Tras el anuncio de ETA de que retoma su actividad criminal en “todos los frentes”, se ha generalizado, especialmente en el campo socialista y en los medios de comunicación afines, la apelación a la unidad de los demócratas. Obligado es felicitarse por la buena nueva, por la rectificación que dicha llamada implica, por el hecho de que quienes prefirieron cambiar la política antiterrorista y romper la unidad de los demócratas en ese terreno nos convoquen a recomponerla.

Ahora bien, ¿unidad para qué? Porque, por momentos, tenemos la impresión de que la llamada a la unidad tiene un objetivo fundamental: evitar que cuestionemos una política antiterrorista que ha fracasado rotundamente y a quienes son responsables de ese fracaso. Y semejante pretensión puede tener su sentido si en la unidad pensamos, pero poco o ninguno si a la democracia nos referimos.

Como la democracia se caracteriza por el pluralismo, esto es, por las diferencias, la unidad de la ciudadanía sólo puede producirse en terrenos muy concretos y en momentos muy especiales –normalmente traumáticos–, pero siempre para defender una política y una forma de aplicarla que debe ser acordada y explicitada. Por lo tanto, no parece de recibo exigir, como hacía anteayer el editorial de El País, “la unidad de todos los partidos en torno al Gobierno” cuando lo que hace el Gobierno provoca el rechazo de amplios sectores de la sociedad.

Después de la desafortunada utilización del término “paz” en este proceso, ahora nos ofrecen la metáfora de la guerra: todos con el Gobierno para ganar la guerra. Y Zapatero hace de Neville Chamberlain: “He realizado todos los esfuerzos posibles para alcanzar la paz”. Y según el mencionado editorial, “Zapatero tenía todo el derecho del mundo a intentar la paz”. Paz aparte, pocas dudas caben. Sin embargo, tras el fracaso de la política de “apaciguamiento” –con la que ha cosechado con ETA-Batasuna el mismo resultado que Chamberlain con Hitler–, parece de sentido común proponer una nueva vía o retornar a la política de “firmeza” que había funcionado incuestionablemente mejor.

Así lo hizo Chamberlain tras la invasión alemana de Checoslovaquia. Pero el hombre del “apaciguamiento” no resultó el más indicado para liderar la “firmeza”. Cada política requiere su líder o su grupo dirigente, y como Chamberlain no pudo concitar “la unidad de todos los partidos en torno al Gobierno”, tuvo que dimitir para dejar paso, y apoyar, a quien sí fue capaz de lograrla, a Winston Churchill.

De este modo funciona la política en una democracia, incluso en momentos mucho más dramáticos que los que ahora vive este país, que no esta en guerra y que, en consecuencia, nunca requirió de un proceso de paz. Afortunadamente, nuestro conflicto, pese a su gravedad, se limita a la existencia de una banda criminal que lleva cuatro décadas actuando. Y el dato de que esa banda tenga un notable apoyo electoral (una tercera parte del que permitió a Hitler llegar al poder) no cambia el hecho de que no se negocia el “marco de convivencia” con criminales en un Estado democrático de derecho.

Por lo tanto, quien ha cometido semejante error, y además ha fracasado en el intento, no está legitimado para exigir a los demócratas que se unan en torno suyo. Y puesto que de confianza se trata, quien nos pidió que alejáramos nuestras dudas y confiáramos en él –que sabía lo que hacía–, ha quedado desautorizado para volver a solicitar nuestra confianza después del descalabro. El momento político es ya otro: el de acordar una nueva política antiterrorista y encontrar el liderazgo que hagan posible la unidad de los demócratas que ahora se revela imposible.

JORGE MARSA. Diario Basta Ya

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