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Dice el bravo y cachondo Fernando Savater que los nacionalistas son los caciques de las novelas de Galdós, que los que amargaron el XIX regresan disfrazados de regionalistas folclóricos. Lo afirma mientras el lehendakari Ibarretxe se marcha a la isla de Pascua para enseñar euskera a los moais y los representantes charnegos de una oscurecida Cataluña regalan diccionarios de catalán-sánscrito.

Cuando Marcelino Oreja, en tiempos de la UCD, era delegado del Gobierno en el País Vasco, los nacionalistas llamaban «la embajada española» a su residencia oficial en Vitoria, ya por entonces uno de los pocos edificios oficiales de la comunidad donde ondeaba la bandera constitucional del Estado. La enseña ha sido siempre un elemento clave en la implacable ofensiva simbólica del nacionalismo, que la ha quitado allá donde la tolerancia o la pasividad se lo han ido permitiendo, hasta derogar por la vía de hecho el Artículo 4 de la Carta Magna. El éxito de la presión soberanista se basa en gran medida en su infatigable determinación en todos los terrenos del ámbito político y social, ocupando con eficacia cualquier espacio que les ceda la indiferencia o la duda de quienes no tienen el mismo vigor obsesivo.
Luis García Berlanga hablaba hace unos años a Ángel Fernández Santos del genio de Rafael Azcona como guionista, ilustrando su aseveración con una anécdota sobre una película que no pudo rodar en los años sesenta por problemas de censura: un matrimonio segoviano regentaba una librería religiosa en su ciudad, frente al acueducto. El concilio Vaticano II y el final de las misas en latín les sorprende con una partida de misales recién comprados que ya no podrán vender. Discutía la pareja sobre qué hacer ante la amenaza de ruina y la mujer tiene una idea luminosa: que el marido se queme a lo bonzo en lo alto del acueducto para dejar constancia de su protesta.
He esperado unos días para ver cuántas críticas salían a la renovación de la Ley del Cupo, ya saben, ese privilegio que permite a la CAV, y a Navarra (esto suele recordarse más bajito), una sobrefinanciación a costa de los fondos del Estado, a pesar de que ambas son regiones con renta y PIB por encima de la media, lo que debería traducirse en que vascos y navarros ponemos en el montón para ayudar a los más atrasados, en vez de coger del montón de éstos para financiar nuestras instituciones, que así disponen de más dinero para gastar por habitante.

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