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Me pregunto si debemos escandalizarnos por la estratégica y oportuna alta médica concedida a De Juana Chaos justo tras las elecciones municipales. O si el escándalo deberían haberlo producido las no menos estratégicas noticias de la semana previa –campaña electoral- acerca del empeoramiento del estado de salud almorránico del famoso serial-killer.

 

Y también si no será ya absolutamente imposible escandalizarse de puro agotamiento, salvo los muy propensos a esta clase de conmoción sentimental. El escándalo es una reacción muy irritada contra un mal exihibido con obscenidad. Pero claro, la repetición le quita obscenidad y convierte al hecho escandaloso en costumbre, como pasó sin ir más lejos con el toppless playero. La obscenidad muy vista también deja de serlo hasta decaer a mero aburrimiento, rutina y leve disgusto –por ejemplo, las corruptelas urbanísticas. Un proceso de pérdida de valor, a resultas de la superabundancia, muy útil para acostumbrar a la gente a aceptar espectáculos o cosas que había considerado intolerables.

Es lo que ha pasado exactamente con la historieta Iñaki De Juana Chaos. La sucesión de escándalos relacionados con su situación penitenciaria –bueno, con su supuesta situación penitenciaria- ha terminado desinflando la irritación extrema que provocaba el obsceno trato de favor dispensado a ese terrorista por instituciones creadas para perseguir el terrorismo. Como si hubieran tratado de acostumbrarnos a soportar el espectáculo De Juana de manera semejante al método renacentistas para inmunizar a los poderosos contra el veneno: ingiriendo muy pequeñas dosis diarias del tóxico para acostumbrar al organismo a soportarlos sin revelarse y morir. Ahora aburre más de lo que indigna.

Primero vimos rebajada la petición fiscal y el tipo de delito, luego la condena, luego el internamiento en un hospital penitenciario, sustituido por el ingreso en un hospital, y aquí en una planta protegida y controlada por sus amigos y admiradores, tras lo cual hubo que aceptar el falseamiento de su personalidad administrativa, a continuación aceptar que saliera de compras escoltado –más que detenido- por la Ertzaintza, luego que diera sonrientes paseos por las calles del barrio inmediato. Llegados a este punto, inmunizado el organismo moral de la opinión pública por tanta dosis diaria de trágala contra la justicia, puede dar lo mismo que De Juana vaya a su casa a fingir la pamema de un encarcelamiento domiciliario; y ya encontrará otra manera de poner en ridículo a nuestro ridículo Estado de derecho. Más que escándalo, la cosa da risa. Risa amarga y negra, o tonta, pero risa. También triunfal, para algunos. Aunque otros no estén por reirse.

Pero conviene recordar que si bien no está demostrado que la ingesta diaria de pequeñas dosis de arsénico inmunizara de sus efectos más ponzoñosos a los príncipes renacentistas que se sometían a este siniestro tratamiento preventivo, es en cambio seguro que sus cuerpos quedaban intoxicados a todos los efectos. Lo mismo está ocurriendo con la administración zapaterista de pequeñas dosis de veneno político en el caso De Juana: no nos moriremos de un escándalo indignado, pero el cuerpo social está sin duda envenenándose en profundidad bajo la máscara de aburrida indiferencia que todo esto ha provocado.

CARLOS MARTÍNEZ GORRIARÁN. Blog de Carlos.

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