. En él nos dice que “la profecía autorrealizada siempre está vigente. Si eres pesimista, las cosas no te saldrán bien porque tú mismo te encargarás de que sea así”.
Lo más penoso de la actitud pesimista es que no sólo no propicia los éxitos sino que nos instala en la decepción y en la tristeza. Dice el profesor Riso que “a las personas pesimistas les envuelve un halo de amargura. Su vida oscila entre la desilusión y la tristeza”. No es muy rentable, pues, cultivar el árbol del pesimismo. Sus frutos son muy amargos.

MÍGUEL A. SANTOS GUERRA

La opinión de Málaga

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