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Seguramente nada ayuda tanto a pervertir la democracia, nada que fomente más el creciente escepticismo de la ciudadanía hacia la vida pública, como el comportamiento de los partidos políticos. Antes y después de las recientes elecciones, la deplorable conducta del Partido Socialista de Navarra podría ser prueba de ello.

Esa obcecada negativa a despejar la incógnita sobre la coalición de gobierno en la que su partido entraría, esa oscuridad nunca aclarada sobre los pactos futuros…, ha resultado una enorme burla. Fue lo que alimentó esas sospechas ante las que luego fingieron escandalizarse y que, al fin, a lo mejor se cumplen… El aludido se defendía diciendo que a él le bastaba con explicar su propio programa, sin dar pábulo a otras cábalas. Pero ni el más tonto ignoraba que, dada la improbable mayoría suficiente del ganador, lo que se estaba dilucidando era la coalición gubernamental en ciernes y que sólo el PSN podía imprimirle un signo u otro. Y las razones para esto o aquello es lo que se ha hurtado a la deliberación pública. En cuanto llenaron su bolsa de votos, los partidos se convirtieron en traficantes secretos en busca de otros traficantes.

A muchos, a todos cuantos identifican democracia como un mero mercado político, les parecerá un modo inteligente y hábil de comportarse por parte de un candidato a presidente de gobierno. Así lo haría el tendero deseoso de no perder o de ampliar su clientela, el empresario que no enseñara sus cartas por miedo al posible provecho de los competidores. ¿Por qué no ha de ser eso “perfectamente legítimo” también en el caso de un político? Pues no, mire usted, a ver si empleamos bien las palabras. Eso es sólo legal, porque no constituye un delito; pero es ilegítimo desde un punto de vista democrático, porque así se traiciona la misión primera de los partidos: la de contribuir a formar la voluntad popular, no a engañarla.

Es que ni la democracia debe ser un mercado ni los candidatos unos vendedores de mercancías políticas, aunque hagan todo lo posible por parecerlo. Los candidatos son aspirantes a representar  a los ciudadanos, no a sus propios partidos. Y mal pueden elegirse representantes si los electores no están informados de las intenciones de gobierno de sus candidatos. La virtuosa protesta de respeto por parte del Sr. Puras, como si ocultar sus planes respondiera al deseo de no condicionar el voto popular, sólo podía dirigirse a una ciudadanía disminuida. No está bien que quien pretende encabezar el gobierno comience con un burdo engaño a los gobernados.

La perversión de este pilar del proceso democrático, a saber, la elección de representantes, se verifica ya en el cómputo de puestos públicos obtenidos. ¿Cómo sabremos cuántas papeletas se depositaron el día 27-M gracias a la confusión a que se indujo a tantos ciudadanos? Conviene preguntar cuántos sufragios habría ganado el PSN en caso de haber dejado claro que su propósito, si fuera preciso, era el de apoyar a UPN para formar una mayoría gubernamental. Y, al contrario, cuántos habrían perdido si hubieran anticipado esas veleidades de constituir un gobierno de progreso con los ardientes defensores de ANV, o sea, de los cómplices de ETA. (Háganse las mismas preguntas a propósito de Nafarroa-Bai y a ver qué responden).

En realidad, esos políticos nos solicitaron un cheque en blanco, un voto de confianza a ciegas que demostraban no merecer. En estas condiciones, ¿quién les puede pedir cuentas de su conducta posterior?, ¿acaso se les podrá reprochar algo? Ellos han renunciado por adelantado a su principal cometido en un régimen representativo: el de responder de sus actos ante sus conciudadanos. Hagan lo que hagan durante su mandato, bien hecho estará, porque tampoco se comprometieron a nada ante sus electores. De suerte que, más que defraudarnos a nosotros, están defraudando de raíz el sentido de la función que van a desempeñar.

Pero antes de las elecciones y después. No hay que aguardar a que el PSN se incline en una u otra dirección para que nos defraude más cada día. El mero hecho de que lleven tanto tiempo (desde Urralburu hasta nuestros días) oscilando en esa perplejidad, ya es un signo penoso de falta de principios. Que ahora sean muchos los partidarios de un arreglo con el conglomerado nacionalista, revela su contumaz ignorancia de la naturaleza del nacionalismo vasco. Ya que no otra cosa, que procuren al menos ser un poco congruentes: no parece el mejor modo de preservar el estatus institucional de Navarra -capítulo central de su programa- aliarse con la coalición que se propone expresamente (Zabaleta dixit) modificar ese estatus a partir del primer año. Y si se encaminan hacia la alianza contraria, como tantos les pedimos, que recapaciten antes de exigir nada menos que la presidencia de gobierno. Pues en tal caso tendrían que transformar el viejo lema “un hombre, un voto” en otro nuevo que dijera “el voto al PSN vale por dos”. Sería demasiado.

AURELIO ARTETA. Web de Basta Ya

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