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Hay historias que brindan explicaciones inesperadas sobre las cosas. Por ejemplo, ahora que se celebran los 30 años de las primeras elecciones democráticas (estos aniversarios públicos que son más bien una manera disimulada de celebrar aniversarios privados, es decir, de celebrarse);que tantas personas en los periódicos, en los blogs y en sus cabezas se preguntan si nosotros, los de entonces; ahora que los científicos y lo que queda de los filósofos se preguntan por la sustancia de la identidad personal (Julian Baggini en El cerdo que quería ser jamón, leve y decepcionante pero siempre con páginas de interés, escribe: “Quizá deberíamos preguntar en cambio qué es lo importante en relación con nuestra existencia pasada y futura.

 

 Y puede que la respuesta sea la continuidad psicológica, de todo punto necesaria”), yo acudo a la ejemplar historia de Fernando Santiago, periodista y gaditano que nunca creyó que estas dos características vinculadas podrían ser oximorónicas y hasta peligrosas. Aunque bien es verdad que su identidad gaditana es algo incierta, ya que entre los rasgos más destacables del hombre está el de ser un soso. Él dice “sieso”; pero sieso sólo es una forma gaditana y sofisticada de tener gracia. Fernando Santiago es un soso y ya verás hasta qué punto la cuestión tiene su importancia. En el uso de su arte de pensar y de escribir nuestro hombre publicó el 11 de mayo, en Diario de Cádiz, una columna de esas que no olvidan ni las antologías. Yo la descubrí en Nihil Obstat, el blog de Josep Maria Fábregas, del que más de una vez hemos hablado. La columna se llamaba Cobazos, estaba escrita en porteño, y lo explicaba enseguida: “Una de las esencias gaditanas es el cobazo, que sirve lo mismo para croquetear a diestro y siniestro que para pegarse un mangui de categoría con el atinado aserto “de lo que no cuesta llena la cesta”.

Cádiz es la ciudad de los sordos con mejor oído de Europa, la ciudad del gratis total, la ciudad en la que todo el mundo quiere su cartel de los pescaítos [lo regalaba la Diputación y había grandes colas para conseguirlo], su pareo del Diario [gratis también] o su camiseta de valvulina [gratis y de marca]. Es la ciudad inventora del cuelling, el deporte de alto riesgo consistente en conseguirlo todo sin pagar, la ciudad inventora del Baldivia [personaje de los carnavales que vive de balde], la de los prejubilaos”.

Hasta aquí el artículo respiraba un higiénico costumbrismo regeneracionista que llamaba la atención sobre la gran cantidad de palabras de que disponen los gaditanos para vivir gratis. Pero pocas lineas después añadía: “¿No va a cerrar Delphi si la plantilla estaba más tiempo de baja que trabajando y cuando se daban de alta era para cobrar festivos, nocturnos u horas extras?”  Poco después lo llamaron de la Asociación de la Prensa, que preside. Una gente quería verle. Unas cuarenta personas, principalmente mujeres. Mataban el tiempo de la espera dando gritos. Eran mujeres de Delphi, inquietas por una doble circunstancia: el expediente de regulación de empleo que había empezado a tramitar la empresa y las opiniones de don Fernando. Cuando el periodista llegó a la Asociación y vio el tumulto tan femenino pensó que era lógico: casarse con un hombre de Delphi había sido siempre un buen negocio.

Entre otras ventajas hacía innecesario que las mujeres fuesen a trabajar de cajera al Mercadona, por unos centenares de euros: el hombre de Delphi podía llevar a casa entre 2.500 o 3.000 y con eso bastaba. Aquella mañana hubo un momento peligroso cuando las mujeres lo reconocieron. Una se le acercó mucho a su cara y le dijo flamenca: “¡Te vamos a matar!”. Arriba en la Asociación, esperaba una Comisión de los Manifestantes. Le pidieron explicaciones. Él replicó que escribía sus opiniones en la prensa y que estaban fundadas en datos reales.  En artículos posteriores fue especificando los datos. El absentismo en la Delphi gaditana se situaba normalmente en un 16%. Las tres plantas de la provincia encabezaban el ranking de absentismo de las 30 plantas que la empresa tenían en el mundo. (Por cierto: la cuarta era la de Sant Cugat, con un animoso 8%.) Pero en épocas de Carnaval los ausentes doblaban fácilmente la cifra, y hasta la triplicaban en los días señalaítos.

Cuando hablé con él para ampliar estudios me hizo ver plásticamente lo que pasaba: “Sólo hay que imaginar un ejecutivo de Michigan. A tres grados bajo cero, que es una temperatura probable en el febrero de Michigan. Que se pone en contacto con sus fábricas en Cádiz. Y que va recibiendo de todas la misma noticia. El 50% de la plantilla de baja. ¿Qué puede hacer más honrao ese hombre sino cerrar la fábrica?” Luego añadió, sin comillas, que los niveles de absentismo están lejos de ser un mero problema entre la empresa y sus trabajadores. Para que se produzcan hace falta una sinuosa trama de complicidades donde participan médicos, inspectores, sindicatos y hasta políticos. Políticos, en efecto. Toda la bahía conoce las ayudas con que la Junta de Andalucía ha ido paliando las inexorables consecuencias del clima y de los Carnavales. Las ayudas explican también por qué los de Michigan han ido transigiendo y hasta qué punto el absentismo ha ido convirtiéndose en una moral extendida. 

Durante algunos días el periodista vivió con problemas. Amenazas, hostigamientos y la evidencia de sentirse vigilado. Circularon unas fotocopias muy completas con el texto de su artículo, la dirección de su casa y la matrícula de su coche. En algún foro internáutico proponían enviarle al País Vasco y que volviese con un traje de madera. Lo denunció a la policía. Que todo eso pudiera pasar con don Fernando Santiago, de Cádiz, un hombre tranquilo, conocido y querido, me llenaba de estupefacción. Pero si se examinaban de cerca algunas circunstancias personales era más fácil entender los problemas. En primer lugar su corte de cara, ya te he dicho. Un hombre que está permanentemente sobrio mientras los demás dan instrucciones cada vez más precisas para el gobierno del mundo y la conquista de las mujeres es un peligro.  

Años antes ya había tenido el gran honor de ser el protagonista de una coplilla de carnaval. Porque en lugar de beber se había dedicado a investigar los ingresos de las comparsas y la evidencia de que no tributaban a Hacienda. El pasodoble se llamaba Plumas odiosas, y es uno de los grandes orgullos de su carrera y su vida. El periodista tuvo igualmente otro incidente afectivo respecto del sindicalismo, cuando fue presidente de la Junta de Personal Funcionario, que es el nombre que recibe el Comité de Empresa en las empresas públicas. La mayor parte de sus horas se le iban en una extraña tarea: atender las peticiones de escaqueo (así lo llama en porteño) de sus compañeros de trabajo. Hasta que decidió dejarlo, porque no quería convertirse en el responsable máximo de la privatización de los diferentes servicios de la Diputación. Me lo dijo muy claramente, y le pedí que despacio para anotarlo: “Los responsables de la privatización de los servicios públicos somos los funcionarios”.  

Antes de despedirme le pregunté por la continuidad psicológica, él que había sido concejal por Izquierda Unida. Se mosqueó un poco, por su natural, pero dijo seguir sintiéndose de izquierdas. Esta ya es una locución sospechosa, porque sentirse de izquierdas (a diferencia de lo que sucede con la patria) es como irlo dejando. Pero me lo callé porque tal vez no fuese el momento. Algo adivinaría, sin embargo, cuando me dijo solemne: “La izquierda ha abandonado la cultura del trabajo y ha abrazado la del subsidio”. E inmediatamente se puso a hablarme con admiración del hombre de moda entre la izquierda que así se siente, este Nicolas Sarkozy del estímulo y el esfuerzo.

ARCADI ESPADA. Blog de Arcadi   

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